Finaliza un verano que, a diferencia del anterior, ha sido relativamente tranquilo en materia económica. La bolsa ha subido y la famosa prima de riesgo se ha relajado. Sólo la tragedia de los incendios forestales y su devastadora destrucción han sobresaltado la tórrida monotonía de un estío que ya agoniza. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué esta serena placidez tras muchos meses de angustia financiera? Tanto optimistas como pesimistas coinciden en que la anunciada intervención “suave” de la economía española ha serenado los ánimos. Para unos, la causa habría sido el temor de los especuladores ante el poder del BCE, mientras que para los segundos se trataría tan sólo de la tranquilidad previa a la tempestad. Ya veremos. En todo caso, los datos objetivos que disponemos nos muestran que la situación sigue deteriorándose con rapidez. La recesión se agudiza – con revisión a la baja incluso del crecimiento de años anteriores -, el desempleo crecerá con fuerza estos próximos meses, y para pagar las pensiones se tendrá que meter mano por vez primera a la sagrada caja del Fondo de Reserva. Y, por si fuera poco, el déficit de las cuentas de la Administración General del Estado está desbocado, habiendo superado en los primeros siete meses lo previsto para todo el año. Como nos rumiamos que las Comunidades Autónomas también presentarán déficits que desborden sus objetivos, nos encontraremos que vamos a rondar un déficit total superior al 7%, muy por encima del límite comprometido después de varias modificaciones al alza.
Tendremos que ser rescatados y ya veremos por qué cuantía. Si no nos prestan dinero, no podríamos atender nuestros compromisos y nos veríamos abocados a una suspensión de pagos. Pero este rescate vendrá con condiciones que se aplicarán a golpe de tijera. Un poco de edad de jubilación por aquí, algo de desempleo por allá, todo aliñado por recortes de las administraciones. Probablemente sea necesario, pero a corto plazo este tipo de medida solo creará más recesión, menos consumo y más desempleo. Las recetas europeas tienen aroma de drama. Sólo con recortes no saldremos y, probablemente, tampoco con las necesarias reformas que deben aportarnos la competitividad que carecemos. Será preciso algo más. Haría falta imaginación macro – jugar con valor del euro e inflación -, algo de geopolítica – hacer valer nuestros intereses colectivos en un mundo en ebullición -, y también políticas sectoriales y de inteligente inversión.
El gobierno de Rajoy tiene muy poco margen de actuación, ya veremos cómo reacciona. En todo caso, también el frente político se le puede complicar. Recibirá un valioso balón de oxígeno si el PP gana por mayoría absoluta en Galicia, pero si la pierde, el liderazgo de Rajoy se debilitará sensiblemente, erosionado por los malos resultados económicos de su gestión y empujado por las voces críticas que comienzan a jalearle de nuevo desde el interior de sus filas. El rescate, por su parte, es la evidencia de un fracaso, por lo que el presidente se verá forzado a realizar una crisis de gobierno este otoño, sobre todo en el área económica, con cambio de alguno de los ministros y la creación de una vigorosa vicepresidencia económica.
Y, por si fuera poco, los partidos catalanes están empujando mutuamente, con la excusa del Pacto Fiscal, hacia el terreno siempre peligroso de secesiones, independencias y demás imposibles, jugando con el fuego maniqueo de que la culpa de todos sus males es Madrid y que la solución mágica se llamaría independencia.
Este es el atormentado otoño que se nos presenta. Ojalá logremos sobrepasarlo con dignidad. Por lo pronto, y a diferencia del año pasado, hemos disfrutado de un verano más tranquilo que quizás nos facilite la urgente clarividencia que precisamos.

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