Es evidente que el Estado siempre ha estado en contradicción con las ideologías liberales y neoliberales que exaltan la máxima libertad individual. Este pensamiento es ahora más dominante que nunca en un contexto de éxito rotundo del neoliberalismo, en un ambiente de innovación y creatividad y en un contexto de libertad y empoderamiento social por la tecnología en red. “No hay que recortar las alas a nadie, sino que hay que extenderlas más aún si cabe. Ya no se precisan empleados que sigan las normas y cumplan con las formalidades, sino individuos serenos, autogestionados, confiados, pero también bulliciosos y poco convencionales. El fenómeno del individualismo, antes mal visto, (…) es una de las cualidades más dignas de elogio y envidia” (Bauman, 2016: 69). Es decir, en este escenario el Estado también está ante una aparente decadencia.

Puede que el Estado (no en su acepción de Estado-nación sino en una acepción más global y local) puede estar en decadencia ideológica o ambiental pero sigue siendo necesario. Cuando las variables tecnológicas, económicas y sociales se complican y se degradan todos los actores y autores, con independencia de su adscripción ideológica, observan y anhelan al Estado como poder público y político. Es por tanto, obvio que el Estado no va a desaparecer durante las próximas décadas ni probablemente durante los próximos siglos. Lo que sí parece evidente es que se va a transformar. Hay, en este sentido, dos posibles escenarios: uno de Estado blando y otro de Estado duro.

El escenario de Estado blando conjuga muy bien con la tradición liberal. Un Estado menos “sometedor” y mucho más atractivo y seductor. Un Estado menos represivo contra la individualidad y mucho más respetuoso. Un Estado que se limita a garantizar las condiciones mínimas para fomentar el desarrollo humano y el resto lo deja en manos del mercado y de la sociedad. Además, un Estado mucho más transparente, de rendición constante de cuentas y mucho más refinado en sus diseños para evitar capturas internas y externas por parte de las élites extractivas. En definitiva, el Estado blando podría ser casi un Estado maravilloso. Claro que el Estado del futuro tendrá que continuar ensuciándose las manos: tendrá que seguir cobrando impuestos (aunque sean pocos), tendrá que encarcelar a los delincuentes y tendrá que imponer por la fuerza algunas conductas cívicas que la sociedad considere irrenunciables.

Pero hay muchos indicios para pensar que el futuro no estará protagonizado por un Estado blando sino por un nuevo Estado duro. Cuando analizamos las condiciones del nacimiento del Estado moderno en el siglo XVII seguramente el lector pudo tener una sensación de  deja vu: los coetáneos de Hobbes estaban cansados de vivir en un mundo regido por el azar, el desorden, la corrupción, las guerras de religión y de una existencia basada en la ley primordial de la supervivencia del más fuerte. Salvando las distancias históricas el momento actual es muy parecido al del siglo XVII. Los cambios tecnológicos y económicos generan una sensación de inseguridad tan enorme que parece que vivimos más que nunca sometidos a un azar en el que no controlamos nada ni de forma individual ni colectiva. El desorden económico es muy agudo, en especial desde la crisis de 2008. La corrupción sigue plenamente vigente tanto en el sector público como en el privado. La corrupción no solo sigue vigente sino que hay la sensación que ahora muestra más vigor que hace unas décadas. Las guerras de religión clásicas forman parte del pasado pero ha reverdecido una guerra global de la mano del yihadismo que tiene evidentes componentes religiosos y de guerra entre civilizaciones. El desnorte del capitalismo, en especial el estimulado por la nueva infoeconomía, está generando no solo cambios económicos sino también laborales y sociales que hace reverdecer de nuevo la “ley del más fuerte” y genera espectaculares desequilibrios sociales. Los ciudadanos del presente y del futuro están tensados, crispados y muy temerosos. La sensación de inseguridad social es altísima. No es de extrañar que enormes capas sociales de los países desarrollados estén deseosas de un nuevo orden económico y social. Si algún partido o líder político promete en el futuro próximo  más seguridad a cambio de menos libertad individual el nivel de adhesión social podría ser muy alto.  El posible resurgimiento de un discurso político demagógico (venga de Trump, de la extrema derecha o de la extrema izquierda) puede estimular un Estado mucho más duro que el actual. Este nuevo Estado duro puede tener, a su vez, dos posibles modelos: el de un Estado duro más expansivo en regulación y en prestación directa o indirecta de bienes públicos pero asumiendo un rol empático, transparente y de rendición de cuentas. Pero el otro modelo posible es un Estado duro también expansivo en regulación y en prestación de bienes públicos pero también mucho más incisivo en los mecanismos de control social que le aseguran las tecnologías de la información. Un Estado que coarte mucho más que ahora la libertad individual a favor de asegurar una mayor seguridad (seguridad policial, pero también seguridad laboral, social, etc.). Es solo una posibilidad pero el Estado del futuro se podría parecer al Estado primigenio con valores escasamente democráticos y volver a ser una especie de soga al cuello tan innegociable como inevitable y, por tanto, incuestionable. Esperemos que este escenario no ocurra y, si es inevitable, que pernocte solo un tiempo limitado en la historia que todavía está por escribir.

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