La burocracia no es técnicamente tan negativa como parece. El problema es el mal uso o la utilización interesada de la misma. La burocracia se ha convertido en el gran paraguas que aguanta el chaparrón de conductas negligentes, ociosas y corporativas. Todos los grandes conceptos, como burocracia, en las instituciones públicas pueden ser objeto de utilización sesgada, interesada y corporativa. Por ejemplo, otro gran concepto como la democracia es objeto constante de manipulación subjetiva y corporativa cuando se implanta en las instituciones públicas. Son pocas las instituciones públicas que operan de manera democrática (básicamente universidades y centros escolares). Profesores y maestros nos sentimos muy orgullosos de trabajar en unos oasis públicos en el que tenemos el privilegio de elegir democráticamente a nuestros superiores (rectores, decanos y directores de centro). Cualquier reforma que nos inquieta la tachamos de atentado contra nuestro modelo democrático (por ejemplo ante intentos frustrados de  profesionalización de la las direcciones escolares) y nos rasgamos las vestiduras ante estos atentados a la democracia, a la autonomía, a la libertad de cátedra, etc. Grandes palabras que solo en casos excepcionales van acompañados de auténticos valores democráticos, de libertad académica y de ejercicio de una autonomía responsable. En la gran mayoría de los casos se utilizan estos grandes conceptos como una impostura que oculta meros intereses corporativos y el resguardo de privilegios profesionales. Esto suele ser así aunque sea doloroso reconocerlo. Lo mismo sucede con el concepto burocracia y con sus principales elementos (jerarquía, autoridad, responsabilidad, cumplimiento de las normas o especialización) que son principios beneméritos pero que en la práctica pueden ser instrumentos muy eficaces para esconder las pulsiones corporativas, la negligencia, la ociosidad, la irresponsabilidad, los abusos de autoridad y la apropiación interesada de bienes públicos. Como estos usos perversos de la burocracia no es ninguna novedad la aplicación del propio modelo burocrático ha ido generando una telaraña de contrapesos y controles que han empeorado el propio modelo en su complejidad pero debilitando todavía más su capacidad inmunológica. Por si ello fuera poco, la introducción del modelo empresarial en la Administración pública ha sobrepuesto a los supuestos burocráticos una neoburocracia de la mano del concepto de la calidad (control de calidad, tipo modelo EFQM o las ISO, a los sistemas propios y sectoriales de evaluación de la calidad).  Toda esta elevada densidad en reglas de inspiración pública y privada contribuye tanto a la seguridad jurídica como a la calidad de los servicios. Pero no hay que desdeñar los enormes costes organizativos que generan (a veces hay más personal controlando que personal dedicado al efectivo ejercicio con valor añadido final) y al perverso empoderamiento que producen a colectivos profesionales (letrados, ingenieros, analistas de organización, gestores de recursos humanos, interventores, contables, etc.) y que estimulan una cultura corporativa poco deseable.

Finalmente decir que la burocracia es como el colesterol que no siempre es signo de mala salud. Obvio que hay la burocracia mala (el colesterol de los burguers) que hay que intentar erradicar: trámites inútiles, rigideces esperpénticas, etc. La mayoría de los empleados públicos dedican el 20 por ciento de su tiempo a buscar superar las trabas y a extorsionar al sistema burocrático. No hay nada tan tonto como perder el tiempo haciendo trampas al solitario. Lo mejor es relajar estas rigideces que nada aportan y que el solitario siempre nos salga bien (es decir: lograr ser eficaces, eficientes e innovadores) sin necesidad del autoengaño institucional. Pero también hay la burocracia buena (el colesterol del pescado azul) la que nos aporta disciplina y con ello seguridad jurídica e institucional que es lo que fomenta el desarrollo económico que no es más que un medio para conseguir el bienestar. Para lograr lo que ahora los economistas llaman el índice de la felicidad. De esta manera hay una correlación directa entre la burocracia buena y la felicidad social.

3 Comentarios

  1. Siempre me gusta leer artículos de este tipo, pues se encargan de desmitificar conceptos que en el imaginario social, vienen cargados de valoración negativa.

    En efecto, y tras haber trabajado en una administración pública, he visto que la burocracia, la reglamentación, y la disciplina, son fines esenciales de la función pública, que ayudan a proteger al ciudadano, y a ofrecer un “servicio” de calidad.

    Muchas veces, lo que falla no es la burocracia, sino las personas, y los vericuetos que estas encuentran para no cumplir con sus obligaciones.

  2. Efectivamente hay valores positivos de la burocracia que hay q defender, como un sistema público q necesita procedimientos y normas para funcionar con seguridad para los propios burócratas pero también para los ciudadanos. Lo perverso del sistema es q esas normas se diseñan para el funcionamiento interno más q para dar un servicio eficaz al ciudadano. Por otra parte, los procedimientos y la propia legislación están chapados a la antigua y entorpecen a la propia burocracia. La tecnología, la inteligencia artificial y sistemas de calidad y auditorías independientes son necesarios para darle un vuelco a la burocracia y convertirla en eficaz y útil para los ciudadanos.

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