Hacernos trampas en el solitario

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Oigo con indignación y vergüenza la noticia que salta a los medios. Resulta que al cruzar datos entre Hacienda y Seguridad Social, cosa que no se hacía al parecer desde hace ocho años, la  Ministra Mato concluye que existen 800.000 personas en este país que están haciendo uso indebido del sistema de pago de a factura farmacéutica, es decir, pagan cero euros por los medicamentos cuando deberían aportar como cualquier trabajador el 40 %. De esos 800.000 se informa también que 600.000 de ellos es por errores del sistema; al parecer no fueron muchos los errados que quisieron corregir la situación. Y 200.000 por abierto fraude consciente al sistema. O al menos gravemente negligente.

Dicho esto la primera reflexión es que el sistema es verdaderamente deficiente si no ha detectado hasta ahora la situación. Tanto informáticamente como desde los gestores que tendrían que haber controlado con un poco más de cuidado esas perversiones.

Pero la segunda y más grave es que existan 200.000 personas que engañan abierta, franca y descaradamente a la Seguridad Social. No son unos pocos robaperas con perdón, no, es multitud, son el Camp Nou y el Bernabeu juntos, una cantidad ingente, que lleva a concluir que en el sentir colectivo nacional el que no engaña es porque no puede o no sabe. Tonto el último. O qué listo es éste que se escaquea piensa el común de los iberos.

¿Tó er mundo e güeno? Eso creía Voltaire, la bondad natural del hombre. Queda desmentido abriendo cualquier periódico cualquier día. EREs fraudulentos, consejeros de Cajas que se suben la indemnización y pensión vitalicia cinco minutos antes de salir por la puerta de atrás, el Jefe del Tercer poder haciendo un uso más que cuestionable de los fondos públicos, enjuagues, sueldos, enchufados, prebendas. País, como no decirlo de nuevo, de Rinconete y Cortadillo, El lazarillo de Tormes; la literatura ha retratado desde hace cinco siglos el ser hispano. Cuánto mal y cuánta miseria trajo la Contrarreforma en España y en el sur de Europa al reforzar el perdón de los pecados en vez de la responsabilidad personal.

Parece que más bien Homo homini lupus est como diría el bueno de Hobbes que si levantase la cabeza… Hay un dicho popular más pedestre que es que el que venga detrás que arree.

Ante tales noticias hispanas, es de suponer que el Embajador de Germania en la Castellana haya informado convenientemente a la Frau, quien habrá dicho automáticamente algo así como “ya lo sabía y no hace más que confirmarse, ¿cómo nos vamos a fiar de éstos…? Reacción por otro lado normal.

¿Pero de quién es todo este dinero, no es de todos los contribuyentes y cotizantes? ¿Pero qué solidaridad es ésta? ¿Qué valores son los predominantes en nuestra sociedad? Un país con un gran conjunto de ciudadanos que no posee valores morales (tenerlos supondría respetarlos) es un país sin futuro. ¿Cómo quejarse de que haya políticos corruptos si éstos no son más que una representación de la sociedad?

Constatar todo esto causa desesperanza, difícilmente veremos una salida a la tremenda crisis si no somos capaces de hacer un esfuerzo colectivo consciente. La  actitud es aprovecharse del sistema sin pensar en que formamos un todo y que el vuelo de una mariposa en Europa puede provocar un huracán en el Pacífico.

Causa desazón pensar que se cumplen las normas sólo por si le sancionan y no porque se tenga interiorizada la necesidad moral de hacerlo.

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Ignacio Pérez Sarrión es Licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia en el año 1980 y Funcionario con Habilitación de carácter Estatal, perteneciente a las subescales de Secretaría-Intervención y Secretaría de Categoría Superior. Actualmente ejerce en el Ayuntamiento de Torres de Berrellén (Zaragoza).

2 Comentarios

  1. Tienes toda la razón y yo entiendo que si no se pone solución es por dejadez. Sólo corrigiendo este cúmulo de errores podremos seguir adelante.

  2. Estamos todos corrompidos, en mayor o menor medida, porque el sistema lo está. La falta de honestidad general, constatable a diario, se basa en la -casi- absoluta impunidad de nuestros «guías», de los «responsables» del sistema (de los poderes públicos y privados) que debían dar ejemplo, marcar el camino al resto de la sociedad. Pero no; son impunes. Están por encima del bien y del mal. El sistema es suyo. El sistema -la mayor parte de las veces- no les trinca porque es suyo, lo controlan ellos. Sólo cuando algún díscolo, «verso suelto» o descontento saca los pies del tiesto, puede que caiga alguien. El resto de los casos se tapa entre ellos.
    La impunidad corrompe el sistema.
    Y, claro, la mayoría de los ciudadanos actúa como el corredor en un encierro de San Fermín: lo único que importa es que no te pille el toro. Lo demás cuenta poco. No importa si pisas, atropellas operjudicas a otro en tu «carrera». Son pequeños daños colaterales.
    Y así nos va…

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