Hay días en que resulta difícil encontrar cierto sentido a la tareas administrativas (iba a decir jurídico-administrativas pero dejémoslo tan sólo en administrativas). "El río que nos lleva'" baja revuelto y con demasiado caudal como para reconducir la cosa, y cuando se asienta en el valle ese ambiente gris, consecuencia de un sol cobarde que no se atreve a salir, el ánimo se va a veces al suelo.
Hoy ha sido uno de esos días. Te encaminas, como cualquier otro día, a la misma hora, aún de noche, misma carretera, mismos paisajes, incluso mismos colegas de tráfico; casi sabes las matrículas de los que te adelantan. Un amigo y compañero de profesión me decía que había días en los que llegaba a su pueblo, pero en realidad trataba de recordar los lugares por los que había pasado y no podía, era como si se hubiese producido una teletransportación (disculpas por la expresión), de repente, sin saber cómo allí estaba de nuevo. Y en fin, música o noticias, noticias o música. Cuando te alejas allá treinta kilómetros de la ciudad ya no oyes la FM más que con parásitos que hacen grssshhggg y, o bien pasas a escuchar un CD, o bien pasas a la onda media. Cada día decides si noticias por la izquierda, por la derecha (caña mutua y en esta época electoral sobran los comentarios), música de los ochenta o música propia pirateada por quién sabe previa y pacientemente. Hoy el ánimo ya viajaba mal y ha sido música enlatada, día de una sinfonía de Mozart. Otros días en estos casos puede ser Albinoni, o quizás si la cosa está muy mal, Mahler. O bien, en otro estilo, James Taylor. Probablemente trataba de alimentar inconscientemente una melancolía latente y casi disfrutar de ella. Y ocupas tu mesa. Los mismos o muy parecidos papeles aguardan y distintas personas con los mismos problemas habituales, los de siempre (problemas y personas), asoman por la oficina. Los ‘despachas’ brevemente (léase en sentido positivo pero también en sentido peyorativo) con una sonrisa a veces forzada por aquello del servicio público. Y si no se reitera mucho la presencia de "plomos", sin darte cuenta empiezas a divagar, la mente no fija conceptos, no procesa informaciones nuevas y no aporta soluciones. Más valdría haberse tomado hoy un moscoso. Y te empiezas a preguntar ¿pero qué hago yo aquí? Quizás será la crisis de los treinta, de los cuarenta, de los cincuenta, tantos días, horas, años pasados entre estas (o similares) cuatro paredes ¿han servido de algo? Seamos positivos, claro que sí. Este trabajo, tu trabajo tiene una vocación de servicio, 'traduces' la ley de contratos desde su exposición de motivos y la transformas finalmente en unas farolas que iluminan. En fin, notas las mejoras, las ves. Pero en esos días de desánimo y abatimiento cuasi-estructural, la tendencia es pensar que casi nada merece la pena. Es difícil encontrar un sentido a lo que haces. La reacción racional de autoprotección es de carácter inmediato: mejor no pienses, limítate pura y simplemente a hacer lo que tienes que hacer sin más. Al fin, la madurez, consiste en hacer lo que hay que hacer de buena gana y sin esgrimir cada vez un ¡puf! Pero como la situación es recidivante y la mente desobediente, vuelves una y otra vez sobre lo mismo. Habrá que reconducir la realidad. Y disfrutar de un trabajo que, si bien es complejo en ocasiones, tiene sus gratificaciones; sobre todo porque es variado y también porque puedes “ver” los resultados. Notas, tras cinco, diez, quince años, que las personas viven mejor. Bien, mañana será otro día; quizás las conexiones neuronales estén mejor coordinadas entonces y todo favorezca una mayor producción de endorfinas.
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