Tutearse

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Tutearse

Hace unos meses, salió en prensa que el Defensor del Pueblo, D. Enrique Múgica, propuso en un curso de verano de la Universidad Complutense eliminar el tuteo de los alumnos a los profesores. Argumentó que tratar de “usted” al profesor podría servir para reducir la violencia escolar y devolver el respeto a los profesores, respeto en sentido mutuo o recíproco. Añadió que era conveniente abandonar el escenario actual de libertad al máximo del alumno a cambio de uno más equilibrado en el que coexistan la libertad de los jóvenes y la autoridad de los maestros. En una nota al margen de la noticia, el periodista añadió: “Tras los pasos de Sarkozy. … El Presidente francés afirmó durante la campaña electoral que le llevó al Elíseo que quería una escuela en la que los alumnos se levanten cuando entre el profesor”.

Básicamente estoy de acuerdo con Múgica y con Sarkozy en la necesidad de que se empiecen a cambiar las formas y se empiece a considerar socialmente la necesidad de retomar el respeto mutuo, algo absolutamente imprescindible para un sano funcionamiento de las relaciones sociales. No todo da igual. En la medida que se respeta a otra persona se está reconociendo su existencia, se está reconociendo su pertenencia al mundo de los seres sensibles. En mi caso, no por imposición de la norma, sino por un íntimo convencimiento de que es el mejor modo de contribuir a la paz del mundo, no un mundo abstracto y lejano, sino ése cercano del prójimo o próximo, el que a cada uno nos rodea. Un grano de arena que contribuye, con otros, a conseguir hacer que podamos vivir en un entorno más habitable.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua define “tutear” como “Hablar a alguien empleando el pronombre de segunda persona. Con su uso se borran todos los tratamientos de cortesía y de respeto.” Y en la segunda acepción que aparece de la palabra “respeto” en la RAE, se define el mismo como “miramiento, consideración, deferencia”. Tuteo y respeto parecen pues, (aunque no necesariamente) conceptos antagónicos. Y Fernando Savater dice en “Ética para Amador” que “es muy cierto que debo tratar a los hombres con cuidado, por si acaso. Pero ese cuidado no puede consistir ante todo en recelo o malicia, sino en el miramiento que se tiene al manejar las cosas frágiles, las cosas más frágiles de todas… porque no son simples cosas”. Cuando Savater se pregunta en qué consiste tratar a las personas como personas, se responde que “en que intentes ponerte en su lugar”.

En nuestra sociedad actual todos vemos con harta frecuencia adolescentes imberbes tratando a personas que pueden tener cuarenta años más que ellos, con un desprecio absoluto, por supuesto en un tuteo que parece querer mostrarse como una autoafirmación que en ocasiones parece patológica, porque ello no significa nada más que, en el fondo, la demostración de una baja autoestima a la que es necesario engañar.

En nuestros Ayuntamientos, supongo que como en el resto de oficinas públicas, es frecuente que acudan ciudadanos que, apoyando los codos en el mostrador, se permiten tratar a todos los empleados que por allí circulan no sólo tuteándolos sino con clara desconsideración, volcando su frustración por las lagunas del sistema en palabras subidas de tono hacia la persona que está tratando de atenderle. Probablemente hemos pasado en algunas ocasiones de aquel miedo reverencial que los entonces administrados y ahora ciudadanos tenían ante la autoridad que se encontraban en las oficinas municipales (aquello de ¿da usted su permiso?), a totalmente lo contrario, a considerar al funcionario como una ‘cosa’ que esta ahí y  al que uno ha de exigir, de la que simplemente uno ha de servirse. Realmente el trato que el funcionario da al ciudadano creo que, en estos momentos y dejando a salvo lamentables excepciones, es muy bueno; se ha desarrollado verdaderamente una conciencia de servicio hacia la gente y se ha desarrollado, como por arte de magia un sistema en el que se suele escuchar y empatizar. Seguramente hay que tener en cuenta la elevación del nivel cultural general y por supuesto también el de los funcionarios y además éstos se aprendieron bien e interiorizaron lo que dispone el art. 35 de la Ley 30/92, de 26 de noviembre, de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común como un derecho de los ciudadanos, en sus relaciones con las Administraciones Públicas, cuando reconoce a todos el derecho a “ser tratados con respeto y deferencia por las autoridades y funcionarios, que habrán de facilitarles el ejercicio de sus derechos y el cumplimiento de sus obligaciones.” No existe un deber correlativo, es decir, el deber de dirigirse a los servidores públicos con educación y respeto. Menos mal que no es excesivamente frecuente pero ¿a quién no le ha pasado el típico caso del energúmeno que se planta en las oficinas municipales vociferando? En fin, supongo que en esos momentos hay que respirar hondo, contar hasta diez y aguantar mecha. No obstante todo tiene sus límites y sobrepasados éstos, ése que hasta entonces creías que era un ciudadano y resulta que ahora parece un orate no merece ser atendido. En esos casos hay que esperar a que se calme y modifique su actitud. Ser servidor público es algo gratificante, pero ser una alfombrilla servil es ciertamente decepcionante y frustrante.

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Ignacio Pérez Sarrión es Licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia en el año 1980 y Funcionario con Habilitación de carácter Estatal, perteneciente a las subescales de Secretaría-Intervención y Secretaría de Categoría Superior. Actualmente ejerce en el Ayuntamiento de Torres de Berrellén (Zaragoza).

1 Comentario

  1. Hola Ignacio o debería decir ¿Qué tal está usted?…
    Es broma, por supuesto.
    En general, estoy de acuerdo con tu artículo, cada vez perdemos más las formas y nos olvidamos de las reglas mínimas de educación. No hay más que subir a un autobús y observar. Sin embargo, no creo que sea algo que solo ocurre con los jóvenes, creo que es algo generalizado, se van o se han perdiendo las formas de manera global. Te aseguro que las personas «mayores» en el autobús tampoco son un compendio de virtudes, sobre todo cuando casi te agreden para poder sentarse y corren en la parada (eso sí bastón en mano) para colocarse los primeros.
    Sobre los funcionarios, tengo que decir que yo debo de tener «la negra», vamos que me deben de tocar a mi todos los funcionarios que, eso sí sin alzar la voz, realmente no muestran un gran respeto hacia el administrado. Podría relatarte situaciones en las que el funcionario correspondiente come pipas mientras me da un impreso, o sin ni siquiera mirarme a la cara y hablando con la compañera de al lado sobre su fin de semana en el Pirineo, me dice firme en la línea de puntos, bueno por no hablar de las innumerables ocasiones en las que he tenido que bajar físicamente al consultorio médico para coger cita puesto que no me cogen el teléfono y cuál es mi sorpresa al llegar y ver que no hay nadie, que el teléfono suena y que están todos tomando un café en un cuarto lateral. Si, si no me lo digas

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