¿Conciencia de grupo?

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¿Conciencia de grupo?

Hace no mucho, ordenando cajones en mi escritorio (es desgraciadamente una ineludible e ingrata tarea vacacional a la que me veo cíclicamente impelido ya que los papeles crían), me apareció un billete de un dólar, remanente nostálgico sin duda de algún viaje de hace años, quién sabe dónde. Estaba bastante nuevo.  Después del inevitable “cáspita” de rigor, examinándolo, leí lo que ponía en uno de sus lados: “In god we trust”. O sea, “Confiamos en Dios”. Nunca me había fijado en esa leyenda.

No sé si muchas personas no americanas habrán reparado en esa inscripción.  Una inscripción sorprendente en estos tiempos y en estos lugares y sobre la que se podrían hacer todo tipo de consideraciones. No sé de cuándo data esa frase ni cómo llegó a ser insertada en los billetes, seguro que tiene su razón y su historia,  pero sí me doy cuenta de que esa corta frase es toda una declaración de principios y, sin quererlo, mi cerebro hace una comparación mental instantánea y  espontánea sobre la forma de ser americana y la  española, considerando ambas desde  el punto de vista del comportamiento ciudadano como grupo social.

¿Alguien en este país (o sea, España) se atrevería a proponer y defender que se colocase en nuestros billetes o monedas una inscripción semejante o parecida proveniente de nuestra tradición? Es una pregunta retórica; evidentemente, es impensable. Enseguida surgirían grupos políticos, mediáticos, periódicos, movimientos, columnistas, editorialistas, tertulianos, ligas, plataformas,  etcétera, que pondrían el grito en el cielo reclamando la idea de un estado laico y progresista. Además, se cuestionaría sin duda ese nosotros. ¿Quiénes somos nosotros? ¿Los nacionalistas se incluirían en el nosotros?

Es indudable que nadie reclama que en los billetes o monedas europeas se coloque nada parecido. Pero es que me llama la atención que la frase contiene algunos aspectos que encierran una clara afirmación de pertenencia a un grupo social, algo que de algún modo echo de menos en nuestro país. En primer lugar dice “nosotros”, refiriéndose a sí mismos como grupo social unido. En segundo lugar manifiesta “confiamos”, haciendo alusión a que ese grupo tiene un sistema de valores predominante que guía sus vidas. Y en tercer lugar “en Dios”, haciendo mención, sin ambages, a la fuerza que les da como grupo su confianza en un ser que determina sus vidas (casi al estilo medieval). Es frecuente –y sorprendente para nosotros- que un Presidente (tanto si es republicano como demócrata) termine sus discursos -quién no lo ha visto en las películas, sobre todo en esas en las que hay una situación límite- con una frase del tipo “Dios os bendiga” o “con la ayuda de Dios”. Esas afirmaciones las tienen firmemente internalizadas y, juntas, les lleva a confiar en un sistema en el que se sienten individuos libres y capaces de superar las dificultades que se presenten, precisamente por la autoconfianza que da la fuerza del grupo, que está unido por unos valores comunes. En definitiva, se sienten orgullosos de ser un pueblo unido, compuesto por multitud de personas de razas y procedencias distintas pero con una lengua y cultura comunes y un sistema de valores comúnmente aceptado. Hechas todas las salvedades del caso y siendo ésta nada más que una extrapolación de laboratorio, de algún modo echo en falta ese sentimiento de pertenencia a una colectividad que tienen los americanos y los ciudadanos de otros países, que, en cualquier circunstancia relevante, cantan el himno de su país con emoción, con la mano en el pecho y con la mirada perdida en el infinito. Y no se cortan.

En un momento en el que se está empezando a discutir en España la necesidad de que el himno nacional cuente con letra para que sea ‘cantabile’ (hay que decir que triste y paradójicamente la propuesta vino desde el mundo del fútbol y no desde ningún partido o grupo social), sin duda se abrirá un debate nacional (¿o estatal?) que cuestione la identidad nacional. Creo que asistimos a una crisis de identidad y deberemos hacernos muchas preguntas, preguntas que dejo en el aire: ¿sabemos quiénes somos?; ¿lo más descentralizado es lo más progresista?; ¿es siempre lo más eficaz?; ¿seguir acentuando deliberadamente las diferencias tiene otro objetivo que no sea llegar a una separación del diferente?; ¿realmente es responsable desarrollar políticas tendentes a acentuar la diferencia cuando esta acentuación puede llevar, y de hecho implica en no pocos casos, que el que se considera diferente se considera asimismo superior a los demás en algunos casos?; ¿no será que las políticas promotoras de la diferencia la llevan a cabo políticos que ven en ello un caldo de cultivo adecuado para la ganancia fácil de votos y por consiguiente sea la mejor manera de seguir en el poder?

Creo  además que si se cuestiona la identidad como grupo, se socava también desde sus cimientos el sistema de solidaridad sobre el que se basa un estado moderno, entrando sin duda en la antesala de la quiebra del sistema.

14 Comentarios

  1. Brillante Ignacio. Creo que hay un trasfondo muy complejo en tus palabras y es la propia idiosincrasia de nuestra piel de toro. Formalmente, los partidos de corte nacionalista son totalmente anacrónicos y antidemocráticos (es curiosa la obsesion por ciertos periodistas de llamar continuamente al nacionalismo del PNV o CiU «nacionalismo democrático») y no hay más que buscarlo en su raíz etimológica ya que aunque no estoy muy metido en lenguas clásicas, democracia es algo así como «poder para el pueblo» o «poder para todos», mientras que el nacionalista exclusivamente va a mirar por los que piensan como él o considere que son como él (lengua, RH, etc…). Ostentan mucho poder sobre todo por la herencia y el contexto histórico de la Transición, donde era necesario un consenso que con el avance de nuestra adolescente democracia se fue convirtiendo en un «todo vale» de corte progresista para Vascongadas y Cataluña principalmente, asumiendo una actitud (que aún hoy dura) de permanente queja, agravio, soberanía arrebatada y reclamación pseudohistórica que creo la están exprimiendo hasta tal punto, que ya empieza a agotar de pura repetición cansina.
    El elemento cainita y de jorobar al vecino creo que es un impulso nuestro irrefrenable que viene desde hace muchos siglos y mientras se siga imponiendo no nos quedará otra que ver con envidia determinados detalles de otros países (¿estados?) en sus comportamientos. Hasta entonces, paciencia, que dentro de poco se anunciará el enésimo Plan Ibarreche.

  2. Sin duda, vivimos en un país de complejos. No nos atrevemos a querer una bandera, un himno y una religión. Un complejo que parece no existir en el resto de los países. La nuestra es la historia de las pérdidas de territorios por parte de Castilla. Desde el siglo XVII, con la pérdida de Portugal y sus colonias, que fueron castellanas durante algo más de medio siglo gracias a Felipe II. Quién sabe si en el siglo XXI sigamos contemplando este proceso. Un grave problema es el sistema educativo español, que está transferido a las autonomías. Los jóvenes catalanes no creen en la corona y queman sus fotos, los jóvenes vascos no creen en lo que nos une, y se dedican a la kaleborroca… La educación debería ser homogénea en todo el país. Reforzando lo que nos une, que es mucho.

  3. ¿Por qué atarse a una bandera? Hablando de historia, en la Edad Media no existía una conciencia nacional. Cualquier habitante de cualquera de los reinos europeos se sentía ante todo cristiano, luego tenía la buena o mala suerte de ser súbdito de tal o de cual que tenía unas tierras llamadas francia, inglaterra o castilla… el invento de las naciones fue debido a que los reyes querían dejar de ser dependientes del papa. Siendo sinceros, ¿somos tan distintos de los franceses o de los alemanes? ¿por qué no construir una europa sin arcaicos localismos?

    El año pasado, una encuesta en portugal afirmaba que el 33% de los portugueses quería unirse a españa. ¡qué paradógico que unos de fuera quieran ser parte de algo que ni los de aquí quieren!

  4. Max Weber tendría una explicación perfecta sobre por qué los Americanos tienen la costumbre de poner esa leyende en su moneda. De hecho, la leyenda es relativamente nueva y data del Siglo XX.

    Como comentario, algo que me extraña aún más es que, en el Inglés, la palabra «trust» significa confianza, pero también significa «fondo de inversión», o «acuñación de moneda». Es decir, no solo hacen sus intercambios comerciales «confiando en dios», sino que aceptan tácitamente que toda la actividad económica, real y financiera, proviene de dios y termina en dios… ¿Qué pasó con eso de «dar al césar lo que es del césar»?

    Como Mexicano yo nunca aceptaría que mi moneda tuviera una leyenda de ese tipo en mis billetes. Sin embargo, me parece lindo el intento del Banco de México de «esparcir cultura» imprimiendo poemas de Nezahualcóyotl en los billetes de $100 en un tamaño de letra completamente ilegible (tambien ponen discursos de Benito Juarez en los de $20 y una estrofa de Sor Juana Inés de la Cruz en el de $50.. ¿para qué? ¿Quién sabe?)…

  5. Esa apelación a «[i]sentirse orgullosos de ser un pueblo unido, con una lengua y cultura comunes y un sistema de valores comúnmente aceptado; o a cantar el himno con emoción, con la mano en el pecho y con la mirada perdida en el infinito, y sin cortarse[/i]», me suena bastante nacionalista ;-).

    Creo en un mundo abierto, donde las personas podamos sentir y tener identidades múltiples, un mundo de redes a las que me pueda unir en cada momento en función de mis inquietudes y de mis necesidades cambiantes, un mundo donde no se rechace (ni se menosprecie) al que ha nacido al otro lado de las fronteras «nacionales». Quiero tejer complicidades en Europa con las personas y colectivos que comparten mis intereses y mi forma de ver la vida, que no tienen porque coincidir con las que habitan dentro de un territorio determinado. Creo en un mundo donde se respete la libertad individual y colectiva de que cada cual se sienta lo que le salga de las tripas. Y recelo de los que proclaman lo que deben sentirse los demás.

    El mundo en el que creo tiene poco que ver con el tamaño de las banderas y con lo alto que cantemos el himno nacional. Me identifico mucho más con algunos extranjeros (de Francia, de Argentina, de Ecuador, etc.) que con algunos vecinos de mi barrio.

    ¿Conciencia de grupo? Sí, pero quiero poder elegir el grupo.

    ¿Por qué a los nacionalistas les molesta tanto el nacionalismo de los demás?

  6. Me hacen gracia los quemafotos del Rey… seguro que si hablas mal de Jaime I, se rebotarían… si acaso como símbolo, según ellos, de las aspiraciones coloniales catalanas…

    Sin embargo, Jaime I fue un rey tirano (como todos los reyes hasta la revolución francesa) que subyugó a la «plebe», y sin embargo, Juan Carlos I, que ya era de por si Rey como sucesor de Franco, decidió ceder la soberanía al pueblo.

    Anda, quemen a Jaime I, que él, como todos los reyes de la Corona de Aragón (o catalana, como maldicen) no pensaron en su pueblo, sino simplemente en ellos mismos.

    Juan Carlos I, apoyando la democracia, ha posibilitado la mejor época económica en la historia de España, y por ende, de Cataluña.

    Me sumo a lo que dice Ramón. Ay el sistema educativo transferido a las autonomías!! que flaco favor al bien común.

  7. comparto el comentario de hari seldon..creo que con respecto a esa llamativa frase se puede hablar y mucho en mi opinion la economia de estados unidos esta basada en un sistema de «fe» (in god we trust) el cual vendria a sustituir al famoso apoyo del oro en la moneda.. en este caso el apoyo que el dolar tiene no es en oro, sino en una creencia de que la moneda es fuerte.. mientras que en estados unidos se imprimen mas de 40 mil millones de dolares al año sin apoyo de oro detras o sea un simple papel… al cual todos nosotros le damos la fuerza mundial que tiene

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