El 27 de junio de este año, tuvo lugar en San Sebastián el I Encuentro Nacional de la Blogosfera Pública. Allí tuvimos ocasión de vernos las caras una porción significativa de las personas que dedicamos una parte de nuestro tiempo a conversar en red acerca de la Administración pública. Otros componentes de la blogosfera pública también pudieron participar de manera virtual. Ese fue el caso de este blog que ahora compartimos.

Como consecuencia de aquel encuentro, se ha redactado, de forma colaborativa, un “Compromiso del Innovador Público”, que cualquier persona puede subscribir. Puede ser buena idea firmar ahora mismo.

Cualquiera que haya seguido un poco la trayectoria de algunos blogs de lo público y, desde luego, cualquiera que lea el citado “Compromiso”, comprobará que dentro y alrededor de las Administraciones hay un colectivo muy interesante de personas comprometidas con el cambio. Si nos centramos en aquellas que trabajan dentro, encontramos personas intraemprendedoras, que están innovando desde el interior.

La imagen estereotipada -deudora de Larra, de Forges, de Quino- del funcionario medio es la de un ser apático, no-empático y rabiosamente burocrático. Sin embargo, los que hemos vivido las organizaciones públicas, sabemos que el funcionariado es un colectivo que, si destaca por algo, es por su alta capacidad y por su anhelo de hacer las cosas bien.

Existen incluso indicios de que los trabajadores públicos se esfuerzan más que lo privados y que la causa reside en que la motivación de los primeros es mucho más intrínseca que la de los segundos. Es más motivador procurar el bienestar de tus convecinos que contribuir a vender más botellas de refresco, incluso si declara ser la chispa de la vida.

¿Cómo es posible que Forges y buena parte de la ciudadanía tengan una percepción tan negativa de la función pública, mientras que otros afirmamos que son excelentes trabajadores?

Lo primero es negar la mayor: no es cierto que la ciudadanía piense mal del funcionariado. Entre las profesiones mejor valoradas en este país están las de medicina, enseñanza y seguridad, que en su mayoría están desempeñadas por personal público -con la excepción de los jueces, a la cola de la clasificación. Los servicios públicos que realizan encuestas de satisfacción reciben, casi siempre, notas muy altas. A esta alta valoración, contribuyen índices internacionales que afirman, por ejemplo, que la sanidad española es la más eficiente de Europa y la 5ª del mundo.

¿En quién piensa un ciudadano cuando piensa mal del funcionariado? En un mediocre burócrata que vive entre papeles, que dedica la mañana a comentar, entre café y café, los resultados deportivos de la semana, y que odia el contacto con la ciudadanía. Afortunadamente, esta es una especie en extinción, si es que alguna vez fue numerosa. Haberlos, haylos, como en toda organización grande. Pocos.

Cuando hablamos de la función pública es más acertado pensar que “to er mundo e güeno” que lo opuesto.

Ahora bien, aunque las personas que las componen sean excelentes, las organizaciones públicas no lo son tanto. Encontramos Administraciones excesivamente burocráticas, obsesionadas por el control, incapaces de asumir riesgos, absurdamente inflexibles, faltas de sentido. Pocos canteros de los que trabajan en nuestras instituciones dirán, con auténtica emoción, “estamos construyendo una catedral”. Si acaso, dirían “creo que estamos construyendo una catedral: me he enterado por la prensa”.

Tenemos, por una parte, un capital humano envidiable -y envidiado: la mayoría quisiera ser funcionaria- y, por otra, estructuras que desaniman la iniciativa y la innovación. De hecho, la burocracia weberiana está diseñada para matar la iniciativa y para restringir la innovación a quienes ocupan el ápice estratégico. Llevada al límite, supone que el funcionario es un servidor de la ley que sólo debe ejecutar aquello que la ley le manda. Para que esto funcione, es necesaria una ley que sea, al mismo tiempo, perfecta y completa. ¿Cómo actuar en un caso no previsto por la ley, o cuando hay dos normas que se contradicen? Elevando el caso al superior.

Este sistema ha funcionado más o menos bien durante años -al precio del corazón de tantos funcionarios- pero ya no sirve más. Resulta que estamos en un tiempo en que la incertidumbre es norma. Además, hemos averiguado que aumentan la eficiencia, la eficacia, la productividad y la satisfacción cuando tratamos a las personas como adultos que deciden. En todo caso, tratar a las personas como si fueran personas parece más sensato que tratarles como si fueran máquinas, que es algo que, con seguridad, no son.

Estos mensajes, machaconamente repetidos en las últimas décadas, han calado lo bastante hondo para provocar un alto grado de acuerdo. No hay directivo público que no afirme que la gestión actual pasa por poner a las personas en el centro. Ahí se detienen la mayoría. No saben cómo llevar esa idea a efecto.

El paradigma de la innovación pública es nuestra gran esperanza. La innovación precisa de nuevas estructuras. Estas nuevas estructuras pueden ser vistas como metaestructuras que se superponen sobre el entramado weberiano, sin necesidad de desmontarlo. Simplemente, precisan de libertad y confianza. A cada servidor público se debe nombrar agente 00: con licencia para innovar.

Sin miedo. Abrir el interior de las organizaciones para que las personas puedan generar ideas que den lugar a nuevos servicios y productos, no pone en riesgo las seguridades legales de la Administración. Lo que hace es aumentar la adaptación, la variedad de respuestas y su adecuación.

Urge, por lo tanto, poner en marcha programas de innovación pública que activen la iniciativa interna para el gran reto de estos años: hacerlo mejor con menos recursos. Dicho de otra forma: generar mayor valor público.

Volvemos a la blogosfera pública, con la que hemos empezado este post. Una de las conclusiones del I Encuentro fue que la vida del intraemprendedor público es muy achuchada. La mayor parte de los relatos muestran a una persona que enfrenta su pulsión innovadora a una organización que primero le regaña, después le aísla y termina por soportarle con condescendencia.

Como resultado, lo mejor de la innovación pública ha emigrado. ¿A dónde? A los blogs, a los congresos, a los manifiestos, a las redes sociales, a los cursos de verano. En todo caso, al exterior de las organizaciones donde no se les ha dado cariño. Y, sin embargo, ahí siguen, robando horas de sueño para escribir acerca de la nueva ley de transparencia o para proponer mejoras en una web municipal. Debatiendo, aprendiendo, emocionándose con la red de insensatos que comparten su pasión. Dedicando días de permiso a acudir a eventos que no puntúan para su carrera administrativa.

Es el momento de recuperar a las y los innovadores públicos. No están los tiempos como para despilfarrar capital intelectual y relacional.

7 Comentarios

  1. Hola Alberto, de lo que has escrito por este sitio. Lo mejor.

    Soy uno más de los que encajamos en esa fotografía que has tomado de los regañados, aislados y consentidos.

    Aunque yo prefiero verme como un privilegiado por todo lo que sé (siempre poco), por todos a los que conozco (casi, casi un regimiento, un ejército que no para de crecer) y por el escudo que tengo, cada día más brillante y cada día más duro y resistente.

    En el fondo, quizá esa huida a las nubes sea por esa necesidad humana de ser parte de algo, poder hablar y sentirse escuchado.

    Un artículo REDONDO.

  2. Un post muy necesario para los profesionales de las administraciones 😉 Es así; cuando la gente piensa en el funcionariado, sólo identifican a los funcionarios de Forges, con manguitos y poniendo sellos. Por eso en el portal de transparencia de gencat quisimos publicar una infografía que muestra que, de los 200 mil profesionales, sólo 3.976 no trabajan directa o indirectamente en servicios de atención a la ciudadanía, es decir, los que prestan sus servicios en la estructura administrativa.

  3. Buenísimo Alberto!! Me ha encantado leerlo. Al igual que Guillermo, me siento totalmente identificado y muy orgulloso de ello.
    El reconocimiento por las horas de vida robadas (no solo es sueño, también quitas hora a la familia y a otros intereses personales), llega en su mayor parte de colegas que ven las cosas como tú. Puede parecer endogámico, pero de momento, satisface. Espero que algún día lleguemos a ser dejados de ver como bichos raros.
    Lo guardo para futuras referencias.
    Un abrazo!

  4. No podría estar más de acuerdo. Tenemos un gran capital humano y unas estructuras que desmotivan la iniciativa y la innovación. El mayor potencial de cambio está en las personas. La clave pasa por generar los contextos propicios para que ese potencial se despliegue.
    Algunas pistas: confianza, empoderamiento, autonomía, responsabilidad, profesionalización, transparencia y control ciudadano.

    Por cierto, da gusto leer reflexiones frescas y amenas, a la par que sensatas e interesantes, sobre la Administración pública. Artículos como éste demuestran que es posible, aunque a veces parezca lo contrario. Enhorabuena, Alberto!

  5. Espléndido Alberto.

    Has logrado una descripción muy gráfica de los tópicos seculares, de la visión de los ciudadanos y de la visión desde dentro. Es estimulante y no nos permitirá dormirnos en los laureles.

    Aplausos a lo que más arriba dice Iñaki Ortiz.

    Y una aportación con todo el respeto a quienes trabajan tan duramente y con tantas dificultades en el mundo privado (en muchos casos sus organizaciones tampoco les permiten innovar). Dices “Lo primero es negar la mayor: no es cierto que la ciudadanía piense mal del funcionariado”. Esa afirmación tuya está avalada por las respuestas a la pergunta 16 a un estudio del CIS

    http://www.cis.es/cis/opencm/ES/1_encuestas/estudios/ver.jsp?estudio=13924

    http://www.cis.es/cis/export/sites/default/-Archivos/Marginales/2940_2959/2950/e295000.html

    Que sigas tan lúcido

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