Boabdil el Desdichado y las dos Españas a bastonazos

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Rebusquemos en nuestra historia lejana para aprender. Hará un año viajé hasta Fez, en busca de la tumba de Boabdil el Desdichado, último rey nazarí de Granada. Rodábamos entonces un programa de Arqueomanía para la 2 de TVE. Y hoy, inquietos por los aires de confrontación que azoran nuestros ánimos, queremos rememorar la desgracia y tragedia de Boabdil, tan hispana, tan nuestra, ejemplo, entre otros muchos posibles, de las luchas internas que desde siempre nos desangraron.

 Para conocerla, retrocedamos a aquellos tiempos medievales en los que los monarcas se identificaban con sobrenombres, como, por ejemplo, Fernando III el Santo, o Alfonso X el Sabio. Pero no todos los motes fueron tan benignos, que algunos pasaron a la historia como el Impotente o la Loca. Cosas de la maledicencia cortesana, siempre dispuesta a hundir honras con la ponzoña de sus lenguas afiladas. Los reyes andalusíes también tuvieron su alias, como Abderramán III el Victorioso o Almutamid, el rey poeta. Pero entre todos estos apodos, el que más desgarro nos produce es el de Boabdil, el Desdichado, desgraciado en vida, desgraciado en muerte.

Su desdicha comenzó en la cuna. Boabdil no tuvo una infancia fácil. Fue hijo de Aixa, la primera favorita de su padre, Muley Hacén. Aixa y sus hijos tuvieron que soportar la humillación de resultar relegados cuando Isabel de Solís se convirtió en la nueva favorita. Con la sucesión del trono en juego, Aixa luchó con todas las armas a su alcance para garantizar la corona a su hijo Boabdil, lo que le llevaría a enfrentarse abiertamente a su padre, al emir Muley Hacén, primero, y a su tío El Zagal, después, en una cruenta guerra civil azuzada por los Reyes Católicos, beneficiarios, en última instancia, del desgaste y desgarro de la monarquía nazarí. Boabdil, muy joven todavía, fue apresado por los Reyes Católicos, para después, una vez liberado, recibir su ayuda en las luchas intestinas nazaríes.

El reino nazarí se encontraba aprisionado entre dos fuerzas emergentes. Castilla y Aragón, al norte, y el reino meriní de Fez, al sur. Las facciones políticas y los clanes granadinos apoyaban a una y otra opción, que se encontraban fuertemente confrontadas entre sí, al punto de llegar a crueles guerras civiles que los debilitaban frente al enemigo externo. Los intereses económicos genoveses, que disfrutaban del monopolio del rico comercio nazarí, también presionaron por mantener sus privilegios económicos. A Boabdil le tocó reinar sobre un avispero de pasiones e intereses emponzoñados, que finalmente finalizarían destruyendo al último reino musulmán de la península.

Boabdil resultó pírricamente vencedor en su suicida guerra civil. Muley Hacén, desengañado, pidió ser enterrado en un lugar apartado de los hombres y fue sepultado en el pico más alto de Sierra Nevada, hoy conocido como Mulhacén en su honor. Su tío el Zagal se exilió a Fez, donde el emir, para congraciarse con Boabdil, lo detuvo y le sacó los ojos. Pasó el resto de sus días ciego, mendigando a cambio de unas monedas para sobrevivir.

De nada le serviría su victoria a Boabdil, pronto derrotado por los Reyes Católicos. Tras entregar las llaves de Granada, marchó primero a su señorío de las Alpujarras, donde cayó en la melancolía y la depresión. Tras morir su esposa Moraima, temeroso de un castigo de los suyos, que lo consideraban como un traidor, o de los cristianos, cada día más exigentes, decidió partir hacia Fez. Hoy descansa, al parecer, bajo una tumba sin nombre, sin que ni siquiera una lápida narre se desdicha, olvidado de todos.

Quien diría, al visitar la Alhambra, que un manantial de sangre riega sus cimientos. El susurro de la fuente es la melodía hermosa de la Alhambra; las flores de sus jardines, su manto colorido. Pero esta belleza elevada, esta armonía de arquitectura y arriate en flor, fue desgarrada con frecuencia por gritos de horror y muerte. Porque el paraíso siempre se asienta sobre los infiernos y la Alhambra cobijó tanto al amor como al dolor; a la justicia como a la intriga; al poder como al asesinato y al miedo; a la victoria como, finalmente, a la derrota, a la definitiva derrota. Que así fue la vida política de entonces, que, así, es la vida política de hoy.

Y en busca de la tumba de Boabdil partimos hacia Marruecos. Fez, una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, es su capital espiritual. La búsqueda nos adentró en su medina, la más extensa del mundo, un imposible medieval rebosante de actividad y vida, puro zoco vocinglero y multicolor. Perderse por sus callejas, escuchar los cantos totales de sus almuédanos, admirar la blanca arquitectura de sus mezquitas, la discreción de sus palacios, el silencio de sus madrazas sabias, supone una experiencia sensorial, inmutable al paso de los tiempos y las modas, una seductora máquina del tiempo que nos retrotrae a un medievo que nunca llegó a marcharse del todo.

Los claroscuros y penumbras de las callejas de Fez nos envolvieron con un manto de frescura muy similar al que cubriera a Boabdil quinientos años atrás.  Y es que la medina de Fez es inmutable, un laberinto y una abigarrada sinfonía de olores, colores y sabores, un canto a los sentidos que seduce o repele por igual. La medina es un monstruo orgánico, con los olores nauseabundos del hacinamiento humano y de los restos orgánicos de curtidores y teñidores, pero perfumeada por el aroma noble de las ciudades inmortales. Como ciudad perfecta, gira sobre el vértigo de su propio frenesí. Es un universo ensimismado en el abrazo de sus murallas, rodeada por su corona de cementerios de tumbas blancas. Y en una de ellas, sin nombre, ha de encontrarse la tumba anónima de Boabdil el Desdichado, que creímos distinguir bajo un morabito de las afueras, rodeado de basura, olvido y un mercadillo de piezas usadas de motos y bicicletas. Grabamos su recuerdo escaso y triste, y regresamos hasta nuestra Hispania secular, electrizada de nuevo por nuestros odios atávicos e imperecederos.

Las guerras fratricidas nos han acompañado a lo largo de nuestra historia. En la Edad del Bronce los poblados se ubicaron en las alturas y se rodearon de fuertes murallas para protegerse del vecino; en la del hierro, los distintos pueblos íberos se desangraron en luchas intestinas, bien aprovechadas por los romanos. La Edad Media supuso la confrontación reiterada de los reinos cristianos y de las taifas entre sí, una especie de todos contra todos. Los comuneros o las guerras carlistas fueron dignas sucesoras de nuestra acrisolada tradición cainita, sublimada por una horrorosa guerra civil que aún nos divide y ofende. Somos la nación europea con más guerras civiles a cuestas, sin que, al parecer, hayamos aprendido nada de ellas, ni siquiera el espanto a la confrontación salvaje ni la necesidad de la prudencia y mesura.

Sólo la Constitución del 78 y la transición democrática lograron regalarnos un poco de sosiego y paz, que ni siquiera las matanzas de ETA lograron soliviantar. Pero, al parecer, nuestra condición nos impide disfrutar de una convivencia serena. De nuevo comenzamos a odiarnos, empeñados en radicalizar posturas haciendo bueno aquello de las dos Españas de Machado que siempre terminan helándonos el corazón. Los incendiarios de hoy, tanto los del gobierno como los de la oposición, deberían mirar las entrañas de nuestro pasado para comprender la esencia que compone nuestro ánimo, siempre presto al agravio y a la conflagración. Boabdil derrotó a su padre y a su tío, victoria suicida que facilitó la muerte de su reino. Y, así, medio milenio después, los grandes partidos se desangran a bastonazos sin darse cuenta que debilitan a un reino que podría terminar pereciendo a manos de sus enemigos, enemigos felices de la división odiadora entre esas grandes formaciones políticas que deberían, en teoría, pilotar nuestro futuro colectivo. Que deberían, decíamos, pero que no lo hacen, en verdad. Consciente o inconscientemente repican las campanas del odio que tantas veces tañimos en nuestro pasado ensangrentado.

Fuimos a Fez en busca de una tumba perdida. Ojalá, nunca nadie, en el futuro, tenga que ir a buscar la nuestra para un programa de televisión.

2 Comentarios

  1. Magnifico articulo, aunque claro, si no se estudia historia y se borra la memoria. Esto resultara como mucho, poetico, pero nada mas. Si este articulo se presenta en cualquier escuela, ya me diran que pasaria. Pena de pais

  2. Muy buen artículo. ¿De dónde sale el odio entre los que nos gobiernan? ¿Es sólo puro cálculo electoral o realmente son tan alejadas y radicales las posturas que representan? ¿No existe una vía intermedia, un partido que concilie lo mejor de la derecha con lo mejor de la izquierda? Cuando hablo con la gente de mi entorno, incluso de posturas ideológicas alejadas a las mías, no veo tanto sectarismo. La gente de la calle no creo que quiera ninguna solución violenta a esos enfrentamientos seculares. La derecha podría ser más social en lo económico y la izquierda menos ideológica en lo social. En una situación como la actual donde no hay mayorías absolutas, izquierda y derecha deberían llegar a un gran pacto de estado para gobernar, incluso en conjunto. Los alemanes lo han hecho alguna vez, luego es posible. ¿De dónde les viene ese sectarismo a nuestros gobernantes? ¿Es falta de empatía? ¿Es pura ignorancia histórica? ¿Es dogmatismo por ambos lados? Estamos aquí de paso y lo que queremos es que los políticos nos faciliten las cosas, no que nos las pongan peor y nos enfrenten unos contra otros con leyes injustas, experimentos sociales o ajustando cuentas de guerras pasadas.

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