Demacracia

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Demacracia“Cracia” es un sufijo griego que significa gobierno, fuerza o dominio. Por su parte, España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho (art. 1.1 de la Constitución). Bien, la Carta Magna dice que somos una democracia, pero a día de hoy, visto lo visto, diríase que nos acercamos más a una “demacracia”, que vendría a ser la versión estropeada de aquélla. Esta nueva y lamentable demacracia se integra asimismo por la suma de varios “subconceptos” o elementos. A saber:

Amigocracia: Igualdad, mérito, capacidad, publicidad, transparencia, no discriminación, interdicción de la arbitrariedad de los poderes públicos… Menudo desperdicio de tinta. Lo cierto es que las normas sobre incompatibilidades, prohibiciones, recusaciones y abstenciones, no se aplican en contratos y oposiciones públicos, y cuando se aplican, el “honrado” que se abstiene o simplemente está excluido por la Ley (vid art. 60.2 del EBEP) luego le explica a un “miembro de derecho del órgano colegiado” lo que tiene que hacer para favorecer a su sobrina favorita.

Corrupcracia: Obviamente está relacionada con la anterior. No vamos a dar nombres y apellidos, porque nunca lo hacemos para lo negativo, pero resulta gracioso observar cómo unos y otros se acusan de “corrupción”, y luego, cuando se destapan los trapos sucios, se descubren hechos vergonzosos que afectan a absolutamente todos los partidos e instituciones, como familiares colocados digitalmente en puestos públicos, contratistas que son cuñados, financiaciones oscuras, Jueces “con el carnet”, o concejales que se pagan el vicio (esencialmente cocaína y “prostitutos”) con dinero público (creo que fueron unos 50.000 € en ese caso).

Politicracia: A día de hoy parece que todo tiene un cierto tinte político (mayor o menor según los casos), desde los nombramientos para las altas Instituciones del Estado hasta los medios de comunicación audiovisuales y  escritos, pasando por la Justicia, el fútbol o el cine. Lástima que no haya casi nadie independiente que no sea un paniaguado de su amo.

Demagocracia: Diríase que ha pasado la etapa en la que a la espectacular crisis que estamos padeciendo se la denominaba “etapa de recesión económica”. Pero ahora mismo, precisamente porque se reconoce que las arcas del Estado están vacías y que la cosa está muy mal, se nos pide un “pequeño esfuerzo fiscal moderado basado en el principio de solidaridad”. Al margen de que se utilice nuevamente un eufemismo para disfrazar la cruda realidad, en este caso una nueva subida de impuestos, la frase en sí es alucinante. Estúdiese.

Burrocracia: Sigo sin dar nombres y apellidos, pero sinceramente, ahora mismo estamos dirigidos por Ministros, Ministras, Cosejeros/as autonómicos/as, concejales y concejalas, y en definitiva miembros y miembras varios, que, hablando coloquialmente, habría que darles de comer a parte. Los actos y palabras de algunos de ellos hacen que a uno le den espasmos musculares. Me parecen maravillosas algunas iniciativas como la obra social de la Fundación ”la Caixa”, para insertar en la sociedad y en el mercado de trabajo a personas con limitaciones y deficiencias psíquicas, pero vaya, que cuando nos las “insertan” en las Instituciones es como para echarse a temblar. Y para muestra un botón: los nuevos Presupuestos Generales, “necesariamente austeros” recortan precisamente la dotación para ciencia y tecnología (y proyectos de I+D). Total, con la lucha contra el cáncer no se ganan elecciones…

Ignocracia: Relacionada con la anterior, aunque no se deben confundir. La burrocracia se identifica con una especie de “gobierno de los asnos”, mientras que la ignocracia se centra más en las masas sociales que lo sustentan. Por otra parte, su relación con la demagocracia es que dichas “masas” (dicho sea sin “segundas”) se contentan con aquellas explicaciones basadas en eufemismos, y son fácilmente manipulables con amenazas varias como “que viene el hombre del saco”, o “la guerra” o “la corrupción” (o ya puestos, los cuatro jinetes del Apocalipsis).  Muy peligrosa la ignocracia, sobre todo cuando viene aderezada con prepotencia. Hace poco, el autor de un comentario a un artículo publicado en este portal por mi “compañero de blog” Manuel Pimentel, le decía poco menos que él quién era para opinar sobre la crisis y el paro si su sueldo era muy superior al de la media. Pues bien, lo cierto es que su opinión es francamente válida, ya que se trata de una persona innegablemente preparada y con mucha experiencia práctica en la gestión pública, por lo que no haríamos mal por tener en cuenta este tipo de opiniones en lugar de las de algunos bocazas ignorantes que hablan de todo sin saber absolutamente de nada. Me recordó a esos niñatos insolentes que opinan en “marca.com”, escribiendo en un lenguaje indescifrable, lleno de abreviaturas y de letras “k”, que Nadal o Gasol son unos “paketes” (supongo que se referirán a las pocas veces que pierden). Sin embargo no lo son ni por lo más remoto; son dos de los mejores deportistas del mundo y además excelentes personas, mucho mejores en todo (incluido “en ortografía”) que el que opina.

Minuscracia: En muchos Gobiernos, no sólo el estatal (pienso también en algunas Entidades Locales o Comunidades Autónomas), al final acaban gobernando los partidos y grupos minoritarios. Flaco favor a la verdadera democracia. Resulta que el partido más votado no gobierna porque pactos, tripactos o cuatripactos se lo impiden; o, si lo hace sin mayoría, lo consigue a duras penas limitado y agobiado por una presión asfixiante de quien tiene el respaldo de exactamente cuatro gatos, pero que amenaza con unirse a la oposición para desbancarlo.

Boicocracia: Relacionada con la anterior. En cualquiera de los supuestos referidos en el epígrafe anterior, casi siempre el pequeño partido utiliza su “peso en la gobernabilidad” de manera irresponsable, sin “sentido de Estado”, ni de ninguna otra cosa que tenga que ver con los intereses generales, sólo los propios. Su actuación muchas veces se limita a boicotear sistemáticamente cualquier iniciativa o política pública para demostrar su poder de facto. Así es imposible gobernar, ni bien ni mal. Supongo que todo Gobierno tiene derecho al menos a intentarlo, pero es que a veces ni les dejan.

Transfucracia: Relacionada con las dos anteriores. En este caso la reflexión es breve: ¿qué puede llevar a un miembro (o miembra) elegido democráticamente por ir en las listas de un partido que gana unas elecciones a abandonar éste y pasarse justamente al enemigo en mitad de la legislatura, propiciando así una moción de censura? Pues nada bueno, a fe mía, salvo que repentinamente se haya dado cuenta de que su Presidente es un corrupto, un mal gestor público o una mala persona, y que aquel otro que le recibe con los brazos abiertos es San Teodosio, lo cual por cierto no me creo.

Vagocracia: Soy sensible ante el grave y complejo problema del paro, pero sigo pensando que aún así hay gente que ni trabaja ni mueve un dedo por trabajar porque no le da la real gana. Y digo “pensando”, y no “diciendo”, porque cada vez que lo digo me saltan al cuello, así que no lo digo más, pero como el pensamiento es libre y (dicen) no delinque, no duden de que tengo tal convencimiento. Si algunos “supuestos universitarios” estuvieran por las noches cansados de trabajar, no estarían pletóricos de energía a las cuatro de la mañana tirando piedras a los coches y agentes de policía.

Maleducracia: Hace unos años yo pensaba que los únicos que se insultaban eran los concejales en los Plenos, pero hoy día la alarmante falta de valores se manifiesta en un generalizado modus actuandi cargado de agresividad, lo cual nos llevaría a hablar de conflictocracia. Y este lamentable efecto dominó acaba casi siempre en la violencia, como la de algunos adolescentes no sólo contra la policía, sino también contra sus compañeros, contra sus padres, contra sus exnovias, y, así lo parece, contra la Humanidad. Ante tales actos (y otros variados ilícitos penales y administrativos) el Sistema reacciona con diferentes manos, básicamente tres: la excesiva mano blanda, la excesiva mano dura y, en resumen, la “mano tonta”. Esto nos lleva al principio de desproporcionalidad, y al gobierno desproporcrático, el último que analizamos.

Desproporcracia: Si nos ponemos a hablar a fondo de la política judicial-penal no acabamos este comentario ni en cien años, pero vamos, que en base al principio de proporcionalidad contenido en nuestro Derecho y a la idea de Justicia definida por Ulpiano, un pobre robaperas o un “conductor veloz” no debería ser tratado más severamente que aquéllos pitecántropos despreciables que asesinan a sus exnovias, y sin embargo es así.

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Víctor Almonacid Lamelas es Secretario de la Administración Local, categoría superior, y Máster en Nuevas Tecnologías en la Administración Pública. Actualmente desempeña los cargos de Secretario General del Ayuntamiento de Alzira (Valencia), y Vicepresidente del Consejo General de COSITAL. Es autor de varios libros y numerosos artículos.

6 Comentarios

  1. Interesante y atinada esa recopilación de vicios y desviaciones. Muy plástica y original sobre todo, la expresión «Demacracia» que ilustra de manera brillante una determinada situación de declive o deterioro de lo público y de lo cívico; al igual que otras formas expresivas que circulan por ahí o que podemos crear, para referirnos al sistema político que «disfrutamos» en España, como por ejemplo: Democracia de baja intensidad, Democracia de perfil bajo, Democracia de 2ª división, Democracia sin demócratas, Democracia de papel, Cleptocracia (que gobierne quien mayor afición/capacidad tenga en cuanto al robo), Subdemocracia, Democracia en LA menor, Clerocracia, Dedocracia, Memocracia, etc, etc, etc.

  2. Por desgracia, la crítica es muy atinada y los conceptos de gran actualidad. Y lo que es peor, refleja a la clase política GOBERNANTE y por ende al pueblo que los elige.

  3. Enhorabuena por un artículo tan atinado. Lo que me pone miedo es que con nuestro sistema electoral, en la práctica no es posible cambiar nada. Como decía Franco, esto está atado y bien atado. ¿cual es la puerta de salida?

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