El impacable declive de las ciudades medias. ¿una maldición sin remedio?

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Vivo en Córdoba, una ciudad cada vez más hermosa y sabia, pero, también, más vacía. Hace ya tiempo que dejó de crecer y en cada censo se deja arañar unos pocos ciudadanos. Los jóvenes se marchan a Sevilla, Málaga o Madrid y las pocas fábricas que en los sesenta constituyeron su tejido industrial hoy languidecen mientras transmutan su alma productiva por una gris y desastrada realidad arqueológica. Naves cerradas que recuerdan viejos tiempos, como la Colecor, la Algodonera y otras tantas que languidecen en el silencio y el olvido. Sin embargo, la ciudad cada día está más bella, más cuidada, mejor equipada. Goza de unas excelentes infraestructuras culturales, sanitarias, administrativas, educativas. ¿Por qué entonces pierde pulso y sufre la emigración del talento joven?

            Vivo en Córdoba, pero viajo permanentemente a lo largo y ancho de esta España de nuestras entretelas. En un alto número de ciudades medias del interior – que no de la costa – me encuentro con el mismo relato, con el mismo quejío, con la misma preocupación. Perdemos población joven, me dicen, la industria se cierra, la actividad agoniza. Si la ciudad está tan bonita, si los servicios son tan buenos, ¿por qué se marchan nuestros jóvenes?

            Esa pregunta llena de inquietud a muchas de las ciudades medias y a las grandes poblaciones del interior que sorprendidas, no logran comprender qué es lo que les ocurre. ¿Qué estamos haciendo mal?, se preguntan los más autocríticos, mientras asisten atónitos al fracaso de una y otras políticas de desarrollo local emprendidas. Como cada uno mira por lo suyo, nadie se percata de que el mal es general, endémico de unos tiempos en los que la conjunción de la globalización con la sociedad digital condena a las ciudades medias a languidecer, mientras refuerza a las grandes urbes, que concentran actividad, investigación y vida. Se repite que, en internet, el ganador se lo lleva todo. Pues eso, en estos tiempos convulsos, también ocurre con las poblaciones, las ganadoras se lo llevan todo, empresas, instituciones y jóvenes. No es por tanto culpa de esta o aquella mediana ciudad, sino que, en general, casi todas sufren esas mismas dinámicas en similar medida. ¿Quiénes se libran del mal del siglo? Pues las grandes urbes, las ciudades costeras del sur y del Mediterráneo y las capitales de las autonomías, porque – y no profundizaremos en estas líneas -, el sistema autonómico no ha servido para repartir riqueza ni población, sino que, al contrario, ha cebado la concentración en la capital beneficiada.

            ¿Por qué la globalización ha castigado a las ciudades medias del interior? Pues porque la industria emigró a países emergentes – o sea a China y a India – al tiempo que se concentró y automatizó. Las instalaciones medias quedaron obsoletas y no pudieron competir con las gacelas del momento. Las empresas han ganado tamaño y las multinacionales siempre ponen su sede en Madrid y, al menos antes, en Barcelona. ¿Qué multinacional – las verdaderas generadoras de actividad y sueldos altos – establecería su sede en Córdoba, Jaén, Cáceres, Zamora o Huesca? Hagan lo que hagan estas entrañables ciudades, las grandes corporaciones concentrarán cada vez mayor actividad y se seguirán ubicando en Madrid y Barcelona. Y, tras ellas, se irán los jóvenes con ambición.

¿Por qué la revolución tecnológica penaliza a las ciudades medias? Pues porque las nuevas empresas tienden a una concentración muy importante, donde la estructura de poder, investigación, decisión y gestión se ubican en las grandes urbes, en especial en Madrid, la gran ganadora de los tiempos que vivimos. Y estas empresas son muy atractivas para los jóvenes talentosos, que ven en ella una dinámica oportunidad de promoción.

¿Por qué el sistema autonómico tampoco ha favorecido a las ciudades medias? Pues porque han funcionado a modo de miniestados, concentrando todo el poder y todas las instituciones en la capital, con la consiguiente atracción de funcionarios y políticos, que le dan una vida que restan al resto de ciudades medias de la comunidad.

Por todo ello, estamos ante una dinámica general que determinará la evolución de muchas de nuestras ciudades. Por supuesto que existen excepciones y que la buena gestión de una ciudad mejorará frente a la mala gestión de la vecina. Así es. Pero se trata de excepciones que confirman la regla general, que es igual de simple de anunciar que de inexorable en su resultado: las ciudades medias pierden frente a las capitales autonómicas, grandes urbes y ciudades costeras, que ganan. Así de sencillo, así de duro.

La casi totalidad de las ciudades medias del interior han embellecido su casco urbano y han apostado por el turismo, que ha respondido, en general, muy bien. Hoteles, apartamentos turísticos, guías, rutas, hoteles con encanto, jalonan – afortunadamente – nuestra geografía. El turismo es la savia que aún riega las maltrechas economías de las ciudades medias del interior, tan cargadas de historia como azarosas de futuro. El turismo está bien, muy bien, pero no garantiza el porvenir dinámico de una sociedad. Por eso, cada vez más, sentimos, cuando visitamos los bellísimos centros históricos de muchas de nuestras ciudades, que nos encontramos ante un formidable decorado, vacío de población local y habitado, tan sólo, por turbas de turistas que se afanan escandalosas con sus fotos. El turismo, no cabe duda, es parte del futuro, pero sólo con el turismo no se construye futuro.

Las ciudades medias languidecen sin que nadie alce la voz en su defensa. Hace unos años, nos escandalizamos al descubrir la España vacía, esos inmensos páramos de densidad siberiana. Ojalá algún día, al despertar, no nos percatemos de la España de las ciudades muertas. Que entre todos la matamos y ellas solas se murieron. Abramos el debate, ahora que aún estamos a tiempo. ¿O ya no lo estamos? Quién sabe, quién sabe…

2 Comentarios

  1. Cuanta razón, Pimentel!!
    Artículos como éste no deberían caer en el archivo, sin más.
    Cuando se diagnostica algo tan evidente, y se está a tiempo, alguien (políticos?) tendrá que poner manos en el asunto.

  2. El problema es poliedrico y no son solamente la concentración de las grandes empresas en las grandes ciudades y la concentración burocrática en las capitales autonómicas (que por supuesto). Existe también al menos un factor más que es el de la baja natalidad autóctona. El feminismo está tan desbocado (incluso en las leyes) que asusta a los hombres y está consiguiendo que muchos huyan de las relaciones de pareja estables. Esto tiene ya consecuencias en la natalidad. También la situación laboral de contratos precarios impide que los jóvenes hagan planes de tener familia y mucho menos familia numerosa. Todo ello contribuye el envejecimiento de la población de las ciudades medias, además de la emigración hacia las grandes o hacia el extranjero. Y con esas generaciones que desaparecen, desaparecen también las tradiciones, costumbres y la cultura propias de la urbe, de la zona. Porque vendrán inmigrantes seguramente, pero traerán sus tradiciones y cultura, y ya no serán las aquilatadas en nuestro suelo durante siglos.

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