La sempiterna levedad en la auditoría

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Ea pues, descendamos y confundamos allí mismo su lengua,

de manera que el uno no entienda el habla del otro”.

Escrituras

La auditoría edificó su torre de Babel. Recientemente en el III Congreso de la Fundación FIASEP y Censors en Barcelona, Vicente Montesinos, al abordar el tema de la colaboración entre control interno y control externo, ha destacado “evitar desconfianza e incomprensión entre ambos”.

Aseveración grave que debería haber cimbrado al mundo de la auditoría y fiscalización, pero nada sucedió, derivado que su pensamiento ha sucumbido a la cultura del laissez faire, laissez dire, «dejen hacer, dejen decir».

O, ¿es justificable que entre pares no exista acuerdo o entendimiento sobre determinados hechos o acontecimientos alrededor del control?

Y no estamos hablando del pensamiento y práctica de la auditoría y fiscalización entre órganos en diferentes continentes o países sino lo que ocurre en España (en la exposición de Vicente Montesinos) ni tampoco estamos recordando las continuas declaraciones y propuestas realizadas en congresos, encuentros, jornadas u otros eventos que han tenido en la agenda dicha colaboración. Más han pasado doce años de la conferencia anual entre la Organización de Entidades Fiscalizadoras Superiores (INTOSAI) y el Instituto de Auditores Internos (IIA) en julio de 2007 en donde subrayaron que debían establecer objetivos comunes y estrecha cooperación. Sin embargo, una verdad ha caído en la ligereza, la denuncia de Montesinos, y en esta pretensión de ignorar u olvidar lo que podría significar un punto de partida para construir una nueva forma de pensar la auditoría. Rescatemos lo nuevo porque «Lo nuevo no está en lo que se dice, sino en el acontecimiento de su retorno» (El orden del discurso, Michel Foucault, p. 29). Porque al reconocer que existe entre el control interno y externo, desconfianza e incomprensión se acepta que los organismos internacionales y nacionales de auditoría y fiscalización carecen de dirección al justificar la libertad de criterio en el auditar. De ahí que la auditoría se haya constituido como el reino de la opinión (existen tantas opiniones como auditores intervengan en una auditoría). Y es el origen del desacuerdo, de la confusión, y si entre los auditores no existe confianza ni comprensión en su trabajo, ¿Por qué la sociedad debería otorgarles credibilidad?

Y no, no es un problema de política de comunicación, tal como se ha declarado en la Estrategia del Tribunal de Cuentas Europeo 2018-2020, «Para obtener mayor impacto y una mejor conexión con los ciudadanos es preciso privilegiar la parte narrativa de los informes». Ni tampoco lo argumentado por Mario Alonso Ayala, presidente del Instituto de Censores Jurados de Cuentas, al afirmar «Estos últimos  años hemos sufrido varios problemas. Uno de ellos, de los más significativos, no es nuevo, pero sí ha adquirido mayor relevancia: la dificultad que tenemos para comunicar qué es la auditoría, lo que afecta directamente nuestra imagen. Tenemos que aprender a comunicar bien, en qué consiste nuestro trabajo, qué es y qué no es una auditoría» (revista Auditores, número 23, febrero 2016). O, la afirmación de Leandro Despouy, titular de la Auditoría General de la Nación en Argentina durante el periodo 2002 al 2016, «Para recobrar la confianza pública la auditoría debe situarse en un espacio mucho más cercano a la comunidad» (Una economía sana no puede funcionar sin controles, www.elclarin.com, 30/07/2002).

Y después de 17 años de la declaración y a la luz de los acontecimientos actuales en Argentina, habría que reflexionar si no es sempiterna la levedad en la auditoría.

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