Ya estamos otra vez. Como alguien muy cercano a mí me dice siempre: ¡nos han robado una hora! (hay que decir que luego en octubre cambia la expresión y dice que nos devuelven lo que nos han robado con lo que compensa su irritación de marzo con su alegría de octubre). Bueno, la cuestión es que esto del cambio de hora a mí me parece una boutade. La razón que dan los pravdas al uso (o sea, los telediarios) es que el país se ahorra no sé cuantos millones de euros, no me acuerdo de cuántos, creo recordar que unos trescientos.
Me pregunto en realidad quién se los ahorra… ¿yo? Pues no noto nada en el recibo. Pues bien, escuchando al Responsable de Red Eléctrica Española en una entrevista en la radio, uno llega al conclusión de que ni siquiera él tenía claro cuál era ese ahorro e incluso reconocía que era probablemente insignificante, ya que el ahorro energético que se conseguía al tener más luz por la tarde se compensaba con el mayor gasto que se hace por la mañana. Lo que más molesta al personal, al menos a mí, es ver cómo unos burócratas en un despacho de Bruselas deciden hasta a qué hora se debe levantar la gente, a qué hora ir a dormir, a qué hora se debe tener hambre etc. Pero ¿por qué no nos dejan tranquilos? Esto del ahorro energético me parece pura demagogia. Sabido es que el cuerpo está regido por ritmos circadianos no tan fácilmente mutables a golpe de disposición en el DOUE. Estos economistas de medio pelo –dicho sea con todo el respeto y en términos de mejor defensa- ¿han tenido en cuenta a ese niño de un año que se sigue levantando, comiendo y durmiendo al mismo ritmo que le marca su organismo? ¿Cuántas horas de sueño se pierden? ¿Cuánta mala leche (con perdón) se genera? ¿Cuántas horas de trabajo se pierden en bajas por la mala leche (con perdón otra vez) generada y por las horas de sueño perdidas que a su vez devienen en otras dolencias como dolor de cabeza, depresión, alteraciones gástricas etc? Teniendo en cuenta que las bajas van que vuelan. Por cierto circadiano = período de aproximadamente 24 horas. Se aplica especialmente a ciertos fenómenos biológicos que ocurren rítmicamente alrededor de la misma hora, como la sucesión de vigilia y sueño (RAE). Nuestro pequeño mundo personal y gran mundo mundial se ve alterado de repente por cuatro economistas iluminados que para justificar sesudos estudios y las estupendas prebendas europeas, hacen unos cálculos económicos complicadísimos en no sé qué planta de un edificio acristalado creyendo tener en cuenta todos los factores que intervienen en términos económicos y además, consiguen convencer a quienes toman la decisión de que hay que cambiar la hora. Por cierto, ¿alguien sabe realmente quién decide esto, la Comisión, el Consejo, el Parlamento, el Comisario X, el Y…? Reconozco que mi curiosidad no da para tanta averiguación. Verdaderamente creen tener en cuenta todos los factores, cuestión que me parece de lo más alejado de la realidad. Me recuerdan aquel personaje de la magnífica serie infantil Barrio Sésamo¸ que era un simpático Draculín con incisivos superiores hacia afuera que vivía en un castillo de esos que dan mucho miedo y que estaba obsesionado por contar todas las cosas que había a su alrededor. Así, contaba por ejemplo los escalones de la Torre y decía, ¡doscientos sesenta y seis! y a continuación profería una sonora y tétrica carcajada, já, já, já. Después contaba las ventanas, las puertas, las sillas etcétera, siempre con consiguiente y posterior ruidoso ja-ja-ja. Probablemente se me echarán encima los economistas, matemáticos estadísticos, etc. Sí, pero perdonen ustedes que cuando se dan datos o estadísticas no me crea de la misa la mitad. Por ejemplo, cuando el telediario dice, por ejemplo, “cada año mueren chiquicientas mil fumadores pasivos” o “si se condujera con las luces puestas se evitarían 235 muertos en las carreteras”. Pero bueno, ¿cómo se pueden cuantificar todos esos datos? ¿Se nota el mosqueo no? Es que este lunes ha sido especialmente difícil porque en términos reales yo estaba en la mesa a las siete de la mañana, o sea a las ocho oficiales y aun era de nuevo de noche. Y cuando mi raciocinio me diga que tengo que ir a dormir, lo haré, qué remedio, pero con los ojos como platos.
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