Llegaron con el ímpetu de los novilleros para proponernos la conquista del cielo y se quedaron enredados en el juego de la silla; esgrimieron a sociólogos y politólogos de relumbrón para terminar repitiendo el sofisma maniqueo de la gente frente a la casta; prometieron la nueva política para terminar atrapados en la vieja, con su halo romántico, eso sí, de revolución bolivariana pop. Las estéticas cambiaron, pero las ideas se quedaron; las formas mudaron, pero la esencia permaneció. Y mientras unos y otros mueven estérilmente agua por aquí, el mundo galopa sin detenerse a observar nuestras ocupaciones y desvaríos.  Ya afirmó Heráclito que todo fluye y que no te habrás de bañar dos veces en el mismo río. Ni la historia ni las aguas de los torrentes se detienen; su realidad es, por naturaleza, fluida y no estática. Todo cambia y a veces, en cambios bruscos, intensos y profundos, como habremos de comprobar.

La gravedad impulsa las corrientes de los ríos; las pasiones, las necesidades humanas y los imperativos tecnológicos el devenir de la historia. La tecnología ha ido moldeando nuestra sociedad desde el origen de los tiempos. Desde los pequeños grupos cazadores-recolectores del Paleolítico, pasando por los poblados del Neolítico, por los grandes imperios de la Antigüedad a lomos de la caballería y las armas de hierro, por los saberes del Renacimiento y los imperios occidentales bajo la luz de la razón, de sus armas y de sus buques, para llegar con el vapor, la electricidad, las telecomunicaciones e internet hasta nuestros días. Hemos avanzado por muchas causas, pero una destaca sobre todas: el inmenso poder transformador de las tecnologías. El vapor hizo al proletariado, la electricidad a las clases medias e internet nos ha globalizado y nos adentra de manera acelerada por caminos desconocidos. Las revoluciones tecnológicas impulsan a los grandes cambios sociales y políticos y no al revés, por duro que pudiera parecernos el enunciado. De ahí que el imperativo tecnológico condicione en gran manera lo que hayamos de ser en el futuro.

Y si las tecnologías siempre transformaron nuestra manera de relacionarnos, de vivir, de trabajar y de gobernarnos, ahora, bajo el huracán de internet, es razonable pensar que nuestra sociedad y los sistemas de gobierno, de votaciones y de representación tendrán que evolucionar desde una realidad que, nos duela o no, presenta evidentes síntomas de agotamiento. Y el axioma funcionará: nuevas tecnologías, nueva política. Muchos autores critican la partitocracia como fórmula totémica del modelo actual, pero el provocador y magnífico ensayo Poliarquía y Nepotismo de Diego Vadillo López va mucha más allá de esa crítica fundamentada al sistema político. Vadillo, además, teoriza sobre nuevas fórmulas de representación y gobierno, con una osadía que puede irritar a algunos y embelesar a otros, pero que a todos sorprenderá. Su tesis primera es tan simple como contundente. La tecnología ha cambiado nuestra sociedad, pero, sin embargo, nuestra política sigue anclada a fórmulas propias de la segunda mitad del siglo XX. Ralf Dahrendorf, refiriéndose al agotamiento de la partitocracia, escribió: El proyecto está muerto, pero los partidos seguirán. “Efectivamente –escribe Vadillo a continuación -, los partidos se han vaciado de discurso, de significado y, por ello, de sentido, limitándose a ser un espejismo de lo que en algún momento fueron o quisieron ser”.

Si la crisis del 29 trajo, como colofón de su oleada de quiebras, despidos y miseria, la explosión de los totalitarismos, la crisis del 2007 ha supuesto una voladura inesperada de muchas de las creencias en las que se basaba nuestra sociedad. El descrédito de los políticos, el escepticismo general de la política, no es exclusivo de nuestro país, sino que es moneda común en gran parte de nuestro entorno. Hay una sorda indignación contra los gobernantes que, justa o injustamente, son señalados como responsables del enorme desaguisado en el estamos atrapados. Una muestra de todo ello es la proliferación de extremismos y populismos y la sorprendente derrota de los gobiernos en los referéndum que convocan. Brexit, Colombia, Hungría, son sólo algunos de los más recientes en el momento de escribir estas líneas. ¿De qué se trata? Pues me opongo porque estoy enfadado contigo y no me fío de ti, parecen decirle los electores a los gobernantes de turno. Síntomas y más síntomas de que los sistemas políticos que hasta ahora habían servido comienzan a agotarse sin que nadie, hasta ahora, esté poniendo en marcha alternativas realmente nuevas y diferentes. Tendemos a personalizar en las personas de los políticos la progresiva obsolescencia del sistema sin terminar de ser conscientes de que no se trata de una cuestión de nombres sino de modelos. Póngase a quién se ponga, encallará víctima de un mecanismo estropeado. El sistema actual es hijo de los nacidos tras la Segunda Guerra Mundial y nieto de los sistemas parlamentarios liberales del XIX. Cada uno, con sus luces y sus sombras, resultaron de utilidad en su momento. Probablemente, hoy, nuestro modelo deba ir pensando en el testamento para el que, sin duda alguna, se está comenzando a alumbrar, entre titubeos y desconcierto, y al que deberá ceder el testigo de la historia. Ya veremos si esta evolución es progresiva o rupturista, pero evolucionar, evolucionará.

Los nuevos en nuestra escena política hacen vieja política, con la táctica del marketing aplastando las posibles ideas transformadoras. Pero será la tecnología – como tantas veces en la historia –  la catalizadora y posibilitadora de las grandes transformaciones sociales y políticas. Si ya ha modificado nuestra forma de relacionarnos, de comerciar, de trabajar. ¿Por qué no va a cambiar nuestra forma de elegir y controlar a nuestros gobiernos? La democracia participativa significó un enorme avance en su momento al permitir superar la lógica imposibilidad de la asamblea en el ágora de la ciudad, modelo ideal de los griegos clásicos. Pero, al final, los representantes terminan ineludiblemente apartándose de los representados al priorizar sus propios intereses a los generales. Los grandes padres teóricos de la democracia participativa, filósofos y politólogos, permitieron crear un sistema con limitaciones pero que funcionó. Ahora, la tecnología permite una participación mucho más directa e inmediata. Ni Constan ni Rousseau pudieron figurarse en su momento el alcance y las posibilidades que propiciarían las nuevas tecnologías. Del ágora reducida de la plaza y el foro, a la participación abierta e inmediata de todos los ciudadanos.

Pero no podemos caer en un peligroso teísmo tecnológico. La tecnología transforma, pero debemos ser nosotros, democráticamente, quién intentemos orientar y canalizar esas nuevas energías. Ni el silicio, ni las máquinas, ni los procesadores pueden gobernar al mundo, su poder debe ayudarnos a mejorarlo. Pero hechas las advertencias, debemos explorar qué nuevas posibilidades se abren ante nosotros. Es fácil criticar lo que existe, muy difícil y arriesgado proponer algo distinto que lo mejore. Y aquí es donde radica la valentía del autor reseñado. Convencido que las nuevas tecnologías nos permiten participar con suma facilidad e inmediatez en muchas decisiones públicas, Vadillo propone un sistema tan innovador como revolucionario. Dado que la democracia representativa actual no funciona, tenemos que buscar un sistema más adecuado para elegir a nuestros gobernantes. ¿Cuál? Pues – y aquí es radicalmente novedoso – eligiéndolos por sorteo. “Todo ciudadano habría de poder acceder a los cargos gubernamentales por un tiempo limitado cuando por sorteo se requiriese, al igual que a día de hoy acude a las mesas electorales como vocal o presidente”. ¿Por qué no podrían gobernar los ciudadanos por turno y sorteo? Si su acción es transparente y controlada y participada a través de la participación que las tecnologías permiten… ¿no funcionaría mejor que el dedazo, el nepotismo y el enchufe de la partitocracia imperante? ¿No ayudaría a superar el forzado  infantilismo del ciudadano, que debe creerse el relato de lo público, sin canales directos de expresión o demanda? La acción pública podría ser controlada y sus principales líneas debatidas a través de las posibilidades que la tecnología ofrece. Desde luego, la propuesta es provocadora. Nos aturde al principio, nos hace reflexionar después, nos sorprende siempre. Una idea nueva, genial o imposible, pero radicalmente nueva, al menos.

No sabemos cómo evolucionarán los sistemas políticos, simplemente podemos afirmar que lo harán. La nueva sociedad digital precisará de nuevas fórmulas para gobernarse democráticamente. Todo un reto para los filósofos, sociólogos y politólogos, mientras que, por aquí, miramos a nuestro patio y nos resulta imposible distinguir a los nuevos de los viejos. Visten diferente, pero gritan las mismas consignas que ya vociferaron sus abuelos. Al final va a tener razón el aserto gramsciano de que la crisis reside en los tiempos en los que lo nuevo no acaba de llegar y lo viejo se resiste a irse. Nuestros nuevos políticos, desde luego, no nos han traído la nueva política. Seguiremos a la espera, cosas veremos.

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