El siglo XIX fue una época muy complicada en España. De un lado, los países europeos y los Estados Unidos de América habían iniciado ya una revolución industrial que aquí no llegaba, mientras que por otro las colonias de ultramar empezaban a independizarse de la Madre Patria. Y en estas llegó el ferrocarril, elemento vertebrador que permitió que los productores, por aquel entonces fundamentalmente de grano, pusieran sus mercancías en Madrid o las pudieran transportar a puertos que les permitieran comerciar mejor.

Muchos ricos indianos que veían amenazada su privilegiada situación en las colonias que se independizaban, vendieron sus posesiones y volvieron a la Metrópoli, donde su oro les permitió convertirse en acomodados industriales de las nuevas fábricas propiciadas por la máquina de vapor. Pese a que la historia nos dice que la conquista de América tuvo gran protagonismo de andaluces y catalanes, la repatriación del oro indiano prefirió establecer sus inversiones en Madrid, que por ser la capital contaba con mayor facilidad de comunicación, y en Cataluña y el País Vasco, donde los puertos de Barcelona y Bilbao aseguraban el comercio con Europa y allende los mares.

El posterior desarrollo del ferrocarril favorece el desarrollo económico de otras zonas de España, pero es determinante el modelo elegido, de implantar una red de trenes radial, que comunique el centro, la capital, con los cuatro puntos cardinales, pero ello dificulta la comunicación entre territorios transversales. Mientras que los tejidos elaborados en la Maragatería se hacían con telares artesanales, accionados manualmente, y se transportaban por arrieros, mediante tracción animal, las fábricas catalanas contaban con el ferrocarril y con el mar, además de utilizar máquinas mucho más eficientes.

En época mucho más reciente, en 1992, con motivo de la Exposición Universal de Sevilla de 1992, se inaugura una nueva generación de ferrocarriles de alta velocidad, el AVE. Ello provoca en muy corto plazo un extraordinario auge económico en Puertollano, Ciudad Real y Sevilla. Por el contrario, a Cádiz y Huelva, las acaba de relegar al papel de destinos turísticos mal comunicados. Cierto es que a Cádiz la empezó a matar la conflictividad laboral, que desvió el pujante comercio de su puerto a Algeciras, Málaga o Valencia, donde los estibadores no dejaban la mercancía a bordo y cortaban el puente sobre la bahía para protestar contra las bases americanas, pero el hecho de que el AVE se quedara en Sevilla supuso un tiro de gracia.

Ahora asistimos a las reivindicaciones de Extremadura y Teruel, que reclaman su derecho a comunicarse. Ello hace levantar la mano a Almería y Murcia, dejadas de la mano de Dios en lo que a comunicaciones se refiere. Sin obviar las reivindicaciones de Huelva y Cádiz.

Mientras algunas regiones ricas se quejan de tener que contribuir a financiar a otras que les son ajenas, llegando a tildar de vagos a sus habitantes, olvidamos los orígenes, de dónde venimos. Y no es de justicia olvidar que el oro indiano fue generado por sangre de todas las regiones de las Españas.

A mí me parece muy bien el desarrollo de la Y vasca o la comunicación por AVE con Galicia, pero lo fundamental es que no volvamos a crear diferencias económicas, lo que solamente se evitará acortando distancias. Y para ese acortamiento no se debe poner trabas al crecimiento de los más ricos, pero sí ayudar a los más desfavorecidos. La única excusa admisible para no comunicar con el AVE un territorio no es otra que estar situado fuera de la península…

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