¿Qué prefieres…? ¿Polígono o museo?

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Ahora que el Gobierno ya vaticina crecimientos económicos apreciables, que se ha bajado la retención del IRPF, se retoca la tasa de reposición y se devuelve la atención primaria a los sin papeles, recuerdo el célebre texto del Génesis en que Faraón le pedía a José que le descifrara su inquietante sueño: -“Vi siete vacas gordas y de hermoso aspecto que salieron del Nilo; y pacían en el carrizal. Pero otras siete vacas subieron detrás de ellas, pobres, de muy mal aspecto y flacas; de una fealdad que nunca había visto en todo Egipto”. Y, pensando en el símil bíblico, también debemos preocuparnos todos ante el temor de volver a las andadas del despilfarro inútil, porque ya sabemos lo que, inexorablemente, viene después.

Muy posiblemente sea cierto lo que dicen los economistas de que ya nada volverá a ser como fue y, también, que el ambiente de causa general a la corrupción en el que estamos, ayudará a mirar las inversiones y su contratación con lupa. Pero una cosa es la legalidad y otra la oportunidad; lo que en términos políticos se llaman las políticas propias de cada fuerza o candidato. Y ahí es donde me temo, en vísperas electorales, que vuelvan las promesas programáticas o las sorpresas populistas de los contendientes, laminando cualquier vestigio de austeridad, eficiencia y sentido común.

¿Cuántos ayuntamientos españoles, de todo tamaño, color y ubicación han prometido y ejecutado verdaderos disparates para los que ni tenían recursos presentes ni capacidad de mantenimiento futura? Por no hablar de leyendas urbanas (o rurales) como la del municipio con media de edad superior a los ochenta que se gastó los cuartos en un rocódromo o las de los ayuntamientos que disfrutando de la mejor climatología invernal de Europa, se empeñaron en motar piscinas climatizadas y no pudieron pagar ni el primer recibo del gas. Pero claro, si las Administraciones grandes construyen aeropuertos sin aviones, puertos sin barcos y universidades sin alumnos, a ver quién le tose a un alcalde por tener una ocurrencia desinteresada.

Esas Administraciones territoriales más potentes, hoy fundamentalmente las autonómicas y provinciales, tampoco son inocentes de tanto dispendio irracional al haber querido contentar a todo regidor que llamaba a sus puertas. Ahí estuvo el Plan E del Gobierno de Zapatero y sus remedos regionales. Y tantos tratos bilaterales o multilaterales en los que, en varias autonomías, lo que querían, por emulación localista los alcaldes era un museo de lo que fuera, un polígono industrial aunque no hubiera empresas en la zona o un polideportivo aunque se tratara de un lugar dormitorio.

De polígonos industriales que, además de destrozar muchas veces parajes de interés paisajístico o agrario, no protegidos o recalificados, se convirtieron en superficies asfaltadas con farolas decrépitas, matojos y unas pilastras arruinadas, está el país lleno. En una España con más de ocho mil municipios, algunos diminutos, no puede haber otros tantos focos empresariales. Y menos colindantes, como si se tratara de propiedad horizontal. Pero a ver quién era el guapo que se atrevía a decir que no cuando las vacas gordas pastaban en el Miño, en el Ebro o en el Guadiana. O en el Nalón, como un día relataré con más detalle.

En cuanto a los museos… ¡algunos producen sonrojo sólo con el nombre y  no digamos con su contenido y proyecto museográfico!  No es de extrañar el menguado éxito que suelen cosechar estas aventuras que no tienen gracia ni como esperpentos. Porque, en muchos lugares del planeta sí existen real y no figuradamente, museos de los horrores. Algunos no se llaman así, pero lo son: campos de concentración y exterminio, fosas de limpieza étnica o ideológica, criptas de momias… Otros lugares o recintos no tienen empacho en adoptar denominaciones inequívocas, como el Corrections Museum de Bangkok, instalado en una vieja cárcel de alta seguridad y crueldad, donde el visitante puede detenerse en los más depravados métodos de tortura y de aplicación de la pena capital desde tiempos inmemorables hasta la actualidad; porque en Tailandia aún no se ha abolido la pena de muerte.  Pero quien tenga estómago para contemplar atrocidades no deberá viajar a Asia. En Santillana del Mar encontrará el Museo de la Tortura El Solar, que dice ofrecer “una exposición permanente dedicada a los diversos instrumentos de tortura, castigo, humillación y pena capital, utilizados durante el periodo en el que actuaba la Inquisición”. Allí se topará con variados ingenios, felizmente descatalogados.

Los museos a los que me refiero en este comentario más que horrores delatan errores. Y falta de fiscalización del acierto, el rigor y la oportunidad técnica. Cuando la genialidad se materializa a costa de las arcas locales (aunque ahora, tras la Ley 27/2013 diríamos que era una competencia impropia, posiblemente), malo. Pero si se ejecuta con maná autonómico, peor.

Confiemos que con la crisis y las estrecheces hayamos aprendido a separar el trigo de la paja porque, como se ha dicho, a veces los errores tornan en horrores. Pasa (yo mismo lo he estudiado) con el error judicial indemnizable y se aprecia, también, con algunas decisiones políticas extravagantes, ilógicas, sin sentido, desmesuradas, contraproducentes o perjudiciales, incluso, para quien las adopta. La equivocación es humana, como ya advirtiera San Agustín y antes Cicerón; lo censurable –diabólico se decía en la antigüedad-, es perseverar en el desacierto y trocar el fallo en barbaridad o absurdo.

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Leopoldo Tolivar Alas es Catedrático de Derecho Administrativo en la Universidad de Oviedo y, antes, en las de Murcia y León. Autor de numerosos estudios jurídicos, es Presidente de la Real Academia Asturiana de Jurisprudencia y miembro de número del Real Instituto de Estudios Asturianos.

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