El estrés como elemento desmotivador

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En mi primera colaboración al blog me referí al tema de la motivación de personal, como elemento fundamental en la retención y aprovechamiento del talento. Hoy me referiré a la otra cara de la moneda: la desmotivación.

Recuerdo que oyendo una brillante exposición del gran comunicador Joan Elías, me llamó la atención un concepto, que él enunciaba así: «con ducha y jabón, motivación». Aparte la vertiente higiénica, recomendando la ducha diaria, me pareció una visión novedosa, al menos para mí en aquel momento, del tema; no hemos de preocuparnos tanto de motivar al personal como de no hacer que se vuelvan a casa al terminar la jornada laboral absolutamente desmotivados. El empleado, público y privado, ha de llegar a su puesto de trabajo con buena disposición de ánimo, procurando dejar temporalmente aparcados sus problemas y preocupaciones. En justa correspondencia, no debemos hacer que el clima laboral se le haga insoportable y esté deseando irse del Ayuntamiento, pues si ello ocurre con cierta frecuencia, cada vez le costará más iniciar el día con esa buena disposición de ánimo.

Aunque pueda parecer trivial, el clima del trabajo es fundamental para el buen funcionamiento de la organización. En un ambiente en el que la gente se sienta cómoda, una mayor carga de trabajo no ha de traducirse en retraso ninguno, sino que puede ser absorbida por un mayor rendimiento. Por contra, en un clima de disgusto con el entorno, buenos trabajadores pueden tener graves dificultades para alcanzar resultados aceptables. Y estamos hablando sin incidencia de situaciones de acoso laboral o mobbing.

En la vida corriente todos tenemos motivos para sentirnos felices, así como, en otras ocasiones, para estar disgustados. En palabras de Rudyard Kipling en su magnífica y famosa poesía If, la forma correcta de proceder es mantenerse firme ante ambas opciones, sin dejarse arrastrar ni a la euforia ni al desánimo:

«si tropiezas con el Triunfo, si llega tu Derrota
y a los dos impostores les tratas de igual forma»

Un dicho de Mario Benedetti sostiene que «un pesimista es sólo un optimista bien informado», pero otro de William George Ward dice que «el pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas».

En resumidas cuentas, cada trabajador debe procurar ajustar sus velas para enfrentarse a su tarea. Pero la organización debe procurar que el ambiente de trabajo y los medios con que cuente sean los adecuados para obtener un rendimiento óptimo. Y un buen clima laboral aumentará el rendimiento.

Es clásico relacionar las mejoras en el rendimiento laboral con mejoras económicas. Pero aparte ser el dinero un recurso limitado y su asignación, especialmente en el ámbito público, reglada, casi tan importante o más que la retribución son otros factores laborales, que constituyen una retribución no económica, un salario emocional. Por ello, si tratamos de evitar generar situaciones de estrés y creamos un clima de trabajo adecuado, mejorará el rendimiento de los individuos y del equipo.

Naturalmente que las buenas relaciones entre los diferentes miembros de un grupo de trabajo contribuyen a generar un buen clima laboral. Pero no es necesario que todos sean amigos y compartan su ocio, fuera del negocio. Basta con que no se hagan enemigos y compartan objetivos comunes. Para ello es fundamental un buen jefe, que sepa aliviar tensiones, combinar a los que se complementan y separar a los que se obstaculizan, que sepa felicitar por los objetivos cumplidos, así como exigir esfuerzos adicionales cuando no se vayan a alcanzar, que comparta los éxitos con su equipo, sin capitalizar las medallas, y evite repartir los fracasos, salvándose de éstos, etc.

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