No decimos nada, pero nos estremecemos en silencio ante las malas sensaciones y augurios que experimentamos. Esta enésima campaña electoral continuada, más que alegrarnos y motivarnos, nos subsume en una postración y en un cansancio infinito. Ya vivimos en la nada y hacia la nada absoluta avanzamos.

La nada es un concepto tan imposible de razonar como de comprender. Sólo es posible intuirla con desazón y asombro. Las matemáticas tardaron milenios en incluir el número cero. El horror vacui de nuestra mente nos protege de los espacios vacíos, de la nada, del no ser. Por eso, no terminamos de entender qué es el pre-Big Bang, o los agujeros negros, o la antimateria. La nada es un concepto metafísico que nos aterra y que, al tiempo nos atrae, como el abismo al que nos asomamos venciendo nuestro vértigo. Pues bien, esa nada ininteligible, odiosa y seductora, habita en nosotros, anida en nuestro ser colectivo. Y, como españoles, somos testigos de cómo avanza, de cómo desintegra nuestros sueños, esperanzas e ilusiones.

Hacia la nada caminamos en esta senda de infinitas elecciones concatenadas que ya no marcan una meta, un objetivo que alcanzar, sino que se han convertido en simple ruido ambiente, el sonido de la nada. Antonio Pérez Henares escribió algo hermoso, “Vivimos envueltos en el ruido. Por ello, al sonido de la tierra le llamamos silencio”. Pero una cosa es el silencio sonoro de la naturaleza y otra, bien distinta, el silencio vacío, muerto, del féretro. No es que estemos desilusionados, es que la nada se está apoderando de nuestro ánimo personal y colectivo. Nuevas elecciones, ninguna ilusión; mucho ruido electoral, banda sonora de la nada que nos sustenta. Ni siquiera el leve interés por conocer la solución del sudoku de los posibles pactos anima ya el debate político que los contendientes se encargan de dificultar con declaraciones maximalistas y descalificaciones a los hipotéticos socios. Llevamos meses instalados en la nada, de la nada venimos y hacia la nada caminamos. ¿Y entre medio? Pues también la nada en la que comulgamos. ¿Creemos que el resultado de estas nuevas elecciones va a mejorar nuestras vidas, nuestras haciendas, nuestro empleo, nuestras prestaciones y servicios públicos? No. Los candidatos, cabalgan en el potro desbocado de la política de declaraciones y de tuits, de tertulia televisiva y declaraciones televisadas, esclavos y esbirros de la política espectáculo, el regodeo colorista y sonoro de la vacuidad. Y mientras, las instituciones paralizadas – ¿a quién le importa? -, las inversiones en fuga – ¿de verdad a alguien les interesan? – y las esperanzas desvanecidas – ¿no se trataban de simples esperanzas, carne de melancolía? Pues eso.

Elecciones, promesas, amenazas, proyectos, insultos, ideologías sin ideas, definición por negación, libertad, democracia, ángeles y demonios entrelazados sin solución de continuidad. Y tanto artificio, para crear la nada. Sevilla, bellísima ciudad barroca y excesiva por naturaleza, erigió un prodigioso túmulo efímero como señal de luto con motivo de los funerales por la muerte de Felipe II. Miguel de Cervantes, cuyo centenario celebramos (o no celebramos, más bien) este 2016, escribió un soneto con estrambote en el que ridiculizaba el enorme gasto y la pompa estéril del monumento condenado a desaparecer. Los primeros versos del soneto dan idea de la desmesura del artefacto funerario:

Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla,
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?

Pero la genialidad y moraleja la encierra el cínico valentón que tras escuchar los versos del poeta, le da la razón de los tontos, y tras calarse el sombrero y ajustarse la espada, “miró al soslayo, fuese y no hubo nada”. Fuese y no hubo nada; mucho ruido y pocas nueces, que diría el castizo; tanto ruido pá ná, que escuchamos en mi tierra de María Santísima. Idas y venidas; elecciones y coaliciones; campañas y votaciones, para llegar al mismo punto de salida, la nada. Y por enmedio, la nada.

Entre las penumbras sagradas de la Mezquita de Córdoba podemos encontrar esculpido, sobre una pequeña lápida de mármol blanco, un epitafio tan hermoso como inquietante. “Aquí yace en polvo, ceniza y nada, Doña Ynés Henríquez Valdés”. Doña Ynés, que fue sepultada bajo el suelo de la catedral cordobesa, suscita nuestra admiración y melancolía. De aquellas ilusiones de ayer, el polvo, ceniza y nada de hoy. Votaremos, más por miedo al otro que por convicción de lo propio. Borges ya dijo aquello tan terrible de que no nos une el amor, nos une el espanto. No nos une el ser, lo que somos, nos une la nada en la que nos diluimos.

Nos tememos que después de la selecciones nada va a mejorar. Seguiremos en la nada ruidosa, amplificada en millones de decibelios televisivos y megabites tuiteros. Esa nada produciría bostezos si no fuera porque nos va  nuestra vida en ello. Una vida que, en términos colectivos, no va a mejorar.

Trabajamos en la nada, la nada obtendremos.

 

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