Córdoba, ciudad milenaria de misterio y cal, guarda, para los aficionados al cine, una sorpresa inesperada. Y, como le es propio, nos la muestra de sorpresa, casi sin avisar. Si recorremos las callejas laberínticas, de esos barrios con nombre de santos e iglesias fernandinas en las noches calurosas y fragantes de su verano, nos encontraremos con un endemismo cultural inexistente en cualquier otra ciudad, al menos que yo conozca, los cines de verano. Pero no son cines de verano cualquiera, de solar vacío y paredes provisionales, sino cines integrados en pleno casco histórico, con sus gatos, geranios y salamanquesas. Sólo por conocerlos merece la pena visitar nuestra ciudad. Pero, además, proyectan películas de temporada, lo que permite ponerse al día en estrenos. Y, como ocurre desde el inicio, el cine no sólo es arte y entretenimiento, también es una ventana abierta a las preocupaciones del momento, un diagnóstico del estado de ánimo de la sociedad. Y cómo no, la crisis y sus secuelas son materia más que inspiradoras y recurrentes.

 La brutal crisis que padecemos desde 2007 no sólo ha ocasionado una enorme sangría económica con sus secuelas de desempleo y dolor, sino que también han convulsionado las creencias de una sociedad que ha visto tambalearse parte de sus valores y casi todas sus seguridades. Y esas convulsiones sociales han llegado a la política y, sobre todo, a la cultura. Literatura, cine y teatro han reflejado desde distintas ópticas ese quejío profundo de una sociedad convaleciente. Si primero fue su repercusión financiera y la avidez de los grandes banqueros, ahora, el cine, se centra en los damnificados y en sus reacciones, muchas de ellas violentas.

 Y desde el balcón excepcional de los cines de verano de Córdoba he sido espectador de tres películas distintas entre sí, pero con una urdimbre bien similar. En la película “Cien años de perdón”, dirigida por Daniel Calparsoro y protagonizada por Luis Tosar, un grupo de ladrones atraca un banco valenciano en un día de lluvia torrencial y toma por rehenes a todos los trabajadores y clientes de la entidad. Desvalijan las cajas de seguridad y ahí comienza el auténtico argumento de fondo. Una de las cajas contiene, al parecer, material sensible que un político ha logrado grabar a sus rivales y a sus propios competidores de partido. La película fluye amena, con un correcto punto de tensión, para llevar al espectador a una conclusión esperada y a una paradójica emotividad. Al final, los buenos son los ladrones y los malos los banqueros y los políticos. El espectador, al final, desea que los atracadores se libren y los poderosos se condenen. Luis Tosar también protagoniza la película – buena –   “El Desconocido” dirigida por Dani de la Torre, con un planteamiento similar. Un directivo de una entidad gallega recibe una llamada anónima en la que se le anuncia que lleva una bomba en el coche y que explotará si no hace lo que se le ordena. La moraleja final es la que nos figuramos. El terrorista es bueno, una pobre víctima del sistema, y los banqueros malos, malísimos. No demasiado lejos de esta línea argumental se nos muestra “Money Monster”, película dirigida por Jodie Foster  y protagonizada, nada más ni nada menos, que por George Clooney y Julia Roberts. Un joven desquiciado entra en el plató de televisión en el que se rueda un peculiar programa de finanzas armado con una pistola y un par de chalecos-bomba. El final, más o menos nos lo podemos figurar desde el principio. Con sus diferencias, me parecieron las tres buenas películas, entretenidas, algo predecibles, que me hicieron pasar un buen rato y que, sobre todo, me mostraron el estado de ánimo de una sociedad convencida de que políticos y banqueros son, directamente, algo parecido a los gansters de Al Capone.  Y pronto se estrenará la Cerca de tu casa, dirigida por Eduard Cortés, un prometedor musical que aborda el tema de los desahucios, cuyo postulado argumental nos lo podemos más o menos figurar.

La denuncia de la opresión del poderoso hacia el débil y la venganza de éste ha sido motivo inspirador para los creadores desde la antigüedad. El teatro clásico es una buena muestra de ello. Por eso, la serie de películas y libros inspirados en el dolor de los que sufren continúan esa saga imprescindible en nuestra cultura.

En ocasiones, los buenos y malos cambian. Recuerdo que en mi infancia los buenos eran los vaqueros y los malos los indios. Ya en mi adolescencia la etiqueta moral mudó de bando y los indios representaban a la naturaleza despojada por la ambición de los blancos sin escrúpulos. El norte magnético de la bondad había cambiado de polo. No es exactamente así en estos momentos. Los políticos nunca – basta leer los textos del Siglo de Oro español – han generado confianza ni se esperaba de ellos justicia ni dedicación al bien común. Las películas – más o menos – de denuncia actuales caen en terreno abonado, de posiciones predecibles y de buenos y malos sospechosamente obvios.

No cabe duda que la crítica que encierran estas películas está bien fundada. De repente, al desnudar el poder, hemos sido consciente de sus abusos y desvaríos.   Pero, querido lector, sospeche siempre cuando se le muestre por delante un argumento fácil y maniqueo de buenos y malos. No cabe duda de que políticos y banqueros han abusado de sus posiciones o han errado gravemente en su gestión y cálculo, con enorme daño colectivo. En otras ocasiones – que no en todas ni mucho menos – se han enriquecido ilegalmente, lo cual es condenable y perseguible. Pero de ahí a afirmar que todos son malos y que nosotros inocentes y buenos dista todo un abismo en el que no debemos precipitarnos si queremos mantener una mínima dignidad intelectual.

La dinámica maniquea es demasiado facilona, demasiado cómoda como para terminar de creérnosla del todo. El consabido esquema de “nosotros, los débiles, los oprimidos por los poderosos que abusan de nuestra inocencia y buena fe” funciona a las mil maravillas porque nos exculpa y redime. Nosotros no tenemos culpa alguna, la culpa la tienen otros, en especial políticos y banqueros. Y, como este axioma tiene una parte de razón, pues la compramos por entero y todos felices y contentos. Pero en la democracia esto tiene un único pero. A esos supuestos políticos, malvados y corruptos, los escogemos nosotros con nuestro voto. Ellos también son un poco nosotros, en un inquietante juego de identidades.

Benditos cines de verano cordobeses que nos alivian del calor y nos sacuden las telarañas de las entendederas adormecidas. Yo, por lo pronto, seguiré asistiendo a sus funciones para contemplar las muchísimas películas denuncia – porque esto va para largo –  que nos quedan por ver y disfrutar.

Y mientras, en la función de la política, los nuevos y los viejos actores se van confundiendo sin que podemos diferenciarlos. Soñemos en el cine con que nosotros somos los buenos y ellos los malos, para no ver así la dura realidad de que ellos son, en el fondo, un nosotros ascendido.

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