Observatorio de la Subvención

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Observatorio de la Subvención

Sigo y seguiré despotricando contra las subvenciones, qué le voy a hacer. He de reiterar que es un sistema perverso que en unos casos pueden ser un instrumento positivo pero que en la mayoría de los casos no genera más que clientelismo, asentamiento en sus cargos de un montón de políticos que justifican su trabajo ayudando, dádivas graciosas que no procuran más que inutilidad en el personal, pobreza, irresponsabilidad, pasteleo y muchas veces votos cautivos.

El sistema subvencional está bien como sistema redistributivo, es una técnica del derecho administrativo mediante la que se interviene para solucionar/fomentar algo que tiene un interés público. Pero llevado a sus justos términos, es decir, con moderación, sólo para los casos en lo que sea verdaderamente precisa esa intervención.

Propongo de nuevo una reflexión sobre el tema. Y añado la propuesta de que se cree el Observatorio para el Seguimiento de las Subvenciones, en siglas sería la OSS o la OSESU, un organismo dependiente de algún Ministerio, y a pesar de ser dependiente, independiente, qué más da, si todo es una inmensa contradicción in terminis. Aunque bien pensado, retiro lo dicho, en realidad de seguido se empezarían a enmascarar los datos que no gustasen. Pero si se crease, lo primero que podría hacer el OSS sería un recuento numérico, o sea, ver cuántas subvenciones se otorgan por Estado, Comunidades Autónomas, Diputaciones, Comarcas, Ayuntamientos y Organismos dependientes de todos ellos. Hay miles de subvenciones, se pueden estudiar repasando los boletines del Estado, de cada una de las CCAA y de cada una de las Provincias, porque eso sí, las formas, se respetan. Ver qué líneas de actividad se subvencionan. Qué finalidades se persiguen. Cuánto dinero se destina. A quién va a parar. Y lo mejor, qué resultados se obtienen en la práctica, si realmente la actividad subvencional consigue los objetivos que estaban fijados si es que había (permítaseme, aparentemente) como consecuencia de ese furor subvencional.

Llegamos al absurdo de establecer la subvención como un sistema de financiación de organizaciones e instituciones, un sistema habitual cuando debería ser lo excepcional. Y para las personas físicas un sistema mediante el que se percibe una retribución por hacer o no hacer algo. Por poner un ejemplo, en este caso alejado de la Administración Local, prácticamente no se concibe en España la realización de una película sin que por el Ministerio de Cultura o la Consejería correspondiente se otorgue la correspondiente subvención. Si se tiene en cuenta que el cine es un arte, se puede pensar que hasta cierto punto es casi lógico aunque al arte siempre le gustó la libertad. Pero si pensamos desde otro punto de vista, en realidad no deja de ser una industria que elabora un producto con medios personales y materiales que está destinado a la venta al público. Si interesa, la gente compra el producto. Si no, el producto fabricado es un fracaso y el fabricante debe elaborar otro más atractivo. Si finalmente no lo consigue, se arruina, como cualquier empresa que fabrica cosas que no interesan a nadie. Así, el cine se convierte en un producto financiado, en este caso bajo el pretexto de que es necesario promocionar y ayudar las manifestaciones artísticas. Ya hay alguien después que, con criterios peores que la censura dice qué es arte y qué no influenciado muchas veces por las páginas de cultura de los diarios que interpretan lo políticamente correcto aunque sea un bodrio. Dónde está el límite del arte. ¿Cuando estamos ante una obra artística o cuándo estamos ante una bazofia? Supongo que eso lo deciden los gurús intelectualoides que suelen ser los amiguetes de los que otorgan las subvenciones. Cuando una película no logra recaudar en taquilla o por venta a televisión o a la industria del DVD ni siquiera el coste del producto, ¿hasta qué punto es lícito seguir otorgando subvenciones al mismo beneficiario? Porque además establecer qué es arte o qué no, no deja de ser una forma de dirigismo cultural, en la mayoría de los casos intolerable.

Mientras tanto los Ayuntamientos seguimos acudiendo a toda subvención que se mueve en cualquier dirección. Y gastando en cosas que incluso a veces no estaban previstas por no considerarse imprescindibles con el planteamiento de que “ya que nos dan, hay que aprovechar”.

Difícil salida de la crisis tendremos las instituciones y los ciudadanos que vivimos de la subvención, medio que debe estar para redistribuir rentas de forma puntual y no como sistema de financiación estable y clientelar que induce a quien percibe el dinero a no valorar suficientemente el mismo, ya que no realiza contraprestación alguna y limita el esfuerzo personal e institucional de ser responsables de sí mismos.

Mal momento quizás para verter estas opiniones en estos momentos de crisis. Como en la película Aterriza como puedas cuando el controlador, histérico ante la inminencia del avión que se va a estrellar, no hace más que repetir frases como “elegí un mal día para dejar de fumar….” “…. Para dejar de beber…” “….para dejar de esnifar” y, desesperado, se acaba tirando por la ventana de la Torre de Control del Aeropuerto. Pues eso, mal momento para plantearlo. Sin embargo, las crisis son momentos de cambios bruscos e inesperados que en todo caso procuran el progreso a mejor y de los que hay que salir más fortalecidos. La siempre bien recibida RAE dice que crisis es “Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente” también “Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales.”

3 Comentarios

  1. Hola Ignacio, considero totalmente acertado y es más, muy oportuno tu artículo, acertado porque realmente, como muy bien apuntas, las subvenciones tienen que ser algo extraordinario para fomentar una actividad de interés público que, o bien pasa por una circunstancia especial que avala la necesidad de fomento con dinero público (como puede ser estar en los comienzos o pasar una determinada época de carencia) o bien impulsar una actividad atractiva y de interés; Sin embargo, acaban convirtiéndose en una inercia rutinaria de, siempre los mismos, para lo mismo, porque sí sin que haya una voluntad firme de racionalizar la concesión y mediatizarla a un fin de impulsar la creatividad de actividades útiles y eficaces o dar un soporte momentáneo a quienes cumplen una función que podría calificar de nutritiva para la ciudadanía.
    Es, así mismo, oportuno tu comentario porque, precisamente ahora que hay una crisis generalizada y una carencia de recursos públicos, es cuando hay que ser más cuidadoso y responsable con el reparto del crédito público, persiguiendo una pretensión de real eficiencia en dicho reparto y de cubrir necesidades priorizadas y eficaces. En fin, como es típico y muy oido, no les demos «pescaito frito» una y otra vez, con el único resultado de esperar año tras año «su» ración, démosles cañas, redes y habilidad para sobrevivir por sí mismos.

  2. Si me dedicara a la política alcanzaría el más absoluto fracaso. ¿Porqué? Sencillamente porque dentro de mis primera 5 propuestas sería la de terminar con las subvenciones en su 98%.
    No solamente cuesta el dinero directo con qué se subvenciona, ni tampoco el clientelismo que crea, ni el fraude tan manifiesto al cual nos hemos acostumbrado como habitual, ni a la poca rentabilidad o utilidad de las susodichas, también la gestión de dichas subvenciones es un GASTO, y, enorme del que poco se habla. Y es que en la mayoría de las ocasiones el gestionar 1

  3. Has demostrado agudeza politica y económica, al abordar una de las principales enfermedades del país: «la cultura de la subvención». No ya es que se arruine una sociedad con este sistema, es que detrás de casi todas las atrocidades, barbaridades y aberraciones que vemos, hay subvenciones: desde la ganadería, la caza y la pesca, o la minería a cielo abierto y los cultivos de tabaco, pasando por la Iglesia Católica y el mundillo nacionalista pro-etarra, la tauromaquia y los festejos donde se torturan animales, hasta llegar a las políticas «contra la droga», la «normalización» lingüística, el filisteismo cultural y los bodrios pseudoartísticos, que no por demenciales, inanes y contraproducentes, dejan de costar millones de euros de dinero público a los ciudadanos. Qué gran paradoja que el cineasta Luis Buñuel, por ejemplo, hiciera obras maestras, sin apenas dinero, mientras que millones de euros en subvenciones, aportan poco más que basura, cuando no cosas peores

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