Casi sin pretenderlo, en los recorridos casi rituales de todos los veranos, solemos fijarnos en las transformaciones que se han producido en los pueblos y hasta en los descampados que frecuentamos, dentro o fuera de nuestra Comunidad. Saludamos el progreso cuando, como ahora se dice, es sostenible. Y armónico, estético y respetuoso con el entorno. Pero también nos produce, o debiera hacerlo al menos, crispación tanto atentado, incluso de menor cuantía, al paisaje y a los asentamientos tradicionales.

En mi pequeña región, que encabeza el ranking de los territorios con el litoral mejor preservado, junto a esta loable política ambiental se da también alguna paradoja, como en todas partes. Y es que no sólo hay que cuidar la costa o los espacios naturales oficialmente protegidos. También hay interior y montes de titularidad diversa y abandono común y largos ríos y riberas dignos de un mimo que ni las entidades territoriales ni los organismos de cuenca pueden prestar en condiciones. O vegas fértiles con plantaciones características de cada lugar que piden a gritos preservación y no chirriantes invernaderos y plásticos de atroz visualización.

En este último punto enlazo con un comentario de hace algunos meses en este mismo blog (“¿Qué prefieres…? ¿Polígono o museo?”), y es que, aún nos encontramos noticias, relativas a la planificación industrial, que nos retrotraen a los tiempos del desarrollismo, la improvisación y el localismo más cutre. Me refiero al desequilibrio manifiesto entre oferta y demanda de suelo para instalaciones de empresas, que no es corregido con mano dura por los poderes públicos, cuando, donde hay demanda no hay terreno y donde se habilitan hectáreas no hay demanda alguna. Con tantos polígonos vacíos o decrépitos, ¿qué se va a conseguir creando y urbanizando otros nuevos como si el poner bordillos y farolas tuviera un efecto llamada?

Vuelvo a mi localización norteña: hace no muchas décadas, cuando la red viaria carecía de autopistas y la dura orografía nos dispensaba pocas rectas en nuestras peligrosas carreteras, los únicos tramos sin curvas eran sistemáticamente sacrificados para colocar un polígono industrial e impedir, como daño colateral, el adelantamiento de vehículos al tener que construir una raqueta poco sofisticada para acceder a las parcelas. Salvo honrosas excepciones, esos polígonos albergaron pocos huéspedes y algunos, con la crisis, se fueron dejando naves y almacenes ruinosos. ¿Tan difícil es tener una visión comarcal o incluso regional del desarrollo económico? ¿Hay que seguir rivalizando con el vecino o, incluso, entre dos pueblos del mismo municipio? ¿Es que no se sabe dónde quiere realmente instalarse la industria puntera y la que crea puestos de trabajo y no cantos de sirena? ¿Es que no encontramos sitios donde el mal gusto constructivo y los colores chillones no destrocen el paisaje? ¿Es que hay que sacrificar cualquier cosa a cambio de un supuesto puesto laboral? ¿Podemos permitirnos, por ejemplo, destrozar sin piedad vegas imponentes de cultivo y amenazar ríos que ha costado lo indecible sanear?

Hoy en día ya disponemos de autovías y no hace falta destrozar las carreteras para un quimérico foco de progreso. Pero también contamos con mecanismos de coordinación administrativa que impidan, en este y en otros campos, las duplicidades estériles en localidades contiguas. Algo que se ha visto en toda España con los Planes anticrisis, con los que se financiaron en pueblos literalmente pegados y apenas habitados, instalaciones deportivas o lúdicas idénticas. Y la iniciativa empresarial tiene sus criterios y sus intuiciones y cálculos de producción y distribución y no por poner un anzuelo en una jaula de oro va a lograrse que el pez entre. Entre otras cosas porque nunca se ha visto un pez en una jaula. Planifíquese, sépase qué quieren los emprendedores y dónde y actúese en consecuencia. Salvando las distancias es como montar un campus universitario sin atar previamente las posibles titulaciones; castillos en el aire pueden hacerse muchos y por cualquiera, sabio o ignorante. Lograr la conciliación entre lo que conviene al territorio y lo que interesa a los potenciales inversores no está al alcance de todos y menos si se hace precipitadamente o por deseos muy respetables pero no calculados ni planificados.

Junto a lo que son responsabilidades de poderes públicos y agentes sociales, está la incidencia del paisanaje en el territorio. Aunque, ciertamente, el territorio es, antes que nada, de los humanos que lo habitan y, por tanto, lo transforman, a veces es un dolor observar la desidia o, sin más, el destrozo de la arquitectura tradicional y el cante de algunas construcciones que, la verdad, parece raro que puedan contar con licencia. Se dirá, y es verdad, que Ayuntamientos y Comunidades Autónomas no controlan férreamente la legalidad urbanística. Pero siendo cierto y censurable lo anterior, eso no exonera al paisanaje de cumplir mínimamente con sus deberes. De autocontrolarse en sus apetencias transformadoras, en suma. Porque hay muchas personas responsables que se gastan los cuartos que no les sobran por esta causa conservacionista. Pero también hay mucha picaresca rural a costa de los alojamientos veraniegos. Ante posibles turistas no escasea quien convierte en habitáculo humano cualquier cosa o se construye o plantifica sobre la marcha. Eso sí: para el catastro y el IBI, que no exista. Que paguen otros.

Las Administraciones no tienen sentimientos, pero sí defienden los intereses generales. Los particulares, diversamente, tenemos intereses, no siempre altruistas y debiéramos acreditar nuestros sentimientos de apego a la tierra, lo que con conductas insolidarias no hacemos, ciertamente. En estos tiempos de exaltación, a veces desmadrada, de los hechos diferenciales, ¿acaso el paisaje, la etnografía y la conformación tradicional del hábitat no lo son?

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