A veces, muy pocas palabras dicen mucho. Tanto que, en contadas ocasiones, son llaves que abren universos enteros. Cuando Arquímedes de Siracusa gritó su ¡Eureka!, la física se desveló ante los hombres; siglos después, al grito de ¡Tierra! de Rodrigo de Triana, un continente entero emergió para España y Europa. Y es que el mundo se esconde, travieso, detrás de palabras sencillas, que aguardan miles de años para ser pronunciadas. Así, también, ocurrió en Altamira cuando, en 1879, una niña que acompañaba a su padre a una cueva descubierta en las cercanías de Santillana del Mar gritó ¡Mira, papá, Bueyes! Nada fue igual después de aquella epifanía porque la humanidad se estremeció, incrédula, ante el misterio de su propio origen. Una niña a lomos de bisontes imposibles acababa de situarnos frente al espejo cristalino de nuestra evolución. Y la sorpresa fue tan grande, tanta irritación suscitó, que a punto estuvo de saltar en añicos aquel espejo delator.

La hija se llamaba María y su padre, Marcelino Sanz de Sautuola. Marcelino procedía de familia acomodada – basta ver la portada de su casona en Puente de San Miguel para comprobar sus posibles – y fue un hombre culto, curioso y erudito, que investigó y trabajó sobre temas muy diversos, tales como la cría del gusano de seda o la introducción del exótico, por aquel entonces, eucalipto. Progresivamente aumentó su afición por las cuestiones históricas y en 1866 fue nombrado académico de historia en Santander. Viajó a la Exposición Universal de París, en representación de los productos regionales cántabros, para quedar fascinado por los recientes descubrimientos acerca de la prehistoria europea. A su regreso comenzó a buscar hábitats prehistóricos y material lítico en las cuevas de su entorno. En aquella época aún no se había descubierto ninguna pintura rupestre y la ciencia consideraba a nuestros antepasados paleolíticos poco más que monos erguidos. La rápida extensión de las teorías de Darwin sobre la evolución abonó la idea de que aquellos primeros hombres fueran algo así como un paso intermedio entre el mono ancestral y el sapiens actual, por lo que, en ningún caso, podrían ostentar todavía capacidades artísticas.

Pero el caprichoso azar o el destino ciego, quien sabe, pusieron a funcionar el mecanismo de casualidades que trituraría, para siempre, las creencias científicas y religiosas del momento. En 1868 uno de sus apareceros, Modesto Cubillas, había descubierto una cueva, al abrirse un hueco tras las voladuras con dinamita que los canteros realizaron en su misma boca, que a punto estuvieron de hundirla por completo. Marcelino la visitó por vez primera en 1875, sin descubrir nada que le pareciera digno de reseñar. En 1879, fascinado por sus descubrimientos parisinos, comenzó a excavar en el vestíbulo de la cueva en busca de útiles de piedra similares a los aparecidos en otros lugares de Europa. Su hija, según la leyenda, se apartó un poco para deslizarse hasta una sala contigua de baja altura. Los hados de la historia se conjugaron para que la chiquilla, tras levantar la cabeza, exclamara con asombro el eureka providencial. ¡Papá, mira, Bueyes! A partir de ese grito infantil, ya nada volvería a ser igual. Con una extraña clarividencia, Sanz de Sautuola calificó aquellas soberbias pinturas como arte paleolítico, dibujados por nuestros antepasados prehistóricos, abriendo con ello la caja de los truenos. Todos se le echaron encima, con argumentos y posiciones de todo tipo. Y es que Altamira acababa de sacudir el avispero envenenado que aguijonaba a la ciencia y a la opinión pública del momento.

Desde que en 1859 Charles Darwin publicara su portentoso libro El origen de las especies, el debate que sobre el evolucionismo mantuvieron científicos y prelados de la Iglesia sacudió la opinión, la fe y la visión de los europeos cultos. ¿Qué descendíamos del mono? ¿Cómo podía ser? ¿Y la Biblia? ¿Qué hacíamos con la Biblia? Creacionistas y evolucionistas se enzarzaron en una discusión cuyos ecos aún se prolongan hasta nuestros días. Y en estas estaban cuando llegó don Marcelino a contarles que el hombre del remoto Paleolítico ya era un consumado artista, capaz de creaciones tan bellas como las de Altamira. Tanto creacionistas como evolucionistas se rasgaron las vestiduras. Aquellos porque retrasaba la fecha bíblica de la creación humana, estos porque contradecía su idea de una humanidad que evolucionaba desde un estado de bestialismo hasta la perfección contemporánea. Unos y otros sólo se pusieron de acuerdo en una cosa, en desacreditar el extraordinario descubrimiento de Sautuola. La pintura es un fraude, clamaron, obra de un pintor sordomudo que se ha visto trabajando en la cueva. La pintura es obra de los legionarios romanos ociosos tras las Guerras Cántabras, dictaminaron. Los popes de la incipiente ciencia de la prehistoria, franceses para más inri, no aceptaron la antigüedad de las pinturas de Altamira, sobre las que cayó la ignominia de la burla y el desprecio.

El erudito cántabro, prudente, publicó en el año 1880 el libro Breve apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander. El propio título de Breves apuntes ya apunta a su modestia. En dicha obra presentó las pinturas y sus conclusiones sobre ella. En una lámina representó las pinturas de Altamira, dibujadas por el pintor sordomudo que tantos rumores y maledicencias suscitara. Sanz de Sautuola consideró como arte del paleolítico aquellas pinturas inexplicables y consideró con acierto que aquellos bueyes con corcova bien pudieron tratarse de bisontes, un animal del que nunca se tuviera noticia en España. Las autoridades en Prehistoria, encabezadas por Gabriel de Mortillet y por Cartailhac, descalificaron el descubrimiento en el Congreso de Lisboa de 1880, considerando a su descubridor como un simple iluso engañado por algún artista furtivo y contemporáneo. ¿Cómo si no – argumentaron – se explica la frescura de la pintura y el acierto de su trazado? ¿Cómo creer a ese señorito de provincias que sacudía sus creencias, que ridiculizaba a sus sabios? ¿Cómo osó ese donnadie cuestionar al sanedrín de prehistoriadores franceses? ¿Pintura en la prehistoria? ¿Es que no habíamos vuelto locos? ¿Quién podría creer un desatino semejante?

Tan sólo Juan Vilanova, catedrático de Paleontología de la Universidad de Madrid apoyó sus tesis, que pronto cayeron en el olvido. Marcelino Sanz de Sautuola falleció en 1888 con la amargura de no ver reconocido su descubrimiento. Pero la verdad, al final siempre ilumina las tinieblas de las tinieblas del desconocimiento y del desconcierto y los sucesivos descubrimientos de pinturas rupestres en Francia nos hicieron comprender que el hombre primitivo fue un consumado artista. El ínclito abate Breuil apoyó la autenticidad de las pinturas de Altamira en 1902 y ese mismo año, Cartailhac, su principal detractor, publicó su famoso artículo Mea culpa d´un sceptique, en el que reconocía su error y mostraba su respeto y admiración hacia el erudito cántabro para, a continuación, visitar Altamira y rendir sus respetos a la familia. Más vale tarde que nunca, pensarían la viuda y la hija.

Y volvamos al voluble azar, a capricho de los hados, que hicieron posible lo imposible, real lo inverosímil, verdadero el ensueño. Sanz de Sautuola no sólo descubrió las primeras pinturas rupestres conocidas, sino que, además y por si fuera poco, se trataron nada más ni nada menos que de las más hermosas encontradas hasta ahora. Llegar y topar, que diría el clásico. Una historia que parecería un cuento de hadas si no fuera por la contumacia de los datos. Es historia, historia real y no un cuento de buenos y malos. Pongámonos ahora en la cabeza de los que le negaron inicialmente el pan y la sal a Altamira. La prehistoria era por aquel entonces pura oscuridad y, de repente, el lucero de Altamira refulgió de manera insólita en aquel vasto universo de tinieblas. ¿Cómo no pensar que no se trataba más que de una farsa de fuegos artificiales? Si aquellos brutos apenas lograban tallar piedras y rocas a base de golpes, ¿cómo creer que podían tener el talento para iluminar ese retablo de belleza estremecedora?

Pero la humanidad nunca aprende de sus errores. En la actualidad, a buen seguro, algún visionario sufrirá las burlas y la ignominia por parte de la ciencia oficial: sólo el tiempo vendrá a darle la razón. Al final, tendremos que darle la razón a Cela cuando afirmaba aquello de que quien resiste, gana. El paradigma del momento nos condiciona, nos ciega, al punto de hacernos negar cualquier innovación que lo sacuda. Y esa cerrazón ante lo nuevo no es patrimonio de un pasado oscuro, sino que sigue vigente en nuestros días. ¿Qué pensaríamos, por ejemplo, si alguien afirmara haber encontrado fósiles humanos de seis millones de años en Europa junto a un ordenador cuántico? Todos nos reiríamos del infortunado que lanzara semejante sandez. Pues algo así debió significar Altamira para sus contemporáneos.

En fin, arrieritos somos y en el camino nos encontraremos. Altamira es considerada, a día de hoy, como una de las cimas del arte humano de todos los tiempos. Visitarla, aunque sea en la neocueva, es una peregrinación obligada. Quien lo haga, percibirá el misterioso eco del pasado, el arcano del origen, al tiempo que se empapa con una ducha reconfortante de humildad. Gracias, Sautuola, por haber estado ahí para contarlo.

 

 

4 Comentarios

  1. Artículo acertado, certero y agradable. Tal cual suelen salir de la pluma de Pimentel. La descripción del conocimiento del paleolítico en aquel momento nos hace entender el rechazo primero y la mea culpa después. Gracias, si me lo permite, maestro Pimentel.

  2. Una explicación amena y veraz que hace justicia al gran descubrimiento que supuso Altamira para la Ciencia, España y Santander. Pimentel, siempre un placer leerle.

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