Devaluación y magnificación de las conmemoraciones

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Dicen que el tiempo pone las cosas –y a las personas- en su lugar, lo que no siempre es cierto porque la percepción social cambia y también la consideración que de hechos y actos pueda tener la conciencia colectiva en momentos distintos y sucesivos.

Pongo algunos ejemplos, relativos a centenarios a celebrar en los próximos días. Como se nos está recordando, el 7 de octubre: se cumple un siglo desde que, en los Países Bajos, se fundara la aerolínea KLM (Royal Dutch Airlines) acrónimo neerlandés de Koninklijke Luchtvaart Maatschappij, la primera aerolínea del mundo, filial de Air France desde 2003, aunque habría que esperar al 17 mayo de 1920 para que despegara el primer vuelo. Huelga señalar la importancia de la navegación aérea desde entonces hasta la actualidad y la riqueza e intercomunicación que han generado tantas flotas, aeropuertos, viajes, seguros y turismo, entre otras mil cuestiones jurídicas, económicas y sociales. Quizá la normalidad con la que, polémicas políticas al margen, hoy nos subimos todos al avión, haga que, tan importante centenario se celebre, pero se vuelva a los pocos días a esa nube oscura de la historia donde reposan los acontecimientos que han cambiado a la humanidad, si me apuran desde la rueda o el fuego.

Sólo diez días más tarde, aquí en España, habrá, sazonado con ríos de tinta y documentales, un recuerdo justo para la inauguración por el rey Alfonso XIII, de la primera línea del metro de Madrid, que, como todos sabemos, cubría el trayecto Cuatro Caminos-Puerta del Sol, con tres kilómetros y medio de recorrido y seis paradas. Viendo hoy el entramado del suburbano madrileño –y de otras ciudades españolas- el hito parece innegable y hoy tiene una actualidad sobrevenida al relacionarse con la lucha contra la contaminación en superficie de los automóviles y las tan polémicas, pero necesarias, peatonalizaciones. Bien es cierto que las bocas de metro y algunas de sus estaciones no parecen, a la primera bocanada que se recibe, especialmente en verano, lugares muy saludables, aunque la ventilación, limpieza y refrigeración ha mejorado no poco y viene costando más que mucho.

En fin, por no alargarme en conmemoraciones, el 29 de octubre de 1919 se aprobó en Washington el Convenio de la OIT que limitó las horas de trabajo en las industrias a ocho diarias y cuarenta y ocho semanales. La Organización Internacional del Trabajo –ILO en las siglas inglesas- se había creado sólo medio año antes, concretamente, el 11 de abril, en ejecución parcial del Tratado de Versalles, que, aunque curiosamente se firmó más tarde (el 28 de junio), venía discutiéndose desde el 18 de enero. Este Tratado, signado en la mítica Galería de los Espejos, previó las limitaciones de jornada en los países donde no estuvieran implantadas, así como el pago de un salario adecuado para el empleado, que le permitiera mantener un estándar de vida razonable para el momento y el lugar. Todo ello en el contexto de los principios laborales comprendidos en los artículos 387 a 399 del instrumento internacional. Curiosamente, cien años más tarde, sigue debatiéndose sobre el régimen horario de los trabajadores, tanto en el sector público como en el privado; luchando contra explotaciones, discriminaciones y abusos que siguen produciéndose y viendo en este tema, fundamental en la vida humana, una manifestación perenne de lucha por el derecho. Personalmente pienso que, siendo el trabajo consustancial a la humanidad, al menos desde el Génesis, en tanto que aviones y trenes son grandísimos ingenios, las conmemoraciones de éstos pasarán, como ya se ha dicho, para ser recordadas aislada e intermitentemente, en tanto que la calidad y dignidad de la vida laboral será, en todo el orbe y en cualquier instante, un motivo permanente de preocupación y reivindicación. Incluso en los convenios y ante los tribunales, obviamente.

Quédese cada cual con sus preferencias. No parece mal debate.

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