De nuevo, ante los portentos anunciados de robótica, inteligencia artificial y realidad aumentada, los heraldos temerosos de la catástrofe vuelven a anunciarnos el fin del empleo. Los robots – afirman – harán el trabajo de los hombres, la humanidad se quedará sin faena. Sólo un pequeño porcentaje de trabajadores muy innovadores y cualificados lograrán mantener un empleo digno en los tiempos digitales en ciernes. Para el resto de los mortales, el frío y el castañear de dientes. Los desempleados tecnológicos – nos avisan – serán legión; legiones; famélicas legiones que ya cantara el himno de la Internacional. Estas advertencias suenan a nuevo, pero se trata, en verdad, de un discurso ya conocido, el mismo que animó al movimiento ludista inglés, a principios del siglo XIX, a quemar telares e hilaturas accionados por el vapor, bajo la acusación de destruir empleo. O a los jornaleros que atacaban a las cosechadoras por eliminar un enorme número de peonadas. No estamos ante algo novedoso, por tanto, sino ante la enésima reedición de un temor repetido, el de las consecuencias de la lucha de la máquina contra el hombre.

El axioma básico de la argumentación es bien conocido. Si una máquina hace el trabajo de cien personas, le mecanización conllevará necesariamente a la destrucción total de empleo. Y si antes hablábamos de máquinas, ahora lo hacemos de robots e inteligencia artificial. El mismo cuento con la misma moraleja, el empleo de los humanos peligra ante la infinita eficiencia de la máquina. Hasta aquí, el postulado fatalista. Pero, ¿realmente es así? No lo creo. Más bien, tiendo a pensar que dentro de unos años habrá más empleo que ahora, pero empleo distinto y, probablemente, mejor. Vaticinar el futuro es muy difícil, pero podemos comprobar lo que ha ocurrido desde que los ludistas lanzaran su grito desesperado hace dos siglos hasta nuestros días. ¿Y qué ha pasado? Pues que, a pesar de la enorme proliferación de máquinas y artilugios de todo tipo, hoy en día existe mucho más empleo y de mejor calidad en su conjunto que el existente entonces.

A mediados de los 90, Rifkin publicó su famoso libro The End of the Work, en el que vaticinaba que las nuevas tecnologías supondrían el fin de los empleos. Su tesis de que sólo serían necesarios muy pocos trabajadores y muy cualificados para hacer funcionar la sociedad y que el resto quedaría marginado y sin futuro. Pues bien, veinte años después, existe mucho más empleo que cuando el libro fue escrito. Podemos inferir pues, desde la experiencia, que se han equivocado hasta ahora los profetas de la catástrofe. Hasta el presente, la máquina nos ha hecho prosperar y, tal como vaticinara Schumpeter con sus tesis de la destrucción creativa, presentar un balance muy positivo en desarrollo y creación de empleo. Mueren las empresas que quedan obsoletas, pero las innovaciones permiten crear otras nuevas y desarrollar nuevas demandas de la sociedad que a la postre crean un mayor número de puestos de trabajo que los destruidos. En total, comprobamos, un balance positivo.

Por tanto, en la acelerada dinámica de transformación digital que experimentamos, el debate no será tanto el de si se creará empleo o se destruirá – que se creará – sino el de qué tipo de empleo se creará, y en qué lugares o sectores aparecerá. Además, tenemos que tener como meta que el trabajo que se cree tenga unas condiciones dignas que permitan vivir con un acomodo razonable al trabajador. Mal progreso tendríamos si al final nos empobreciéramos. Pero, como ya afirmamos, si hasta ahora – y llevamos ya mucho camino recorrido – las revoluciones tecnológicas han tenido como consecuencia un mayor número de empleos y unas mejores condiciones de trabajo, en principio deberíamos pensar que en la revolución digital en la que nos encontramos otro tanto ocurrirá a poco que bien lo hagamos.

Hace siete mil años comenzamos a construir dólmenes, grandes monumentos megalíticos que aún hoy nos asombran por su audacia, estética y misterio. Siguen ahí, con nosotros, tataranietos de los tataranietos que los erigieron. Del dolmen pasamos al templo, a la capilla, al santuario, a la catedral, a los palacios de congresos y los estadios de fútbol. Del tam tam del tambor al vértigo de internet, del brebaje y la oración musitada del chamán al scaner y a la receta digital de la Seguridad Social. El neolítico supuso la primera gran revolución cultural, económica y social de la humanidad. El paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga me comentó que, en verdad, hasta ahora, la humanidad sólo había experimentado la gran revolución la del neolítico. De ser nómadas – o semi nómadas, según las zonas – pasamos a vivir en pueblos y ciudades, con rey, murallas, fronteras, policía, ejército, impuestos y leyes. O sea, nosotros. Para Arsuaga, empezamos a abandonar el neolítico ahora, al vernos sacudidos por la segunda gran revolución, la digital.

Comenzamos a dejar el neolítico no con la llegada del hierro, del vapor o de la electricidad, sino en el instante que empezamos a mercadear con información. En el momento en el que los datos se valoraron por encima de la materia y de la energía, algo por entero nuevo sacudió nuestra historia. Los hitos son bien conocidos. El 1 de enero de 1845 Samuel Morse inauguró la primera línea de telégrafos entre Washington y Baltimore   En 1876, Graham Bell patentó el teléfono; apenas veinte años después, la telegrafía sin hilos, o sea la radio, nacía con paternidad compartida entre dos gigantes, Tesla y Marconi. Después vendría la televisión y, a finales del siglo XX, internet y a principios del XXI, las redes sociales. Entramos en el nuevo siglo con la sensación de vértigo de dar los primeros pasos en un mundo digital cuya dimensión, posibilidades y límites apenas si llegamos a intuir. Ya no negociamos con materia ni energía, sino con información. Las mayores compañías cotizadas en la actualidad ya no son petroleras, ni químicas, ni eléctricas ni bancos. Son empresas de software e internet. Grandes gigantes que venden algo inmaterial e incorpóreo como bits y plataformas tecnológicas. Las formas de producción y distribución cambian con rapidez y los empleos tendrán que adaptarse a esa realidad cambiante.

El político del neolítico piensa aún en espacios cerrados por la empalizada-frontera del poblado, cuando el espacio en el que nos tocará habitar será cada vez más abierto, sin límites físicos. El político del neolítico piensa en impuestos de frontera, en control de personas y mercancías, cuando el ciberespacio flota libre por completo sobre nuestras cabezas. El político del neolítico está convencido de que la riqueza de un país son sus recursos naturales, cuando en una economía digital la principal fuente de riqueza será el talento de sus gentes.

La economía y la transformación digital exigirá un gran esfuerzo de adaptación a las organizaciones. Y modificará nuestra forma de trabajar y rendir. Pero, ¿cómo conseguir el incremento de productividad tecnológica de las empresas, sus automatización y robotización, su gestión de los datos y de la inteligencia artificial, redunden también en beneficio del trabajador y de la calidad de su empleo? De todo ello debatimos en las jornadas que la federación de industria de UGT organizó hace pocos días bajo el sugerente título de Industria 4.0. Analizamos algunas de las posibles consecuencias en materia laboral, como el conocido como derecho a la desconexión después de la jornada laboral; el derecho a la intimidad, la inviolabilidad de las comunicaciones; la protección frente a la permanente geolocalización los sistemas de control horario en el teletrabajo; el esquirolaje electrónico, que pudiera devaluar el derecho de huelga; el derecho a la formación tecnológica de los trabajadores maduros; el del afloramiento del empleo colaborativo y otras tantas cuestiones que serán suscitadas por la nueva economía digital. Los empleos evolucionarán, pero, en todo caso, deben estar al servicio de la persona. Más empleo, flexible y eficiente, sí; pero con condiciones razonables, también.

Las actuales normas laborales se quedan obsoletas en algunos de sus supuestos. Tampoco parece que los convenios colectivos evolucionen al ritmo que lo hacen las nuevas formas de producción. Todo un reto, pues, para sus señorías y para sindicatos y empresarios. No podemos permitirnos quedar atrás en la nueva economía digital. España tiene poco empleo, aprovechemos las posibilidades de las nuevas tecnologías para alcanzar, al menos, las medias de los países más desarrollados. En la actualidad se están abriendo mesas de diálogo social entre los agentes sociales. Las materias que acuerden podrían aprobarse posteriormente en las Cortes. Sindicatos y empresarios tienen la oportunidad de reflexionar sobre los nuevos tipos de empleo, para facilitarlos y dotarlos de unas condiciones digas. No tendría sentido alguno que siguieran mirando hacia atrás y discutiendo lo mil veces discutido cuando un enorme mundo de oportunidades – y también de riesgos – se abre ante nosotros. Que no perdamos este tren.

1 Comentario

  1. Excelente post.

    Estoy 100% de acuerdo con usted de que la tecnología no erradicará el empleo, más bien, esto facilitará que las personas puedan utilizar la misma como una herramienta para ser más eficientes en sus trabajos.

    Otra ventaja que supone las nuevas innovaciones es que las personas puedan tener una mayor amplitud de alternativas para trabajar, teniendo como beneficios:

    1-Tener una mayor disponibilidad de tiempo libre.
    2-Trabajar en un entorno que le permita sentirse a gusto y no tener la obligación de trasladarse a una estructura física con un horario de trabajo muy estricto.

    Por lo que, a medida que surgen nuevas tecnologías, más y mejores oportunidades tenemos para trabajar en aquellas áreas que realmente nos interesan.

    Saludos cordiales….

Dejar respuesta