Nueva cooperación naval hispano-lusa en un año singular

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Todos conocemos que este año, concretamente el 10 de agosto, se cumplieron 500 del inicio de la expedición de Fernando de Magallanes -de quien aún se discute si era natural de Ponte da Barca o de Oporto- y del español de Getaria, Juan Sebastián Elcano, quien la culminó casi tres años después, con apenas dieciocho supervivientes. También es de dominio público que, con esta conmemoración de la vuelta al mundo, España y Portugal han tenido algunos roces, particularmente cuando desde el país vecino se presentó, en 2017, una candidatura en solitario para el reconocimiento por la Unesco de aquella proeza como Patrimonio Mundial de la Humanidad; algo que felizmente se subsanó el 1 de abril de 2019, cuando los Gobiernos de los dos Estados realizaron una declaración conjunta, con un programa dilatado de actividades y una nueva solicitud a la Unesco, ya conjunta.

También es sabido que esa paz, no a nivel oficial, pero sí mediático y académico, se tambaleó con la defensa, por un conocido diario madrileño en fechas cercanas, de la plena españolidad de la gesta. Pero opinar es cosa legítima y nadie ignora que la historia, muchas veces, es interpretable sin que eso deba afectar a las buenas relaciones entre dos países que fueron, no pocos años, uno solo; algo que siempre está en la mente de portugueses y españoles, bajo distintas formas asociativas más intensas que el actual paraguas de la Unión Europea y algún convenio internacional que otro.

Y se ven iniciativas en ese camino. Precisamente, con respecto a la conmemoración aludida, en Sevilla se celebró hace menos de un mes, el Congreso Internacional de Innovación Social V Centenario Magallanes-Elcano, con presencia de autoridades de ambos países. Y la colaboración es cada vez más estrecha en muchos sectores administrativos, aunque algunos, como es mi caso, sigamos soñando, cuando menos, con una misma educación pública, donde los españoles tenemos mucho que aprender del colindante; con una atención sanitaria común; con la misma red de transportes y comunicaciones; con las mismas políticas sociales… En fin, no sigo porque evidencio mi apego a un país que quiero sentir como propio.

El hecho, con los recordatorios navales bien presentes, es que el BOE del pasado 8 de octubre, publicó, precisamente, un Protocolo de Cooperación entre los Ministerios de Defensa de la República Portuguesa y del Reino de España, relativo a la integración de pilotos de helicóptero portugueses en escuadrillas de la Armada Española. Un acuerdo hecho en Alfeite y Rota el 4 de octubre y el 6 de noviembre de 2019, respectivamente.

No voy a entrar en cuestiones castrenses ni náuticas de esta colaboración entre ambas Armadas, que busca una inserción formativa y un intercambio de experiencias personales, lo que me parece óptimo. Tampoco voy a entrar en el juego de los acrónimos MO (Marina de origen, portuguesa) y MA (Marina anfitriona, española), por más que me recuerde al método silábico con el que la infancia, tiempo atrás, aprendía a leer.

Prefiero leer yo, casi entre líneas, y apreciar la importancia de este modesto protocolo que ni siquiera fue firmado por los titulares de los ministerios. Y es que, en su motivación, tiene «presente el Tratado de Amistad y Cooperación entre Portugal y España, firmado el 22 de noviembre de 1977»; «la Declaración Común sobre la Cooperación Militar, firmada el 22 de enero de 2009 por los Jefes de Estado Mayor de la Defensa, en el ámbito del Consejo Luso-Español de Seguridad y defensa (CLESD)»; también el Acuerdo entre la República Portuguesa y el Reino de España relativo a la Cooperación en el área de Defensa, firmado en Bayona el 22 de junio de 2015” o el acuerdo sobre «materias clasificadas entre el Reino de España y la República Portuguesa, del 10 de enero de 2008». Son no pocos instrumentos de cooperación y colaboración, sin olvidar –tampoco lo hace el acuerdo-, otra estructura aglutinante como es la OTAN y concretamente el documento relativo al Estatuto de sus Fuerzas (NATO SOFA), firmado, sin perjuicio de sus enmiendas, en Londres el 19 de junio de 1951.

Se dice, en fin, en este protocolo que ambos países comparten “la misma perspectiva sobre la importancia de profundizar en la cooperación bilateral en el ámbito naval. Lo que, aunque de alcance modesto, está muy bien y no puede ser más oportuno en este año de Magallanes y Elcano.

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