¿Cómo se indemnizan las mentiras oficiales?

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¿Cómo se indemnizan las mentiras oficiales?Como tantos miles de personas, el pasado domingo sufrí en mis carnes los efectos de la famosa nube de cenizas volcánicas, en forma de cancelación de vuelo. O mejor dicho, de cierre de instalaciones ya que no salió ningún otro avión de mi aeropuerto de origen que pudiera paliarme el daño. Invirtiendo aquel lema-reclamo de hace décadas, referido a Portugal, bien podríamos decir que Islandia, tan lejos, pero tan cerca.

Yo intentaba viajar desde mi destino norteño a Madrid para intervenir en una convención profesional de carácter nacional que iba a tener lugar a mediodía. Conociendo cómo se las gasta el tráfico aéreo y las vueltas y revueltas del día anterior, me personé en el aeródromo con gran antelación y pertrechado de documentos y salvoconductos para volar en cualquier aparato que llegara a la capital antes de las doce.

A poco más de las siete de la mañana, ya observé que dos vuelos de salida, uno a París, estaban cancelados y, un rato más tarde, me enteré que otro avión, procedente de Barcelona, ni había salido ni pensaba hacerlo. Me temí, lógicamente, lo peor, pero en información –a cuya cabina acudí cada cinco minutos y me quedé corto-, juraban como San Pedro que no conocían incidencia alguna de mi primera posibilidad de vuelo, que debía partir hacia las ocho y media.

En una de mis múltiples visitas al mostrador citado se dio la curiosa –y penosa- circunstancia de que, a la vez que la paciente empleada de AENA me reiteraba que mi vuelo saldría en hora, por megafonía anunciaban ya un retraso de hora y media. Mi interlocutora se sintió, la pobre, desautorizada y no cometí la vileza de reprocharle nada.

Seguí paseando por la terminal –¡qué largas se hacen estas esperas!- y al cabo de un tiempo me di cuenta de que, en la pantalla de llegadas, se anunciaba la cancelación del vuelo que yo suponía que, una vez aterrizado, despegaría, conmigo dentro, rumbo a Madrid. Vuelvo al garito de información y la puenteada trabajadora se sorprende de la noticia. Me asegura que no sabía nada, pero comprueba en su ordenador que es cierto lo que le digo y llega a esbozar una queja de que, como el cornudo, ha sido la última en enterarse. Pero su buena fe se acaba aquí: cuando le inquiero si ese vuelo anulado es el que debería luego zarpar hacia Barajas, me jura por la gloria de su madre que en absoluto; que mi avión viene vacío desde la Villa y Corte y que ya está en el aire. En el aire, obviamente, se iban a quedar mis deseos de viajar aunque, como el enfermo terminal, quise engañarme pensando que aquella mentira, nada piadosa por cierto, era verdad.

El tiempo siguió pasando, mientras derretía mi reloj de tanto mirarlo. Calculé lo que, en el peor de los casos, me llevaría ir en mi propio coche desde allí a Madrid: casi quinientos kilómetros, cerca de cinco horas. Pensé que, avisando, podía cambiar mi intervención para el final de la mañana y aguantar en el aeropuerto hasta pasadas las nueve; momento en el que, a toda pastilla, encararía en automóvil la cordillera Cantábrica, la Meseta y el Guadarrama (y el tráfico madrileño, que es peor) y, con suerte, podría estar hacia las dos de la tarde en el salón de actos en el que me aguardaban. En esa idea esperé, infructuosamente, hasta que pasado justamente ese margen que yo me había dado, cuando ya era imposible llegar por otro medio, la megafonía anunció el cierre total del aeropuerto. Naturalmente todo había sido mentira: ni había salido avión alguno de la T4 hacia mi tierra, ni venía solo ni mal acompañado. Y por supuesto, la cancelación de la que yo sospechaba dos horas antes que iba a impedir mi salida, se correspondía con el avión que, de haber ido bien las cosas, nos tenía que haber conducido a Madrid. Conclusión: o la persona que estaba en el mostrador informando sabía tanto de tráfico aéreo como yo del boato cardenalicio o estaba adiestrada para la desfachatez y la falsedad. Prefiero, siendo grave, pensar en la primera opción.

Dentro de lo malo, el anuncio acústico de lo inexorable me pilló cerca de la ventanilla de devoluciones de mi compañía, con lo que fui atendido rápidamente. A los pocos segundos, ya había una cola kilométrica y, como era domingo, con una sola persona se dispusieron a atender a aquella legión de frustrados viajeros. Mucho “gabinete de crisis” pero en estas cosas ni se repara. A mí me reintegraron el billete, menos mal, pero no el seguro adicional, ni el parking del aeropuerto, ni, lógicamente, la gasolina empleada para ir y volver desde casa con mi coche. Ni, evidentemente, el daño moral ni la sensación de haber sido objeto de burla y escarnio.

Comprendo, por sentido común y por lo que uno sabe de leyes, que, como dicen las notas oficiales u oficiosas, los pasajeros afectados por la cancelación de vuelos puedan pedir el reembolso del billete o la ubicación en otro vuelo, pero no tengan derecho a indemnización, ya que la nube volcánica es una causa de fuerza mayor no imputable a la compañía aérea, que exonera a ésta de que los usuarios obtengan una compensación económica por los perjuicios sufridos. Aunque también se podría discutir lo de imprevisible o previsible pero inevitable, cuando los aeropuertos ya habían cerrado una hora la víspera y cuando, pese a la amenaza evidente, ni se había pensado en fletar unos autobuses. Un desastre, en suma, páguese o no se pague.

Además, el pasajero también tendrá derecho, si no opta por la devolución del importe del billete, “a ser conducido a su destino final en una fecha posterior que le convenga”, según ha explicado la Federación de Usuarios Consumidores Independientes. Y en el caso de optar por otro vuelo, “la compañía deberá abonarle el coste del alojamiento hasta que salga el suyo y de las comidas y bebidas suficientes en función del tiempo que sea necesario esperar”. Cuando leí esto pensé malévolamente que como el congreso al que iba a asistir tiene periodicidad anual, podía montar una estrategia reclamatoria encaminada a atrincherarme hasta el año que viene en un hotel, a cuerpo de rey y a cargo de mi aerolínea. Aunque seguro que la letra pequeña ya ha reparado en plazos máximos y demás bagatelas para que jugadas así no prosperen.

Pero las jugarretas de la navegación aérea sí que suelen saldarse impunemente, con honrosas excepciones. Lo que me pregunto, desde esta experiencia tan común de las informaciones falsas a los pasajeros –sin hablar ya de los eufemismos exculpatorios-, es que, siendo AENA una entidad estatal y existiendo, teóricamente, una vinculación al principio de confianza legítima, ¿quién y cómo nos resarce de las mentiras oficiales?

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Leopoldo Tolivar Alas es Catedrático de Derecho Administrativo en la Universidad de Oviedo y, antes, en las de Murcia y León. Autor de numerosos estudios jurídicos, es Presidente de la Real Academia Asturiana de Jurisprudencia y miembro de número del Real Instituto de Estudios Asturianos.

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