Función pública local. El lado emocional

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Función pública local. El lado emocional

Supongo que todos hemos pensado, en alguna ocasión, cuáles son las compensaciones que el funcionario con habilitación de carácter estatal o el funcionario local en general, tiene con respecto a su trabajo diario. Es decir, si uno es más o menos feliz con lo que uno hace. Resaltaría cuatro aspectos básicos para sentirse aceptablemente bien en un Ayuntamiento mediano-pequeño: 1. La necesidad de encontrar sintonía con los vecinos o clientes, o sea, en las relaciones hacia fuera. 2. La conveniencia de tener unas relaciones laborales internas aceptables. 3. El nivel de utilidad del trabajo que se hace. 4. Estar satisfecho de pertenecer a un determinado grupo social.

En primer lugar, desde un punto de vista hacia el exterior, hacia el ciudadano, es evidente que el funcionario, cualquier clase y categoría que tenga, debe empatizar con su entorno, no sólo para prestar un mejor servicio, sino para sentirse mejor también él mismo. Empatía tiene una connotación que viene a señalar la necesidad de poseer una identificación mental y afectiva de una persona con el estado de ánimo de otra. Uno debe verse capaz de ponerse en el lugar del vecino que tiene un problema (porque lo tiene en sí, o porque cree que lo tiene, o porque una norma verdaderamente se lo ha creado) y viene a tratar de resolverlo. Por lo tanto, el escuchante, debe ir más allá de las propias palabras y tratar de comprender cuál es exactamente el problema para ofrecer una solución o una orientación adecuada. En muchos ayuntamientos pequeños, el vecino tiene como referencia institucional y legal al Ayuntamiento y sigue acudiendo al mismo para buscar orientación o en muchas ocasiones, para que le traduzcan a un lenguaje comprensible determinadas comunicaciones que otras administraciones le hacen. O necesitan un documento sin saber ni siquiera qué documento necesitan.

En segundo lugar es necesario también poder articular mecanismos que permitan empatizar con el compañero, el subordinado o el superior jerárquico, tratar de alcanzar a comprender también las razones que llevan a las personas a actuar como lo hacen y tratar, asimismo, de llegar a compromisos viables de convivencia dentro de las relaciones laborales que, se quiera o no, casi siempre se mezclan de algún modo con las personales.

El tercer aspecto que creo importante resaltar es la importancia que tiene  valorar positivamente lo que se hace en el trabajo. En las grandes organizaciones, cada trabajador es un mero peón anónimo que forma parte de una gran maquinaria y, en la mayoría de las ocasiones, no puede observar de ninguna manera la utilidad de su trabajo, o sea, averiguar para qué sirve (si es que sirve para algo). Es algo que no ocurre en las organizaciones pequeñas, en los pequeños Ayuntamientos, donde el funcionario se lo guisa y se lo come todo él mismo. Si bien es sumamente gratificante darse cuenta de la utilidad del trabajo y el esfuerzo que uno desarrolla (se puede ver que la calle se pavimenta, que el edifico se construye, que ha podido obtener una financiación que era necesaria, que se empieza a prestar un servicio o que el jubilado ha conseguido una prestación social…). Tiene su contrapartida en la soledad frente a todo; dudas a veces y, en ocasiones, falta de referencias.

Por último me parece interesante hacer notar también, de cara a encontrar gratificaciones en el trabajo, la importancia de poder sentirse orgulloso de pertenecer a una organización o a un grupo social determinado. El funcionario en muchas ocasiones se mimetiza con el pueblo en el que está, hace suyos los problemas de los vecinos a través de los problemas del Ayuntamiento y trata de buscar las mejores soluciones para las cuestiones que se van planteando.

Estoy seguro de que estas implicaciones emocionales ayudan a ser más feliz en el trabajo. Afortunadamente el trabajo de los funcionarios locales además tiene las dos connotaciones que señalaba Bertrand Russell en su obra La conquista de la felicidad: el ejercicio de una habilidad determinada por una parte y la creatividad por otra.

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Ignacio Pérez Sarrión es Licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia en el año 1980 y Funcionario con Habilitación de carácter Estatal, perteneciente a las subescales de Secretaría-Intervención y Secretaría de Categoría Superior. Actualmente ejerce en el Ayuntamiento de Torres de Berrellén (Zaragoza).

1 Comentario

  1. Creo que pocas veces se habla en el entorno público de la satisfacción del trabajo.
    La verdad es que la percepción del empleo público por parte del ciudadano es, estabilidad, y no importa mucho cuan útil es la tarea del empleado.
    Pero gran cantidad de veces, el empleado es quien gestiona las relaciones con el ciudadano, con escasa eficiencia o poca consideración. Ahí la falta de empatía.
    La conciliación equilibrada entre trabajo y relación depende en gran medida de las motivaciones e interés en arribar a un punto de conexión.
    Quizá la transformación necesaria deba considerar estos aspectos sobre los que escribió para alcanzar un nivel de satisfacción hacia todos los entornos.

    Felicitaciones!

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