El auditor con mancha

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La práctica de la auditoría es una prostituta, no sólo se vende al mejor postor, simplemente se vende. Y los auditores se encargan de ratificar esta condición. Por ello desde su origen hasta nuestros días se han arropado con el manto cuasi sagrado de la independencia, pero como vestuario se lo quitan cuando se impone su interés particular y se lo ponen cuando dependen del espejo profesional.

Un espejo que les ha provisto de una imagen, un comportamiento y pensamiento, aunque no les permite observarse a sí mismos ni crear su propia imagen de sí.

Por esto después de cada transgresión al interés público y cuando anteponen sus intereses o ambición a la ética y responsabilidad social, los auditores permanecen arrogantes e indiferentes, y también invariablemente vuelven a refugiarse en su espejo para mirar lo que les gusta ver, ser vistos como profesionales independientes y con prestigio. Dado que no aceptan que sus principios y normas se encuentran anclados en el pasado, y ahora, en lo fundamental resultan arbitrarios y obsoletos, y por lo tanto, su paradigma ya no responde a las necesidades y desafíos de la actualidad. Y si perdura es por su funcionalidad con el interés privado y el poder.

Aunque se tiene que admitir que la mayoría de los auditores no les interesa cambiar el paradigma actual. Unos están tan influenciados que no les permite tomar conciencia de su responsabilidad. Y otros se encuentran enfocados en emular a los socios de las firmas de auditoría o los funcionarios de las entidades de fiscalización en ganar dinero y dinero.

El paradigma es poderoso en tanto representa los lentes a través de los cuales vemos el mundo de la auditoría, pero cuanta más conciencia tengamos y de la medida como nos ha influenciado podremos decir a los políticos y legisladores que se puede trabajar en nuevas leyes y asignación de mayores recursos. O, a los responsables de las instituciones de auditoría que pueden seguir haciendo anualmente congresos con lemas rimbombantes tales como, “Comprometidos con la transparencia” o “Hacia un control más eficaz de los fondos públicos” que permiten “extraer conclusiones útiles para el futuro de la gestión pública”, pero todos éstos esfuerzos sólo logran conducirnos al lugar equivocado. Porque se piensa que el problema de la auditoría y fiscalización está fuera, y este pensamiento es el problema.

Pareciera un soñador ciego a la realidad, pero la constancia en la conciencia, sobre todo, en los jóvenes auditores que se niegan a prostituirse a través de la auditoría tradicional. En tanto el experto, uno entre tantos de la auditoría y fiscalización, que no soporta el cuestionamiento ni la duda sobre su profesión, acude a su espejo y cuando se mira le pregunta:

Espejito, espejito, dime que poseo la verdad.

Pero no hay respuesta, a diferencia del cuento. Porque en el examen del manejo de los fondos públicos y privados no existe la magia aunque haya quienes son capaces de desaparecerlos, ni verdades absolutas. Y así en tiempos de crisis e incertidumbre probablemente surgirá el auditor sin mancha, y la independencia no será más un punto de partida sino de llegada, es decir, un resultado.

 

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