Ya conocemos las líneas maestras de los presupuestos. Después de meses de deshojar la margarita, al final, la subida de impuestos recaerá sobre las clases medias, en contra de lo anticipado por el señor presidente. Adiós a los 400 euros, malvenida la subida masiva del IVA. Los consumidores tendremos menos dinero para gastar, luego gastaremos aún menos. Deprimiremos así, hasta el imposible, el consumo paupérrimo de este último ejercicio. Más desempleo. El costo de pasar las vacaciones en España también subirá para los turistas extranjeros – nuestro maná permanente – lo que se traducirá en ahondar la caída de visitantes. Más desempleo.
En los grandes ejes que hemos conocido, no advertimos otra prioridad que la de salir del paso. Como siempre, con urgencia y precipitación. No existe ningún proyecto reformador a medio y largo plazo para hacer nuestra economía más productiva y solvente. Más desempleo. La economía real de las empresas que producen y venden está olvidada. A nadie parece interesarle. Más desempleo. Nos aprietan el cinturón, mientras que las cuentas públicas se ensanchan a su gusto. Nos venden unas cifras macros, como el desempleo y el déficit, que ya parecen superados por la propia realidad. Más desconfianza en nuestra autoridad económica, más desempleo. Nos anticipan – está aún por ver – que los gastos en investigación y desarrollo se verán reducidos, así como los de apoyo a la economía productiva. Más desempleo. Todos estamos de acuerdo en la premisa de que el Estado debe gastar más en esta época de crisis pavorosa, y que, desde luego, tenemos que ayudar a los desempleados, faltaría más. Ninguna crítica por ello. Pero también deberíamos poner las bases de una economía más productiva, variada, rica y competitiva. Y, de eso, cero patatero. Por eso, estos presupuestos nos defraudan. Vaticinan más desempleo y más dolor. Aún queda todo el trámite parlamentario por delante. U séase, que aún pueden empeorar. Que Dios nos pille confesados.
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