El ocaso de la auditoría

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En la mitología griega Minerva es la diosa de la sabiduría, y la lechuza es su ave mensajera que emprende el vuelo al rayar la noche, cuando todo parece obscuro. Más en el mundo de la auditoría y la fiscalización no aparece el ocaso, mucho menos la noche. Aunque en el ocaso nos damos cuenta de las debilidades y el sinsentido. Por ello, este mundo permanece vigente, donde al parecer su modelo no ha concluido.

No obstante sus escándalos, denuncias, retrocesos y de estar por los suelos su credibilidad. Los presidentes de Deloitte, KPMG y PwC de España, afirman que ‘sería más inteligente mirar hacia adelante’. Además se han justificado “no se entiende la labor de los auditores” (Las Big Four se lavan las manos con la crisis financiera: En lugar de buscar culpables sería más inteligente mirar hacia adelante, Rodrigo Ponce de León, elDiario.es, 4/06/2019). Tal como si mirar hacia atrás te convirtiera en una estatua de sal (como le sucedió a la mujer de Lot). Y así, la historia de la auditoría y fiscalización, salva a los que obedecen, pero no a los que desobedecen.

Ante todo, se tiene que cumplir la voluntad de quien manda. Y mandan los socios de las firmas de auditoría, y los titulares o responsables de los Órganos de Control y Fiscalización; aunque los primeros se subordinan a los clientes. Y los segundos, a los gobernantes y políticos en turno. Y en este escenario, lo que se privilegia es el secreto, aunque en su discurso invariablemente enarbolan la transparencia. Es la paradoja.

Una auditoría que no audita, y audita cuando se le ordena auditar. Reporta cuentas no fiables, esconde conflictos de interés, y actuaciones fuera de la legalidad. Por esto no les  interesa escribir su historia ni rescatar el pasado. Esperan ‘borrón y cuenta nueva’. Tal si los quebrantos económicos y financieros en entidades públicas y privadas no hubieren pasado ni afectado a la sociedad. Y por ello afirman que no es inteligente buscar culpables. Porque la auditoría, y por ende, la fiscalización terminarían en el ‘banquillo de los acusados’. Y lo anterior debiera mostrar que la obscuridad ha llegado al mundo de la auditoría y fiscalización, aunque se actúe en contrario.

Al informar las ‘Big Four’ que se han blindado para adaptarse al entorno desafiante que está provocando la pandemia del coronavirus en la economía y las empresas. Y la Organización Internacional de Entidades Fiscalizadoras Superiores (INTOSAI) ha generado un grupo de trabajo que pretende transparentar toda la información relativa a los fondos públicos destinados a la emergencia, así como establecer una coordinación en auditorías. Lo que significa que desean dejar atrás una estela de auditorías que han evidenciado malas prácticas, e insólitamente no rinden cuentas y continúan indemnes. Y ciertamente avanzan al elevar sus ingresos mundiales recuperando el ritmo derivado de la caída del 2009 por efecto de la quiebra de Lehman Brothers, en el 2008.

Sí, parece distante el 2009 cuando un año atrás, Ernst&Young ocultó información de Lehman, originando una crisis financiera y de credibilidad en la auditoría. Por ello, José Antonio Gonzalo, presidente del Instituto de Contabilidad y Auditoría de Cuentas en España, advirtió “la auditoría corre el riesgo de desaparecer por inútil si no se demuestra su interés social” Y agregó “los auditores realizan un trabajo de interés público ya que su verdadero cliente es la sociedad” (www.20minutos.es/noticias/810047/ 09.09.2010).

Pero su advertencia paso inadvertida e ignorada. Y a casi diez años de distancia su primer pronunciamiento tiene plena vigencia; a la fecha la auditoría y fiscalización no han mostrado ni demostrado un interés público y social. Pero el segundo, refleja el alejamiento o distanciamiento de la noción de lo público en el mundo de la auditoría y fiscalización. Recientemente el juez de la Audiencia Nacional Miguel García Castellón ha apercibido a PwC por falta de colaboración en la entrega de correos en el caso de BBVA, a lo cual se argumentó ‘los documentos en poder de PwC pueden estar cubiertos por el secreto profesional, por el privilegio abogado-cliente’. Independientemente de las diversas aristas del caso y su curso legal, lo que interesa resaltar es lo siguiente:

  1. La práctica de la auditoría y fiscalización ha estado regida bajo el secreto. Y no obstante que enarbolan los principios de independencia y transparencia, demandan el respeto a la inviolabilidad de sus papeles de trabajo, su correspondencia y los procesos que demuestren la objetividad y el método que fundamenta sus informes y resultados.
  2. José Antonio Gonzalo se equivocó. Porque los auditores públicos no realizan un trabajo de interés público ni tampoco su verdadero cliente es la sociedad. En el mismo sentido erróneo, Miguel Ángel Cabezas, presidente de FIASEP en su discurso de bienvenida al V Congreso Nacional de Auditoría del Sector Público, abordó la desconfianza a los auditores públicos y expuso un “profundo cuestionamiento de la cosa pública, de lo público (…) como ataque a la propia esencia de lo público, que se tacha de ineficiente, caro y frecuente foco de corrupción”. Pero no, es un enfoque superficial dado que lo público “se caracteriza por la libre accesibilidad de los comportamientos y decisiones de las personas en sociedad, y englobaría las cosas que pueden y deben ser vistas por cualquiera” (Lo íntimo, lo privado y lo público, Ernesto Garzón Valdés, cuadernos de transparencia, número 06, Ifai). Es decir, si no se garantiza la transparencia en la auditoría, sea pública o privada, la auditoría y fiscalización se convierten en simulación.

Tal como la Auditoría Superior de la Federación (Órgano Rector de la Fiscalización en México) informa, “Más de la mitad de las denuncias que la Auditoría Superior de la Federación (ASF) ha presentado durante los últimos 20 años todavía se están investigando, y únicamente en 22 de ellas ya se ha dictado sentencia, lo que representa apenas el 2.19% (…) aunque la auditoría superior no especificó cuántas son condenatorias y cuántas absolutorias” (En 20 años, ASF sólo ha logrado 22 sentencias, eluniversal.com.mx, 09/08/2020).

Resultan aterradoras las cifras pero más aterrador que la Autoridad de Fiscalización no obstante el rezago y dilación, no informe de la situación que guardan los casos, de los obstáculos que enfrentan, las deficiencias en la integración de los expedientes e investigación y de indicadores que muestren si es la autoridad de fiscalización la que ha  fallado, o es la autoridad judicial, o son ambas. Esto en la esfera pública.

En el sector privado, la noción de cliente se impone, en donde el cliente siempre tiene la razón, porque finalmente es quién compra y ante todo, su satisfacción. Mientras en lo público, el ciudadano es un sujeto activo en la vida económica, política y social de una comunidad. Pero el ciudadano es un proyecto que se materializa en tanto se construye, y al construirse determina el rumbo de su sociedad. O, el auditor también es un proyecto que se materializa cuando se construye, y al construirse determina el rumbo de la auditoría y fiscalización.

Ante ello existe el fenómeno de las ‘Big Four’ que determinan la agenda en la auditoría y fiscalización, y las asociaciones, instituciones u organizaciones de auditoría y fiscalización se pliegan. No, no hay motivo para el disenso ni para la crítica. Y su efecto no es extraño, que el último número publicado en la web del Instituto de Censores Jurados de Cuentas de España sea de octubre 2016. Y que la revista Auditoría Pública de los Organismos de Control Externo (OCEX) de publicarse cuatrimestralmente haya pasado a semestralmente. No obstante que cada publicación incluye secciones y artículos de ‘relleno’ es decir, artículos que no se relacionan con el tema de auditoría pública. Además, a partir del 2015 en las Bases de la revista se informa,  con la intención de motivar la escritura e investigación se ha establecido “en todos los artículos que se publiquen en los dos últimos números que anualmente publica la revista, recibirán 300 euros”. Y aún con este incentivo no se produjo una mayor participación, pareciera en primera instancia que a los auditores de los OCEX casi se les terminan los temas y la voluntad para escribir. Y en segundo, esperar que la política editorial de incentivar económicamente la participación sea el camino para fortalecer o reactivar la teorización de la auditoría, ciertamente es una medida de desesperación. Se les está terminando su discurso y su palabra, y pareciera que pronto ya no tendrán nada que decir. Quizá porque el dinero no es la razón ni el motivo para escribir. En el fondo se encuentra una enseñanza de la auditoría y fiscalización errónea. Se educa para repetir no para analizar, criticar (juzgar o sopesar) y reflexionar los principios y fundamentos de la auditoría. Y así, la auditoría y fiscalización han evadido construirse como auténticas disciplinas.

En consecuencia es preciso rescatar la advertencia de José Antonio Gonzalo ante presagios que anuncian una nueva normalidad en la auditoría pública o que el 2020 será su año. O que las ‘Big Four’ y la fiscalización salvan otra vez al mundo. Y ante tal desconcierto debiera reflexionarse, si el ocaso de la auditoría no ha llegado. Y entonces, parafraseando a Hegel, la lechuza de la auditoría inicie el vuelo al caer la noche para encontrar en el día una nueva realidad.  

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