Me alegra que la situación de los funcionarios locales con habilitación nacional haya saltado a la prensa generalista («El Confidencial», en este caso). No es la primera ocasión  ciertamente, pero cada vez se ofrecen a los lectores datos más alarmantes.

Este Blog no ha descuidado este asunto, mi pluma y la de otros colegas mejor documentados que yo lo ponen de manifiesto.

Adquiere ahora especial dramatismo el número de interinos que se multiplica porque el ritmo de la convocatoria de oposiciones no es el adecuado. Ya no existen convocatorias nacionales, troceado como está en España todo lo que se ha podido trocear, y, para mayor desgracia, las plazas no se cubren. Hay falta de candidatos, y ello es debido a que las pruebas no son fáciles, pero también a las dificultades de ejercicio de una profesión cuyos miembros viven entre el agobio de un trabajo delicado y la desesperante proximidad del político.

Decía Posada Herrera, que fue ministro de la Gobernación con el general O´Donnell en el «gobierno largo» de doña Isabel II: «gimo entre el expediente y el pretendiente» (se refería a quienes aspiraban a que les diera un empleo).

Pues bien, el actual secretario, interventor o tesorero gime entre las montañas de expedientes y el cercano aliento del alcalde, que le pone el sueldo, y los miembros de los grupos municipales, que le vigilan.

Atrapados en esta circunstancia, les acecha un nuevo peligro: el de acabar en un juzgado de lo penal con una querella que les va a amargar la vida durante años con un poco de mala suerte.

El funcionario local se halla así tan angustiado por el cumplimiento de la legalidad como agobiado por el visto bueno y la firma de cualquier papel. 

El resultado es la melancolía entre los más optimistas y la desesperanza entre los más realistas.

Si todo esto no fuera suficientemente deprimente, hay centenares de estos funcionarios  que han de atender simultáneamente a varias corporaciones porque estas son incapaces de disponer de personal a tiempo completo por ausencia de recursos. 

Una situación que recuerda a la de la Iglesia católica, cuyos curas saltan de parroquia en parroquia administrando como pueden los sacramentos más indispensables. Pero todos debemos convenir que la política eclesiástica en materia de personal no es precisamente un modelo a seguir.

En cuanto a las laicas corporaciones locales, la denuncia de la multiplicación de los funcionarios en varios términos municipales pone sobre la mesa otra cuestión que también he traído a este Blog con frecuencia.

Me refiero a la necesidad de coger un lápiz y dibujar un nuevo mapa municipal. Si un municipio no puede mantener un secretario ¿no es hora de que se plantee que acaso no es una Administración seria? ¿no será más bien una especie de visión quimérica, la figuración de una imaginación exaltada?

Mi convicción es que para que viva un mundo local sano es necesario que mueran muchos municipios.

Y para que viva un funcionario respetado y eficaz deben morir las mil corruptelas de mala administración que le hacen sobrevivir en un bucle agónico.

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