No hace falta hacer gala de hipersensibilidad social y humanitaria para sentir cómo se encoge el corazón ante las noticias de las avalanchas masivas, por tierra y mar, de inmigrantes desesperados que buscan en Europa – a través de las costas canarias o andaluzas o las verjas de las dos ciudades autónomas- la posibilidad de sobrevivir. De huir de la marginación, de la violencia y de la miseria para poder encontrar un trabajo digno en un marco de libertades y garantías.

El drama humano de tantos miles de personas, muchas de origen subsahariano, dispuestas a arriesgar su vida, en una suerte de ruleta rusa, con tal de alcanzar el supuesto primer mundo, es la muestra del completo fracaso de la civilización contemporánea y de tantos valores con los que se nos llena la boca a los que estamos de este lado y a las organizaciones internacionales que actúan en nombre de la solidaridad, la paz, la cooperación, el desarrollo… Las imágenes de Lampedusa, ya tan habituales, son todo un guantazo a esa burocracia supranacional impotente y a tantos fariseos del presente, en tiempos donde, esa ineptitud para buscar soluciones ordenadas y globales, está llevando al afloramiento de brotes racistas en países que tradicionalmente han sido la bandera de la igualdad y la lucha contra la xenofobia.

Todo esto es bien sabido, aunque nunca está de más recordarlo para no convertirlo en algo estructural e inevitable con lo que debemos familiarizarnos y mirar para otro lado. Pero hay cuestiones, dentro de esa visión integral del problema, que algunos, como yo, en nuestras limitaciones mentales no alcanzamos a comprender. Una de ellas es el papel que juegan las mafias de infracolocación que “acogen” a estos inmigrantes cuando, normalmente de forma aún irregular, comienzan a deambular por nuestras calles, añadiendo otra ilegalidad a su situación: la venta de productos falsos o de imitación de marcas conocidas: bolsos, relojes, pañuelos… Todos sabemos que estos pobres vendedores, que patean bares, terrazas y lo que tercie, en la mayor parte de las ocasiones se van de vacío. Tienen que recorrer muchos kilómetros y entrar en muchos locales para poder deshacerse, a precio irrisorio, de una sola pieza de su cargamento. Y, también, todos conocemos que esos productos no se los han traído de su tierra sino que, como los del anterior y el posterior vendedor –a veces perfectamente sincronizados para no coincidir- proceden de un amplio stock en manos de organizaciones delictivas establecidas en España y con una organización periférica que ni la de Javier de Burgos.

Similarmente, no pocos foráneos venidos de algún país recientemente incorporado a la UE, copan, de forma manifiestamente ordenada, puertas de iglesias, de supermercados, de bancos o, incluso, simples esquinas o trozos de acera. ¿Quién no ha visto cómo puntualmente se distribuyen y colocan estos pedigüeños? Naturalmente, ese metro cuadrado de la vía pública donde sientan sus reales viene a ser como una concesión de uso exclusivo y excluyente. Pobre de quien ose usurparlo. Teniendo en cuenta que estos hombres y mujeres –y, a veces, niños- tampoco sacan mucho provecho a jornadas larguísimas con la mano extendida o el cartel desplegado y que no pocos pertenecen a las mismas familias o colectividades, también es normal preguntarse quién los ha traído hasta aquí y quién, propiciando ese efecto llamada, los distribuye y percibe, lógicamente, la correspondiente comisión.

Hace un par de años, en una cafetería céntrica de Lisboa, nos abordó a mi mujer y a mí un joven vendedor ambulante de un país del África central. Nos miró y empezó a recitar ciudades españolas de donde presumía que veníamos… ¡porque nos conocía de vista! Y acertó, claro. Porque lo que había viajado en traslados forzosos ordenados por “su” organización, no estaba escrito. Y hace pocos meses, en mi barrio, se produjo un relevo casi total del contingente de estos jóvenes, normalmente amables y sonrientes. Llegó –perdón por la palabra, pero es la adecuada entre las bandas organizadas- otra remesa novata que no hablaba ni una palabra de español. Eso sí, los objetos a vender, los mismos.

Y la pregunta de la incomprensión es –como a veces ocurre con el menudeo de droga y los camellos menores- por qué la policía, tan admirable en nuestro país, tiene esa praxis de controlar, sin desmantelar sistemáticamente, unas redes perfectamente localizables, sin perjuicio de sus ramificaciones externas. Razones tendrán, sin duda, pero la ciudadanía lo entiende mal; yo, el primero.

Cuando escucho o veo una catástrofe de una patera, siempre pienso lo mismo. Muchos estarían ansiando, porque esa información traspasa fronteras, en lograr que una de estas mafias los pudiera colocar para recorrer las ciudades y villas de España vendiendo artículos que, como tantas cosas en la vida, aparentan ser lo que no son.

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