El género zombi nació con la famosa película de George Romero La noche de los muertos vivientes y alcanzó la máxima popularidad con el libro de Guerra Mundial Z, de Max Brooks, llevada al cine con gran éxito hará un par de años. La mayoría de los monstruos literarios, como Drácula, la momia, el hombre invisible o Frankenstein, fueron fruto de la literatura victoriana del XIX. El siglo XX sólo engendró un monstruo popular, el zombi, reflejo, en algún caso, de la sociedad en la que nos hemos convertido.

El zombi es un muerto viviente, un muerto que se cree vivo, que avanza en masa arrastrando los pies y balbuceando inconsistencias, mientras siembra el terror a su paso. El zombi nunca sabe qué ya murió y, mucho menos, en qué momento exacto dejó de estar vivo. Sólo siente la necesidad de avanzar en grupo, gremialmente, para comerse al diferente y saciar, así, su hambre ancestral. El zombi es acrítico, pero, rodeado por los suyos, se cree de los buenos mientras comete todo tipo de desmanes protegido por el sentimiento grupal que lo arropa. El zombi es un muerto viviente que inspiraría pena, por el desgarrador delirio que habita en su ser, si no fuera porque es un monstruo muy, muy peligroso. Más que Drácula, más que la momia, más que Frankenstein. De los vampiros nos protegemos con ajos y cruces, pero aún no se ha encontrado antídoto contra el avance de las muchedumbres abducidas de los muertos en vida, de los zombis pavorosos.

El procés ha muerto, aunque sus promotores aún no se han percatado, zombificados ya en esencia, muertos vivientes en forma. El procés ha muerto, condenado por la propia sociedad catalana y apuntillado por sus instituciones más señeras, las empresas, que huyen despavoridas ante su avance. El procés es ya un muerto viviente, un no-muerto, un zombi, en suma. Y como todo zombi que se precie, es un muerto que se cree vivo, mientras arrastra los pies con torpeza, amparado en la masa, sembrando el terror y el caos a su paso. Los muertos vivientes del procés se creen libertadores, y se han convertido en opresores; se dicen luchadores de la libertad y la suprimen en las instituciones que gobiernan; sueñan con convertirse en la Holanda mediterránea, cuando aniquilan su economía; hablan de leyes, mientras la pisotean en su avance. No se percatan, no se enteran de su propia monstruosidad. Repiten sus himnos, cantan sus eslóganes, salen en masa a las calles para creerse aún con vida.

Pobre procés, no se percata de que, en realidad, ya está muerto, convertido en un peligroso muerto viviente. Se cree puro, noble, democrático, sin percatarse del monstruo real en el que se encarna y del terror que inspira a su paso. El procés es ya un zombi que asola todo en su avance. Las empresas huyen despavoridas, los capitales emigran, la justicia se ve amenazada, los no-zombis sienten pavor ante su inteligente estulticia. Pero el zombi, por definición, no se detendrá. Seguirá y seguirá, como las huestes de Atila, en su camino de destrozo y desolación. El procés ha muerto, pero, como no se ha enterado, sigue siendo peligroso, muy peligroso. El zombi vive instalado en su delirio y percibe una realidad diferente. No cambiará, ya no puede hacerlo: no se le puede pedir a un muerto viviente que asuma su triste condición. Nunca asumirá su muerte, se agarrará hasta el último momento al espejismo de la no-vida que le permite seguir arrastrando los pies, coreando consignas mientras causa gran destrozo y estropicio.

Que divertidas son las películas de zombis, pero que horroroso es sentirlos, de verdad, cercanos a nosotros, porque nos pueden devorar. Los zombis son terroríficos, pero, siempre – en el cine, la literatura y la vida -, terminan siendo derrotados. La paz y la tranquilidad regresó tras la pavorosa noche de los muertos vivientes de Romero, la paz y el sosiego regresará a Cataluña tras el destrozo y desgarro horroroso ocasionado por los zombis del procés. El procés aún arrastrará su monstruosidad zombificada por un tiempo, desgraciadamente. Pero será derrotado y enterrado por la propia sociedad catalana que los sufre en propias carnes. Regresará entonces la paz que los zombis del procés hoy, todavía, se empeñan en devorar.

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