Lleva tiempo la Comisión Europea preparando un documento que recoja iniciativas eficaces para salvar la vida cotidiana en las localidades pequeñas y también medianas. Más de la mitad de la población europea se aloja en esos espacios que superan las tres cuartas partes de todo el territorio de la Unión. Pero, sobre todo, se sabe de las calidades y bondades de ese desenvolverse fuera de las grandes y populosas aglomeraciones y de ahí la facilidad de bautizar esas propuestas como “smart Villages”.

También hace unos días, en la localidad de Bled (Eslovenia) se ha suscrito otra declaración institucional para impulsar esa mejora siempre “inteligente y smart” de las zonas rurales, siguiendo la estela que hace ya más de dos décadas se formuló en Cork (Irlanda) para resaltar la “vida mejor en el medio rural” y las posibilidades de “engrandecer Europa con los territorios rurales”. Una declaración que trata de luchar contra la peligrosa tendencia del abandono de estos espacios y que alerta de lo acuciante de prestar atención a esta situación. Son grandes los riesgos -la despoblación y la desertización- y graves los problemas que ello genera.

En todos estos textos -y en muchos otros porque hay varios foros que promueven el desarrollo rural en Europa como ENRD, la  Red europea de desarrollo rural; ELARD, la asociación europea Leader para el desarrollo rural; Ecovast, el Consejo europeo de los pueblos y las pequeñas ciudades- se insiste en aspectos conocidos, pero resulta imprescindible repetirlos: la necesidad de la amplia cobertura de una banda ancha para facilitar las comunicaciones; la existencia de unas infraestructuras de comunicaciones mínimas; la organización del transporte colectivo; el cuidado de servicios públicos básicos de educación, salud, atención social, así como otras actividades económicas privadas que resultan indispensables como la existencia de sucursales bancarias, farmacias y algún comercio local a pesar de la extensión de las ventas a través de Internet; las ayudas públicas para la renovación de los edificios abandonados; el apoyo público a la artesanía tradicional, a la realización de encuentros culturales y de difusión histórica, al turismo rural… así como el apoyo del Banco europeo de inversiones a las cooperativas y otras iniciativas locales. En fin, diversas propuestas que insisten en una idea relevante, a saber: favorecer la dispersión territorial frente a la saturación de las concentraciones urbanas.

Confiemos que se articulen cauces simples para que tantos fondos de solidaridad europea consigan con presteza hacer realidad en el territorio rural tales propuestas.

Pero junto a esos impulsos europeos, otros pálpitos pueden brotar en esta primavera que ha tardado en los pueblos.

Porque hace unas semanas -cuando se celebró el día internacional del bosque- se dio a conocer en el Parlamento europeo el resultado de una votación popular: la que seleccionó al árbol del año en Europa. El ganador: un soberbio alcornoque portugués que superó por unos miles de votos a respetables olmos extremeños.

Pues bien, sin necesidad de buscar un ejemplar que compita para el próximo año, pueden los pueblos singularizar y cuidar un árbol sabio. Muchos árboles respetuosos centenarios dan sombra en las plazas de los pueblos; otros tiernos ejemplares se plantan para celebrar un natalicio; otros escoltan senderos que permiten descubrir los secretos del bosque… Y tras el árbol surge la madera y el corcho, y vienen las setas y otras plantas aromáticas; y serán necesarios detectores contra incendios y puestos de observación para la guardería forestal, y las nuevas señales indicando rutas…

Mirando al árbol sabio puede renacer el pueblo inteligente.

 

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