¿Nueva o rancia Ley de Auditoría?

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¿Nueva o rancia Ley de Auditoría?

Ramón Casals, presidente de la Fundación PWC, y recientemente designado miembro de la junta directiva de la Federación Internacional de Contadores (IFAC) afirmó en entrevista “La nueva Ley de Auditoría, que ha sido trabajada con profundidad por las corporaciones representativas de los auditores y ha sido aprobada por unanimidad parlamentaria, era una necesidad que la profesión venía solicitando desde hace años” (Revista Auditores, núm. 14, enero 2011, p. 33). Y en conformidad, el lema bajo el que se desarrolló el XIX Congreso Nacional de Auditoría celebrado en Madrid el pasado octubre, fue “Nueva Auditoría. Más seguridad”. Pero, la Ley 12/2010 del 30 de junio de 2010 de Auditoría de Cuentas, ¿realmente es nueva y aportará una mayor seguridad?

En el Preámbulo de la referida Ley, señala que “el sistema de supervisión pública es una función de interés público”, y posteriormente en su artículo 13, dice que el auditor de cuentas y los auditores designados para realizar auditorías en nombre de la sociedad de auditoría “estarán obligados a mantener el secreto”. Luego, ¿cómo sirve la auditoría al interés público cuando se basa en la secrecía o confidencialidad? O, cuando el monopolio de la auditoría ha originado “dudas sobre la independencia en un mercado dominado por cuatro auditoras que firman siete de cada diez informes de cuentas de empresas cotizadas en la Unión Europea y nueve de cada diez en el Reino Unido” (Noticia de expansión.com “Los auditores critican la reforma europea acometida el pasado mes”).

Por lo que no es coincidencia que los dirigentes de los órganos directrices de auditoría sean socios de las grandes firmas de auditoría. Y siendo los enormemente beneficiados de su predominio, resulta ingenuo considerar que los detentadores del discurso de auditoría, impulsen una reforma o transformación en la teoría y práctica de la auditoría. Tal como, en la falta de rigurosidad del concepto nodal de su profesión, es decir, la independencia. Pero en tanto se siga circunscribiendo al ‘deber ser’, queda en simple prescripción, y lo que se requiere para enfrentar la crisis en la auditoría y su falta de credibilidad es pasar a la descripción, y por ende, a la ciencia.

El reto del XXI es construir una auditoría verdaderamente independiente, pública y objetiva. Lo demás es solamente el doble discurso que tanto pregonan los ilusionistas que nos muestran supuestamente lo nuevo, cuando rancio es. Y el tiempo se encargará de demostrar que sólo han sido buenas intenciones las modificaciones a la Ley de Auditoría, porque cumplir con el interés público requiere necesariamente una práctica que se abra del principio al final al escrutinio de la sociedad.

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