De la preocupación a la ocupación de la auditoría

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Dice Antonio Arias, Síndico de la Sindicatura de Cuentas de Asturias, en su blog “La preocupación por la detección del fraude es una constante del mundo de la auditoría, a pesar de reiterar que no corresponde a estos profesionales esa misión, sino opinar con objetividad sobre la imagen fiel de la situación financiera y los resultados” (De Colombo a Robocop, 10 de agosto de 2015). Sin embargo, los auditores han estado más preocupados que ocupados en repensar las nociones básicas que han fundamentado su quehacer.

Dado que los auditores solamente se han dedicado a repetir lo aprobado por sus instituciones y gremios profesionales; por ello, la auditoría permanece encasillada como una simple técnica (una manera de hacer) que ante los desafíos y retos del mundo actual es incapaz de enfrentarlos, y es la explicación de su evasión para luchar en contra del fraude y la corrupción.

Sí, es más redituable seguir facturando 650 millones de euros en trabajos de auditorías o es más cómodo continuar viviendo confortablemente a expensas de los impuestos de los ciudadanos que sostienen la incompetencia de los organismos de control que denunciar el mito de la objetividad de la auditoría y fiscalización. Por ende, el Síndico de Asturias afirma que la misión de los auditores es “opinar con objetividad sobre la imagen fiel de la situación financiera”. Pero, ¿cómo se opina con objetividad? Sí la opinión es un punto de vista, que carece de la certeza de haber examinado la totalidad de una realidad pública o privada concreta e implica una subjetividad. Sí la imagen o representación debería indicar su exactitud o conformidad con la verdad o realidad. Más, ¿Cuál realidad?

Los auditores transitan del campo privado al público, o viceversa, sin reparar que el estudio de la esfera privada y pública significa incursionar en uno de los temas más debatidos e importantes de la convivencia humana “El mismísimo Norberto Bobbio, en el Diccionario de Política, nos recuerda que esta pareja de términos (público/privado) ingresó en la historia política y social de Occidente con dos conocidos párrafos del Corpus iuris (instituciones, II, 4, Digesto, I,I,I,2). Desde entonces, el tema creció en importancia hasta volverse una de las grandes dicotomías del pensamiento político, tan importante como guerra y paz, democracia y autocracia, sociedad y comunidad” (Garzón Valdés, Ernesto, 2003) y en la modernidad “cuando se habla del sector público y sector privado se expresa implícitamente una teoría de objetos” (Ferrater Mora, J., 1994). Pero, Congresos Nacionales en el Sector Público, así como eventos tales como las Conferencias Iberoamericanas de Ministros de Administración Pública y Reformas del Estado, han impulsado el tema de la colaboración de las firmas privadas en la auditoría del sector público o la asociación entre lo público y lo privado. Sin embargo, se apuesta claramente por la superación de la dualidad con base en la colaboración o complementariedad, basándose en el deseo de contar con dos imágenes distintas bajo el supuesto que cada dimensión ofrece una perspectiva distinta que revela aspectos diferentes, ampliando el conocimiento y la efectividad, a través de una lógica de convivencia donde se valoran los enfoques de cada auditoría. Aunque también existe otra posición que afirma no distinguir diferencias sustanciales para efectos de la auditoría, si acaso los aspectos legales.

Pero en todo caso, la indeterminación de la realidad pública explica la confusión existente con respecto a la objetividad en la auditoría y fiscalización. Y en el campo de la auditoría la noción de apariencia está presente en toda su normatividad (aparentar es fingir lo que no se es o no se tiene) y específicamente, relacionada con el término de independencia; ésta se reconoce como condición necesaria que garantiza la objetividad e integridad de la auditoría. Expresándose de la forma siguiente: si se es independiente se garantiza la objetividad y si se mantiene una actitud objetiva se procede con independencia. Sin embargo, el pensamiento gira en redondo, no se determina nada. Tal como lo ha afirmado Manuel Lagarón Comba del Tribunal de Cuentas de España, “parece obvio que una parte sustancial de nuestro trabajo se desarrolla en un marco claramente subjetivo. Esto no cuestiona nuestra profesión, en ningún caso; al contrario, siendo intrínseco en ella, y por ser ésta de evidente de interés público, la hace relevante. El hecho es saber si, gracias al seguimiento de las Normas y a nuestro buen entender somos capaces de abstraernos de ello en beneficio de una objetividad razonable (…) Ahora bien, no tenemos ninguna garantía de que la prueba obtenida con nuestra propia observación sea extensible a cualquier momento en el que otro auditor hiciere la misma comprobación. Realmente no hay certeza de conseguir idéntico resultado” (La evidencia en la auditoría pública, fiscalizacion.es, 2008/03/14). Porque si se acepta que parte sustancial del trabajo de auditoría es subjetivo, si el “buen entender” sea capaz de abstraer al auditor de la subjetividad, y si no existe ninguna garantía que otro auditor u otra persona pueda comprobar las afirmaciones o resultados de una auditoría. Luego entonces, se ignora qué es la objetividad y el método. Dado que el método posibilitaría no sólo que otro auditor sino que cualquier interesado siguiendo un camino descrito pudiera validar las aseveraciones formuladas. Y el problema fundamental en la auditoría y fiscalización no solamente es el “opinismo” sino la carencia de un método, y por lo tanto, de un objeto. Por ello se emplea de manera vulgar y sin rigurosidad las nociones fundamentales de su actividad. Por lo que es preciso que la auditoría y fiscalización se aproximen a la ciencia (como una manera de conocer) “la objetividad es la cualidad de lo objetivo, de tal forma que es perteneciente o relativo al objeto en sí mismo, con independencia de la propia manera de pensar o sentir (o de las condiciones de observación) que pueda tener cualquier sujeto que lo observe o considere” (Bachelard, Gaston, 2004).

Sí, la preocupación por el fraude y la corrupción es una constante en el mundo de la auditoría y fiscalización, pero esta preocupación ha conducido al miedo, al estancamiento, a no abordar los problemas ni solucionarlos, a negar su cuestionamiento y su profunda crisis. Más ha llegado el tiempo de ocuparnos de los vicios que aquejan a las administraciones públicas y a la sociedad en su totalidad. Porque al ocuparnos actualizamos la teoría y la práctica, es decir, tomamos la auditoría y fiscalización bajo nuestra construcción y propia responsabilidad.

 

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Nacido en Morelia, Michoacán, México. Estudios en contaduría pública, filosofía, y un diplomado en contraloría social. Veinte años de experiencia en auditoría y diez en la investigación de la auditoría pública, ha publicado más de veinticinco ensayos que pretenden construir una Nueva Auditoría Pública.

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