Los “consejos de laicos”

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Más de una vez creo que me he ocupado en este Blog de las formas que adopta la participación de los vecinos en la adopción de decisiones en la vida municipal. He explicado las experiencias de algunos países, preferentemente Alemania, que están buscando garantizar su presencia en los grandes debates que suscitan las opciones o proyectos políticos de los Ayuntamientos.

Es un lugar común sostener que la democracia se halla en peligro en la inmensa mayoría de los países del mundo, lo que se atribuye a causas muy variadas que van desde la globalización a la expansión de la técnica hacia confines tenidos hasta hace poco por irreales. Meditar sobre ello merece la pena pero mi experiencia me dice que es empeño poco recompensado porque tiene uno la impresión de andar siempre dando las mismas vueltas, cansinos como cangilón de noria.

Sin embargo, pensar sobre la democracia a nivel local rinde mejores frutos: al ser el espacio más cercano, se logra un mayor respeto hacia su esencia, hacia aquello que constituye su núcleo indisponible, a saber, la comparecencia del ciudadano en momentos especiales para la comunidad y para la imagen con que esta va a presentarse ante el futuro.

Pues bien, para animar ese debate, ya presente asimismo en varias ciudades españolas, recompensa conocer el “dictamen ciudadano” que se está ensayando en algunas ciudades alemanas y cuyo objeto es abordar iniciativas que, por su alcance, tropiezan con discrepancias profundas, con visiones muy encontradas en la población. 

En ese país, ese “dictamen ciudadano” se articula sobre la base de la selección de un grupo de personas mediante un sorteo que garantice su pluralidad. Su función se centra en emitir una opinión fundada, un dictamen, acerca de un asunto que forma parte de los planes muncipales y del que se conoce la sensibilidad que despierta:  la construcción de unos rascacielos, de un nuevo teatro de ópera, de unas grandes instalaciones deportivas etc.

Una vivencia de este tipo la ha puesto en marcha el Ayuntamiento de Munich gobernado por una coalición de verdes y socialdemócratas. No es esta una invención de los bávaros, la realidad es que se apoya más bien en estudios y propuestas hechas por algunos sociólogos urbanos hace ya décadas. Pero ya sabemos que el camino para que una idea pase de las musas al teatro suele ser largo. Hasta que los políticos se enteran de lo que se cuenta en libros y tesis doctorales suele transcurrir mucho tiempo porque sus ocupaciones cotidianas normalmente les alejan de esos trabajos académicos.

En el “consejo laico” se pueden sentar hasta cien personas mayores de 14 años, seleccionadas al azar a través de un sistema informático. Como se retribuye su trabajo, la perspectiva de participar es vista con interés. Se procura que los ciudadanos presentes en estos “consejos” no estén directamente afectados por el proyecto acerca del que dictaminan. Durante varias jornadas escuchan la opinión de los expertos y luego discuten entre ellos, divididos por grupos y moderados por personal también especializado. La cuestión debatida en Munich fue el lugar donde podían autorizarse edificios altos y las dimensiones efectivas de estos.

También en Stuttgart están siendo acogidas estas iniciativas. Esta ciudad – Stuttgart- es muy significativa porque en ella la construcción / ampliación de la estación de ferrocarril que data de los años treinta del pasado siglo, dio lugar a una protesta que, por su dimensión, trascendió no solo a la propia ciudad y a la República en su conjunto, sino que fue noticia en los principales medios internacionales de comunicación durante mucho tiempo.

Los dictámenes así emitidos son a veces vinculantes, en otras simplemente sirven para ilustrar la opinión de los ediles y conocer más a fondo las opiniones vecinales. Pero, atención, porque se dan situaciones paradójicas. En Wuppertal, ciudad del Land de Renania del Norte-Westfalia, uno de estos “consejos” dio su visto bueno a la construcción de un tren que uniera la Universidad con la estación ferroviaria siempre que su coste no sobrepasara un determinado montante y, más tarde, un referéndum convocado al efecto, rechazó sin más el proyecto.

En Dresden hay en marcha otras iniciativas que, al ganar en complejidad, requieren la asistencia de poderosos equipos informáticos para dominar el procedimiento.

Muchos arquitectos están respaldando esta forma de proceder que alumbra lo que podríamos llamar  “ciudades por consenso”.

Nada de esto es fácil, erizado como está de dificultades y contradicciones, más fácil es escribirlo aquí que administrar tales novedades en la realidad. Pienso que no deben multiplicarse alocadamente los mecanismos participativos, superponiéndolos, como hemos visto en el caso de Wuppertal, pero también pienso que todo lo que sea enriquecer la caja de herramientas de la democracia debe ser aplaudido porque sabemos que la mayor parte de tales herramientas están enmohecidas o irreversiblemente deterioradas.

El espacio de las Administraciones locales es óptimo para el ensayo siempre que sea prudente y, ya desde él, si es aconsejable, pensar en escalar hacia otras ambiciones.

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