Algunas lecciones de la gran prueba de estrés institucional

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Uno de los aspectos positivos de la terrible crisis del coronavirus es que para las administraciones públicas viene a ser como una muy exigente prueba de estrés sobre su calidad institucional en muy diversas dimensiones. Son muchos los frentes abiertos y muy escaso el periodo de tiempo, por largo que nos parezca, en que lleva caminando esta crisis para sacar conclusiones. De todos modos, sí que podemos iniciar este proceso de reflexión como catalizador de un proceso de mayor envergadura, que debería ser casi asambleario, para apelar a la inteligencia colectiva que existe en dosis elevadas en nuestras administraciones públicas.

Algún despistado puede pesar que la mayor parte de empleados públicos están pasando el confinamiento apegados a Netflix y a socializar con la familia. Pero para una parte muy importante de este colectivo nada más lejos de esta visión lúdica del confinamiento. El estrés que el coronavirus está sometiendo a nuestras administraciones públicas es ingente y no solo para el personal sanitario, que con toda justicia los aplaudimos por su heroicidad, o por el personal de los cuerpos de seguridad y de las fuerzas armadas, o para el personal de trinchera de los servicios sociales. Estos colectivos deben exponer sus cuerpos al virus ya que es imposible prescindir de su presencia física. Pero hay muchos otros colectivos vinculados a la burocracia profesional de contacto que han cambiado su trabajo de presencial a virtual. El caso más evidente son los docentes que siguen con sus planes académicos de manera virtual. Pero no olvidemos a todo un enorme grupo de empleados públicos que realizan tareas que los profanos las asocian a mera burocracia que trabajan de manera estajanovista desde sus domicilios. Todo el back office de la sanidad, de las unidades vinculadas a trabajo gestionando ERTE, de los servicios sociales, de los departamentos vinculados a economía y fiscalidad, etc. Podríamos afirmar que el coronavirus ha cerrado la mayor parte de las empresas privadas y, en cambio, ha acelerado y ampliado las cargas de trabajo en las administraciones públicas.

La biología evolutiva nos aconsejaría que las instituciones públicas aprovecharan esa crisis vírica para adaptarse a un nuevo entorno. Pero creo que en este caso es más acertado afirmar que no solo deben adaptarse, sino que deben reinventarse. Las futuras crisis y retos no van a estar siempre vinculados a la salud pública, sino que probablemente tendrán componentes vinculados a cambios tecnológicos, biomédicos, sociales, laborales y económicos que pueden ser traumáticos para la ciudadanía. De manera abrupta se está generando una nueva función trascendental de la Administración pública en su defensa del bien común y del interés general. Esta función sería posicionarse proactivamente para asegurar un mínimo de confort social a la ciudadanía ante un nuevo mundo con ingredientes disruptivos que puede generar indeseables escenarios de carácter distópico.    

Una primera reflexión, excesivamente dura para ser la primera, es que todos aquellos empleados públicos que estén estos días en casa mano sobre mano tienen un problema de futuro. Quien no esté en condiciones de aportar valor añadido ante una situación de crisis en el trabajo en formato presencial o virtual carece, salvo algunas excepciones, de futuro laboral. Esto significa que su trabajo actual no aportará valor en el futuro y, por tanto, debe como mínimo adaptarse mediante el reciclaje o, mejor, reinventarse.  

Una segunda reflexión es que las administraciones públicas deben ir abandonando su lógica de trabajo exclusivamente canalizada por la departamentalización y la especialización. Siempre existirá especialización, pero no debe ser ordenada de manera rígida y estanca sino inteligentemente desordenada de forma transversal o incluso líquida. La mayoría de las unidades y de los profesionales deben ser polivalentes, flexibles y adaptarse para trabajar en proyectos totalmente nuevos o en proyectos que pertenecen a otros departamentos y que, en ciertos momentos, están estresados por elevadas cargas de trabajo. Por ejemplo, con esta crisis carece de sentido que la gestión sanitaria (gestión, no atención médica) o la seguridad, las oficinas de trabajo o los centros de gestión interna de los servicios sociales estén saturados y no puedan disponer con facilidad, de manera fluida y rápida, del apoyo de aquellos empleados públicos de otros ámbitos que ahora carecen de trabajo.

Una tercera reflexión es que la organización del trabajo vinculada a un espacio físico se ha alterado totalmente. Los despachos y las oficinas tradicionales de trabajo carecen ya de sentido ante la tecnología disponible, la necesidad de abordar una gestión del conocimiento de carácter compartido, de atender a nuevos proyectos de gestión que aparecen y desaparecen de manera muy ágil, etc. Sirva como ejemplo lo que hasta ahora hemos denominado como teletrabajo. Una de las ventajas de la crisis del coronavirus es que hemos implantado esta nueva dinámica laboral de manera abrupta y sin ningún tipo de lubricante. Y estamos descubriendo que, en términos generales, funciona y muy bien. Antes ya teníamos esta intuición mediante experiencias piloto excesivamente cautas y timoratas. Por ejemplo, estoy gratamente sorprendido al comprobar que las reuniones virtuales son más resolutivas, fluidas y con mayor puntualidad que las reuniones presenciales. Cierto que también con esta crisis han aflorado problemas y disfunciones de las que debemos aprender y, por tanto, resolver. Múltiples canales de trabajo que generan una sensación de caos, equipos tecnológicos insuficientes que deben ser subsanados de manera particular por los empleados públicos, viviendas no pensadas para convivir con las exigencias del trabajo profesional e incluso horarios excesivos o disparatados. Pero no parece excesivamente complejo solventar estos problemas y beneficiarnos de la eficacia y eficiencia de una organización del trabajo mucho más abierta y no circunscrita de manera estricta a un espacio físico fijo. 

La cuarta reflexión es que la gestión pública es cada vez más compleja y cambiante y apela a una gestión del conocimiento de alta intensidad. Los profesionales de las administraciones públicas atesoramos mucho conocimiento experto pero muchas veces es insuficiente. Una de las lecciones de esta crisis del coronavirus es que hay que recurrir al conocimiento científico y también al conocimiento de gestión extramuros de nuestras murallas administrativas. Las administraciones deben dejar de vivir con una lógica insular y abrir sus puertas a expertos de otras administraciones, de las universidades, de los centros de investigación y también de las empresas privadas. Habrá que buscar la manera de canalizar estas interconexiones de conocimiento y experiencia práctica mediante una lógica de incentivos institucionales y económicos para que sean atractivas para todos los agentes. Solo en raras ocasiones, como en esta crisis del coronavirus, se puede apelar a la generosidad y al altruismo. Otro elemento de aprendizaje es que cuando las instituciones públicas (tanto las instancias políticas como las profesionales) optan por integrar al conocimiento científico en su toma de decisiones, es que éste no siempre posee varita mágica que aporta respuestas claras para todo, sino que hay discrepancias, teorías e hipótesis confrontadas. Esto lo sabemos bien los académicos. Pero no por este motivo las administraciones públicas deben cerrar las puertas al conocimiento externo, sino integrarlo y prepararse mejor para una toma de decisiones, que incorpore el máximo conocimiento científico, pero que sigue implicando decidir con incertidumbre y riesgo. Esta es la función esencial de los políticos y de los directivos públicos profesionales. Yo soy de los que pienso que la ciudanía es madura y tolera los errores de los decisores públicos en situaciones de gran complejidad, siempre y cuando las decisiones se adopten de manera rápida, bien comunicadas, de manera honesta, sin ocultar información y con posterioridad se realice un ejercicio sincero de autocrítica de los errores y se explicite el aprendizaje alcanzado. Los titubeos excesivos, la frivolidad de no consultar a los expertos de diversas escuelas, la mentira, el autobombo y la falta de autocrítica es lo que enerva a la ciudadanía. Esta sería la quinta reflexión. Es obvio que en el tintero de la inteligencia colectiva hay muchísimas más que tendremos que ir identificando con el transcurso del tiempo.

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