El inalcanzable marchamo de la «modernización» de las Administraciones Públicas

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Se han analizado ya desde muchos puntos de vista los incontables retos que nos esperan los próximos años en relación con la modernización de nuestras Administraciones públicas, y más aún ahora cuando con la pandemia nos hemos dado cuenta de que las mismas, lejos de tener el músculo necesario para gestionar la crisis de forma eficiente y rápida, se han visto desbordadas – en la mayoría de los casos – por las circunstancias que todos conocemos.

También se han propuesto ya muchos planes de contingencia y se han elaborado algunas estrategias para “modernizar” lo público, ya sea desde la Administración General del Estado como del resto de niveles de Gobierno. Sin embargo, muy pocas de ellas, y perdonadme la sinceridad, conseguirán lo que se proponen si antes no han sido capaces de otear el horizonte con una perspectiva diferente, no tan de cartón piedra, y mucho más profunda en lo esencial, y transformadora en sus consecuencias. Esto no va ya de pequeños retoques, sino de adaptación al cambio, de renovarse o morir.

Y no será porque no se le pongan ganas, además de muchos recursos en algunos casos, sino más bien porque la modernización del sector público debe partir de una premisa esencial que brilla por su ausencia en nuestro país, como es precisamente la de entenderla como un reto nacional que implique a todos los Gobiernos por igual y a todas las Administraciones públicas sin diferencia.

No podemos esperar que el sector público se modernice y avance hacia una verdadera transformación de estado si cada Reino de Taifas, por poner algún ejemplo, desarrolla su propio modelo de Administración electrónica, implementa de forma incongruente los pilares sobre los que se asienta el llamado Gobierno Abierto o, sencillamente, impulsa una política de gestión de recursos humanos verdaderamente cortoplacista.

No, así no vamos bien y todos lo sabemos, y la culpa no es del Estado Autonómico ni de la falta de recursos humanos o materiales, sino más bien de que somos incapaces de establecer mecanismos reales de cooperación y/o colaboración – co-gobernanza parece que se llama ahora – que nos permitan avanzar como país en los asuntos clave a los que nos hemos referido.

Mirad, que de esta saldremos no cabe ninguna duda, pero que lo haremos reforzados y con un sistema institucional más ágil y preparado tengo serias dudas. Es más, yo diría que, si no somos capaces en un breve espacio de tiempo de aparcar los proyectos de cambio independientes y paralelos que los distintos gobiernos se afanan por desarrollar, va a ser muy difícil que en los próximos cinco o diez años nos encontremos a unas Administraciones públicas más modernas que las actuales, si es que todavía existen éstas tal y como las conocemos.

Yo diría, aún a riesgo de equivocarme, que es necesario resolver con carácter urgente y previamente a todo lo demás, tres cuestiones esenciales que perjudican por igual a todas las instituciones:

  • Un cambio de modelo organizativo que nos permita funcionar internamente aprovechando todos los recursos de que disponemos de forma más coherente.
  • Un impulso de lo tecnológico que no suponga poner a éste por encima de todo lo demás, sino más bien al servicio de ello.
  • Una orientación al ciudadano plena, derivada de un estudio profundo y riguroso de las necesidades de éste, de sus demandas, de sus expectativas más reales y cercanas.

Caminos habrá muchos, seguro que sí, pero estoy convencido de que todos ellos pasan en algún momento por un cruce donde se encuentran todas las Administraciones públicas. Porque si hay algo peor que no diseñar e implementar proyectos para modernizar el sector público, es hacerlo creyendo que sabes más que nadie y, encima, tienes premio si llegas primero.

Más allá de la crispación política o del soterrado murmullo de la desesperación que nos provoca ver que nada cambia a pesar de la magnifica oportunidad que tenemos justo ahora, los que de verdad creemos en lo público debemos apurar el paso y darlo todo por que algo ocurra. Algo, aunque sea poco, pero necesitamos que ese “algo” sea el principio de un gran cambio que todos esperamos.

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