Nos Queda Mucho Por Andar

Estaba interesado en saber qué dimensiones habría alcanzado “el ladrillazo” en los municipios españoles y ello me llevó a escribir el siguiente artículo.

De entrada pensé que no habría tantos municipios implicados en los que se hubieran cometido irregularidades urbanísticas (¡vaya eufemismo!), pero tras documentarme me llevé una desagradable sorpresa, entre otras razones porque el ladrillazo descubierto debe de ser irrelevante si lo comparamos con el “ladrillazo sumergido”.

 

Describiré los casos por Comunidades Autónomas, omitiendo los municipios.

sí, por ejemplo, en Andalucía hay un total de veintiséis, repartidos de la siguiente manera: en Almería cuatro, uno en Cádiz uno, otro en Córdoba, cuatro en Granada, dos en Huelva, uno en Jaén, seis en Málaga, siete en Sevilla. En Aragón, sólo uno. En Baleares, dos. En Canarias, tres. En Cantabria, dos. En Castilla-La Mancha, tres, adjudicándose uno Albacete, otro Ciudad Real y el último Toledo. En Castilla-León, ocho; cuatro en Ávila, uno en Burgos, uno en Salamanca y dos en Valladolid. En la Comunidad Valenciana, diez; cinco en Alicante y otros tantos en Valencia. En Galicia, cinco; dos en A Coruña y tres en Pontevedra. En La Rioja, dos. En Madrid, once. En Murcia, cuatro, y, por último, en Navarra, uno.

Tres casos tenemos en municipios gobernados por IU, dieciséis por el PSOE, treinta y nueve por el PP, y el resto por partidos regionales, independientes, etcétera.

Si mis cálculos no fallan, nos encontramos con setenta y ocho municipios en los que se han firmado convenios para cuadriplicar la edificabilidad, prevaricado, cometido delitos contra la ordenación del territorio, percibido cantidades indeterminadas para legalizar viviendas construidas ilegalmente, arrancado ingentes masas de arbolado, construido en suelo rústico y un largo etcétera. Con estos datos a nadie puede extrañar que la Fiscalía General del Estado reconociera en su memoria de 2005 que el urbanismo “constituye una fuente creciente de criminalidad”, abriéndose durante ese mismo periodo mil seiscientas diligencias por delitos contra la ordenación del territorio.

¿Y qué pasa? Pues, no demasiado. No al menos lo que debería pasar. En materia urbanística siempre se han implementado políticas que han favorecido a unos pocos y extendido los perjuicios al resto de la población. Las plusvalías sociales que originaba la actuación urbanística eran las sobras de las ganancias obtenidas por constructores y comisionistas. Y aquí seguía sin pasar nada. Como decía hace poco un Fiscal: “En España tenemos la idea de que para que ocurra algo en materia de urbanismo debe de ser demasiado”.

Súbitamente, la clase política lanza un grito de honradez manifestando que “hasta aquí podíamos llegar” Y digo yo, ¿qué ocurría antes de llegar hasta aquí?; ¿desconocían lo que pasaba?; caso contrario, ¿hacían la vista gorda? No existe término medio entre una y otra alternativa, y desconozco cuál es la peor.

Lo que me niego a admitir es que todo ello pueda explicarse por la precaria financiación que tienen los partidos políticos, y que todo podría arreglarse con la ya reclamada nueva ley de financiación de los mismos. La cuestión es más sencilla: falta de escrúpulos en los servidores públicos.

La nueva Ley de Suelo y la pedida de financiación de partidos políticos no serán instrumentos suficientes para erradicar este mal. Y sobrarán las declaraciones de buenas intenciones, porque los propósitos son muy bruscos en su nacimiento, pero de escasa validez, porque somos dueños de nuestro pensamiento, pero su ejecución, sin embargo, nos es ajena. Es absolutamente imprescindible que el poder sea controlado. Es necesario que aumenten los cauces de participación, que la partitocracia disminuya hasta el punto de que los cargos políticos adviertan que su elección no depende tanto del partido como de la voluntad popular. Es necesario que sean rechazados los halagos que dirigen algunos representantes del pueblo a los sentimientos más elementales de los ciudadanos para tratar de mantenerse en el poder. Es necesario que, de alguna manera, podamos controlar las pasiones de nuestros gobernantes, porque, como decía Shakespeare, dadme un hombre que no sea esclavo de sus pasiones, y yo le colocaré en el centro de mi corazón; sí, en el corazón de mi corazón.

2 Comentarios

  1. Acabo de leer por casualidad este artículo que me parece bastante afortunado en sus reflexiones y me permito invitar a su autor a que intervenga y participe más a menudo en este Blog, porque nos hacen mucha falta estas visiones en el debate de la Cosa Pública.

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