Estamos cabreados, molestos, irritados. Somos lo que en tiempos llamaron las clases medias occidentales: íbamos desde el obrero hasta el profesional, funcionario, ejecutivo; desde el trabajador cualificado hasta el pequeño y mediano empresario. Durante mucho tiempo nos fue bien, mejoramos progresivamente nuestra calidad de vida, superando siempre a la de nuestros padres. Nuestro esfuerzo era palanca cierta hacia un éxito razonable. Nuestros hijos estudiaban y progresaban. Hermosos tiempos aquellos…. Ahora sentimos que todo ha cambiado sin que terminemos muy bien de entender el por qué. Vivimos peor que nuestros padres, pero mejor que nuestros hijos. El esfuerzo no es garantía de nada, nuestra calidad de vida se deteriora a ojos vista, apenas si llegamos a fin de mes, mientras los impuestos suben y los salarios bajan. Estamos cabreados, claro. ¿De qué otra manera podríamos estar?

Somos las clases medias occidentales y sabemos que esto no marcha bien, aunque no muy bien el cómo enmendarlo. Por eso, cuando llegan las elecciones nos limitamos a exteriorizar nuestro cabreo votando en contra de lo que nos pongan por delante. Ya hemos votado en Hungría, contra un gobierno seguidista de las recomendaciones de la Unión Europea; en Reino Unido hemos decidido apoyar un Brexit que no nos convenía simplemente por darle en las narices al gobierno que lo promovía; hemos rechazado en las urnas colombianas un plan de paz que acababa con la guerra que hemos sufrido durante décadas sin otra razón verdadera que nuestro cabreo contra lo institucional. Y, como última muestra de nuestro monumental enfado acabábamos de hacer presidente de los EEUU, contra todos los pronósticos y presiones, a Donald Trump. No nos gustaba lo que decía, pero nos aliviaba pensar que eso que decía fastidiaba a todos los poderes instalados. Estamos cabreados, muy cabreados, y votaremos a la contra en toda elección que nos pongan por delante.

Somos las clases medias, y no los marginados, pobres o excluidos, los que estamos protagonizando este malestar sordo, amorfo, sin perfiles definidos, pero con toda la colosal fuerza sísmica de un movimiento telúrico. Por eso, no votamos a nada en concreto, sino que lo hacemos a la contra. Alguien debería percatarse del grito de angustia que hemos expresado. La angustia es el vértigo de la libertad, que decía el triste de Kierkegaard. Pues puede que sea eso, no decimos que no, pero… ¿quién dijo que las clases medias soportáramos bien la angustia? Queremos certezas y buen comer; las filosofías, para los filósofos y sus aforismos.

¿Las causas de nuestro declive? Pues doctores tiene la Iglesia que sabrán responder a esa pregunta esencial. Para uno, el neoliberalismo; para otros, una socialdemocracia asfixiante; para todos, la sensación de estar sometidos a unas élites políticas y económicas que no miran por nosotros. El sabio nos diría que la globalización, que ha repartido trabajo y renta a lo largo y ancho del planeta, es responsable de nuestra bajada de salarios. O sea, que es buena por un lado y mala por otra, ya veremos qué hacemos con ella. ¿De nuevo las fronteras? Chungo, chungo… Pero, ¿qué otra cosa podemos hacer? Al menos, el que Trump haya proclamado a los cuatro vientos eso de que Apple vuelva a fabricar sus jodidos ordenadores en casa nos motiva. Que les vayan dando a los chinos, que eran pobres hace dos días y que ahora lucen rascacielos y limusinas. Nosotros nos empobrecemos, ellos se enriquecen y eso no puede ser.

Sabios terceros nos dicen que la revolución digital es la responsable del enorme desaguisado que sufrimos. Que si los robots hacen mejor que nosotros nuestro trabajo, que si la automatización destruye millones de empleos, que si patatín, que si patatán. Otros, sin embargo, nos anuncian una nueva época dorada que cabalgará a lomos del silicio, el hidrógeno y el microchip. Y nosotros, que no sabemos nada de esto, sólo vemos que cada día nos cuesta más llegar a final de mes. Estamos cabreados, no queremos justificaciones, queremos soluciones. Y mientras nos las dan, los castigamos con nuestro voto en contra.

Nosotros, la clase media, no somos revolucionarios… o sí, quién sabe, que se lo pregunten al rey francés Luis XVI. Desde luego, nosotros, la clase media occidental, más o menos instruida, no queremos resignarnos, ¿o sí?, a ser transformados paulatinamente en pobres zombies a la deriva. Algo tendremos que hacer, aunque no sabemos muy bien ni el qué ni el cómo. Por lo pronto, como clase media occidental ni perdonamos, ni olvidamos y, por eso, votamos en contra.

1 Comentario

  1. En parte tienes razón, pero no sólo es cabreo: en USA quieren volver al ideal del “sueño americano” basado en el trabajo y el esfuerzo después que la socialdemocracia se apoderara del poder; en Colombia no tragaron con concesiones que nada tenían que ver con la paz y, sí, curiosamente, con los dictados del partido Demócrata USA… Parece como si nos estuviéramos dando cuenta ahora -más vale tarde- de que detrás de la “política ortodoxa” hay un grupo de poder dispuesto a vivir de los esfuerzos de esa clase media. No sé. ¿Serán los prolegómenos de una política más “ciudadana”?

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