Parodio un célebre versículo de San Mateo para referirme, una vez más, al tráfico mixto por calles y carreteras. Hace sólo unas semanas, la DGT nos estuvo alertando, a través de los paneles informativos de autopistas y autovías, de las medidas a tomar desde los vehículos a motor con respecto a los ciclistas que comparten el espacio vial. Han sido, en efecto, demasiados dramas los que se han vivido en los últimos meses, con respecto a usuarios de la bicicleta, literalmente arrollados y masacrados como si de una acción terrorista se tratara y, casi siempre, por la irresponsable y dolosa actitud de quien circula ebrio, drogado y dormido, sin control alguno de un ingenio potencialmente letal y siempre de riesgo, como es un automóvil.

Pero no deja de ser levemente llamativo el que estos recordatorios y llamadas a la prudencia –y a la decencia- se hagan en vías públicas donde sí hay carteles electrónicos, pero, en ocasiones y pese a reformas recientes, puede no haber ciclistas, por la prohibición de la normativa de Tráfico y Seguridad Vial. Es cierto que, a la inversa, en carreteras convencionales, la tecnología de aviso es muy deficiente y en algún sitio habrá que llamar la atención sobre lo que está ocurriendo con los practicantes del pedal. Aunque, para ser un tanto derrotista, ya sabemos que la mayoría de los conductores responsables se conocen a la perfección las reglas y los hábitos pertinentes y los cumplen por sistema, de la misma manera que irresponsables, egoístas y delincuentes no se van a sentir compelidos por lo que diga una pizarra montada por la autoridad vial.

En vías de alta capacidad, todos sabemos que el vigente Real Decreto Legislativo 6/2015, de 30 de octubre, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley sobre Tráfico, Circulación de Vehículos a Motor y Seguridad Vial, recogiendo ya una innovación de la Ley 7 de abril de 2014, al abordar en el artículo 20 la circulación en autopistas y autovías, establece como regla general que «se prohíbe circular por autopistas y autovías con vehículos de tracción animal, bicicletas, ciclomotores y vehículos para personas de movilidad reducida», aunque añade –esa es la novedad- que, «no obstante (…) los conductores de bicicletas podrán circular por los arcenes de las autovías, salvo que, por razones de seguridad vial, se prohíba mediante la señalización correspondiente». Autovías, que no autopistas y siempre que no haya una señal específica de prohibición, que siguen viéndose –y muchas- por nuestro mapa de carreteras. Y aún queda la duda de si el que la autovía esté sujeta a peaje, tasa o precio público, impide la presencia de ciclistas o, de no ser así, cómo se fija el correspondiente peaje, tasa o precio público.

Parece que la razón de ser del cambio, defendida por el lobby ciclista, es que, en ocasiones, no hay rutas alternativas de uso común y general para transitar en bici y, por ello, hay que facilitar, con todos sus riesgos, el paso por las autovías. Además, los ciclistas están obligados a circular por el arcén siempre que las circunstancias lo permitan, con derecho a utilizar la parte derecha de la calzada siempre que lo necesiten o el arcén esté impracticable y deberán portar elementos reflectantes cuando usen vías en las que sea obligatorio el alumbrado para el resto de vehículos. Igualmente, como elemento protector o señalizador, también podrán utilizar el arcén los vehículos en seguimiento de ciclistas, a una velocidad por debajo de los límites mínimos marcados en cada vía, lo que no deja de ser otra derogación singular de la norma. Aún más peligroso es que se pueda circular en paralelo, aunque sólo de dos en dos y, de hacerlo así o en grupo, serán considerados como un único vehículo. En fin, al adelantar o ser adelantados, deberá guardarse una distancia de un metro y medio del vehículo a rebasar. Queda recordar que la velocidad máxima de la bicicleta se fija en 45 km/h, aunque siempre en atención a las circunstancias de la vía. La postrera maniobra excepcional de riesgo, derivada de la coexistencia de automóviles y bicicletas, es que, si un conductor necesita superar a un ciclista o pelotón, podrá ocupar parte o la totalidad del carril contrario, «incluso cuando esté prohibido el adelantamiento», siempre que se pueda efectuar la maniobra sin peligro; concepto indeterminado y de altísima subjetividad en un campo que debería tender cada día más a lo objetivable.

A estos temores, posiblemente inevitables (esperemos que los accidentes lo sean), se une el espinoso asunto de la circulación en bicicleta por nuestras ciudades. Muchas de ellas, por su configuración histórica o sus sistemas generales de comunicación, no están preparadas ni de lejos para una generalización del saludable hábito de pedalear. Los carriles bici siguen siendo escasos en nuestra geografía urbana y, en muchos puntos, peligrosos. Sobre todo, cuando hay solución de continuidad a cada poco. Las limitaciones a 30 km/h o menos para los turismos tampoco son la panacea; como los badenes y cojines berlineses, que son auténticos tormentos para los bajos de los coches por prudentes que sean quienes los manejan. Y nuestras calles peatonales, cada vez más por fortuna, no suelen conducirnos a polígonos industriales, oficinas públicas, campus universitarios… Por eso se ha permitido acceder en dos ruedas a algunas autovías.

Viví dos cursos en una ciudad fascinante donde, pese al duro adoquinado, le bicicleta era, junto con el zapato, la forma más sencilla de llegar a las Facultades. Es un recuerdo imborrable que, con frecuencia, revivo en visitas llenas de admiración y nostalgia. Pero, pese a ser un convencido y defensor acérrimo de la ciudad compacta no dejo de ver cuestiones pendientes de solucionar, por la idoneidad de nuestras urbes y villas. Desgraciadamente, a los meritorios ciclistas les ha caído el sambenito de los no pocos infractores que usan a conveniencia, según el momento y lugar, aceras, pasos de peatones, calzadas, carriles-bus y lo que tercie, con el consiguiente peligro para los viandantes. La benemérita iniciativa de rodar en bici no debería tener tantos detractores como, no nos engañemos, aún se advierten en los vecindarios, no sólo condicionados por una mentalidad urbanita.

¿Es la hora de rediseñar las vías urbanas? Ojalá sí y en ello están algunos consistorios muy comprometidos con la accesibilidad, la movilidad y la sostenibilidad. Pero me permito una analogía muy sencilla y familiar para los excelentes urbanistas que comparten este blog: ¿es fácil hacer gestión en el suelo urbano? Pues parecido.

No hay comentarios

Dejar respuesta