Cada vez es más frecuente ver noticias sobre la presencia de jabalíes en zonas urbanas. Así, sin ánimo de ser exhaustivo, hemos leído noticias sobre estos animales en las ciudades de La Coruña, Donosti, Mataró, Torrelodones, San Sebastián de los Reyes… Y ante la presencia de estos animales salvajes fuera de su hábitat natural surgen problemas con la actuación de los Ayuntamientos.

La actuación más común suele ser la de dar caza a los animales. Esta acción tan simple, es la que se ha venido dando en la España rural desde siempre, para evitar los daños de los suidos en la agricultura. Cuando la sobrepoblación de jabalíes empieza a causar daños, se autoriza a los titulares de las explotaciones dañadas a organizar batidas o esperas de los animales, para darles caza. Y así se ha actuado en diversas poblaciones con los animales urbanitas, pero ¡ay!, con los animalistas hemos topado.

En alguna ocasión hemos oído que si las personas tienen derecho a vivir, el mismo derecho tienen los animales. Con todo el respeto que nos merece la vida animal, no podemos estar de acuerdo, pues los animales pueden, dentro de la legalidad vigente, ser sacrificados para servir de sustento a los humanos, mientras que el dar muerte a una persona es un delito.

También hemos visto la defensa de los jabalíes basada en la culpa de la mano del hombre en la invasión de zonas urbanas, ya que éstas nacen de la acción de privar a la fauna de su hábitat natural. Con todo el respeto a cualquier opinión, la acción urbanizadora se fundamenta en la necesidad del hombre de desarrollar sus ciudades y los límites que la Ley impone en el planeamiento urbanístico son precisamente para tratar de minimizar los daños al medio ambiente.

Algún Ayuntamiento, dentro del ánimo de evitar tensiones con los defensores de los animales, ha planteado la posibilidad de capturar las piaras de jabalíes que invaden las calles para trasladarlas al medio rural que les pudiera servir de nuevo hábitat. Pero, al menos en el caso de la Comunidad de Madrid, dichas actuaciones no han sido autorizadas por el Gobierno autonómico, por la existencia de una epidemia de tuberculosis que hace desaconsejable el traslado de animales sin previa comprobación de que todos los afectados estén sanos, lo que dificulta mucho este tipo de actuación.

Por ello, la acción más común ha seguido siendo la caza, dando muerte a los animales. En ocasiones se han organizado cacerías con arcos o ballestas, eludiendo las molestias y riesgos de las armas de fuego y, sobre todo, la alarma que pueden provocar los disparos en zonas urbanas. Pero en zonas habitadas el uso de flechas también puede generar riesgos, por lo que se suele recurrir a empresas especializadas que reducen y sedan a los animales para ser trasladados o sacrificados.

En cualquier caso, lo que siempre hay que tener en cuenta son las prioridades y lo primero que hay que tener en cuenta es la seguridad de las personas. Y dicha seguridad demanda en primer lugar el control de la población de animales que invada lugares habitados y comporte riesgos para las personas. Y el riesgo puede venir por el riesgo de propagación de enfermedades y, en el caso de los jabalíes, por el peligro que suponen para la circulación de vehículos y de heridas en caso de ataque. Una herida por un colmillo de jabalí en la arteria femoral puede ser tan mortal como una cornada de un toro.

Por otra parte, para tranquilidad de la población que se asusta ante los excesos contra la naturaleza de las Administraciones conviene recomendar no dejarse llevar por las alarmas de ciertas organizaciones poco documentadas. La conservación del medio ambiente exige también el control de la superpoblación de especies, pues ésta puede privar de alimento a otras especies y puede provocar riesgos de extinción para especies de predadores que les dan caza, cuando tienen enfermedades no mortales para la especie predada y sí para su cazador.

2 Comentarios

  1. También hay que señalar la ridícula postura de algunas asociaciones animalistas contrarias al exterminio de especies animales invasoras (visón americano, cotorra argentina, etc.), que alteran los hábitats naturales y, a veces, causan grandes perjuicios a la agricultura.

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