La insoportable nostalgia por la auditoría

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En tiempo de la pandemia todo está resultando más difícil de soportar. Y aunque resulte difícil de creer que aquella auditoría que ponderaba la presencia física del auditor a través de la observación, inspección o la entrevista que no solamente se efectuaba para evaluar el control interno sino para interactuar con el personal que posibilitaba conocer el entretelón del ente auditado, lamentablemente no fueron profundizadas, técnicas de auditoría que ahorraban tiempo y esfuerzo y resultaban muy eficaces. Al contrario,  se empezó a reducir la presencia y contacto físico con el personal auditado en gran medida para evitar que pudiera ser influenciado o sobornado y en consecuencia resultó frecuente que los auditores fueran recluidos en oficinas o áreas designadas para que desarrollarán su trabajo. Así solo se les veía cuando llegaban al ente auditado y salían; un enlace se concretaba a proveer de la documentación e información que necesitaban. Por esto las nuevas generaciones de auditores no caerán en la nostalgia de desarrollar todo su trabajo de frente a una pantalla u ordenador, aunque tampoco, posiblemente, tendrán la oportunidad de pensar que la auditoría puede ser diferente.

Más cierto es que la vida transcurre y la auditoría se adaptará, quiérase o no, a la nueva realidad digital. Aunque este escrito se produce por la resistencia alimentada por la nostalgia surgida por la pérdida de lo que se ha tenido o vivido pero que ahora ya se ha ido o está a punto de desaparecer, ante la idea «generalmente aceptada» que la digitalización está cambiando la forma de enfocar y desarrollar la práctica de auditoría, y por ende, redefiniendo el papel del auditor.

Sin embargo, el optimismo desbordado por las mejoras, ventajas y rendimientos por la utilización de la tecnología en la auditoría está dejando de lado su pasado. Por ello habría que insistir que una función importante de la nostalgia es la de reforzar los vínculos entre nuestro pasado y nuestro presente. Es decir, la nostalgia pudiera aportarnos una visión positiva del pasado y esto podría otorgarle más significado a la práctica de la auditoría presente.

Dado que el primer estudio del Instituto de Censores Jurados de Cuenta de España (ICJCE) que defiende y vela por el desarrollo y buen funcionamiento de la actividad de auditoría a nivel nacional e internacional (según se afirma en quiénes somos, página web). Establece que un impacto en la auditoría es la «posibilidad de trabajar no solo con muestreos». Y agrega  «La capacidad de manejo de grandes volúmenes de información con herramientas de análisis de datos permite la obtención de conclusiones más precisas, porque es posible utilizar toda la población de datos en vez de muestreos» (La transformación digital en el sector de la auditoría, marzo 2019, p. 9 y 20 respectivamente, negritas del autor). Y seis meses después la INTOSAI lo reitera a través de la Declaración de Moscú, «Se alienta a las EFS a formar a los auditores del futuro capaces de utilizar el análisis de datos, las herramientas de inteligencia artificial y los métodos cualitativos avanzados…» (Tesis 8).

Un cambio fundamental en el pensamiento de la auditoría y fiscalización que ha pasado desapercibido ante la vorágine de beneficios que se afirma la digitalización traerá, aunado a su aceleración por la pandemia. Sin embargo, desde su origen la fiscalización aceptó la premisa fundamental de la auditoría «el control en muy pocos casos puede ser realizado exhaustivamente, las Entidades de Fiscalización Superior tendrán que limitarse, en general, al procedimiento de muestreo» (Declaración de Lima, artículo 13. 2, negritas del autor). Pero transitar de auditar una parte del todo, al todo, exige una explicación metodológica. Más, cuando la INTOSAI no define qué se entiende por «métodos cualitativos avanzados» ni cuáles serán las implicaciones teóricas y prácticas en su implementación.

En efecto, uno de los principios más importantes en la contabilidad y auditoría es el de Importancia Relativa, pero sí ahora será posible revisar el 100% del universo auditado, ¿Cómo pensar que un principio es relativo? O ¿En qué será relativo?

También se acepta en el pensamiento de la auditoría que el objetivo de la auditoría es otorgar seguridad razonable pero no absoluta dado que el auditor no es garante de la exactitud de la información financiera presentada por los entes. Pero ¿no ha afirmado el estudio del ICJCE que se obtendrán conclusiones más precisas?

Y he aquí la paradoja, auditoría digital que obtiene conclusiones más precisas pero no garantiza su exactitud. Luego, ¿Cambiará el objetivo de la auditoría o cambiarán sus normas y procedimientos?

Lo probable, su no cambio. Puesto que en el objetivo del estudio del ICJCE dice «no debemos olvidar que la transformación digital es un tema de negocio: aprovechar las oportunidades que ofrece la tecnología para aplicar la forma de hacer negocio». Por esto, Loreta Calero, presidenta de la Comisión de Innovación y Tecnología del ICJCE en el prólogo afirma «No basta sólo elegir la mejor opción técnica sino la que más se adecua a nuestra organización» (p.9 y p. 5, respectivamente).

Pero aún más, desde su origen y desarrollo los cambios en la auditoría han estado enfocados al tema de negocio, es decir, al interés privado. Por ello eligen la técnica más adecuada a sus intereses, tal si adquiriesen una prenda de vestir en razón de lo que más les acomodase. Y por esto la independencia en la auditoría ha sido un mito.

Un mito que ha trascendido el campo privado para instalarse en el pensamiento de la INTOSAI y las EFS que debieran defender el interés público. Pero han sido complacientes ante la determinación de la auditoría privada en la pública. Resultando incapaces de romper el cordón umbilical e ir en búsqueda de sus propias herramientas conceptuales.

Y la auditoría digital sea en el campo privado o público no conducirán inevitablemente a los desenlaces que se han previsto. Porque la utilización de tecnología no lleva necesariamente a escenarios positivos. La historia lo atestigua. Y si en el pasado la auditoría y fiscalización han sido cómplices u omisas en crisis y quebrantos financieros. Más en el presente pretender que se «trata por tanto del primer paso de un camino que comienza hoy, que no sabemos a dónde nos va a llevar, pero que seguro nos llevará más rápido» (Ibídem, p. 5). Pero no, no podemos permitirnos una nueva auditoría fallida, aunque el fracaso sea más rápido.

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