Si un gobierno o una administración pública desea ser proactiva y puntera en aplicar la revolución digital no lo tiene tan difícil. El conocimiento innovador y los avances tecnológicos suelen ser difundidos y argumentados y está al alcance de todas las instituciones públicas que pueden aprovechar los avances que han realizado otras en cualquier parte del mundo. El elemento crítico y condición necesaria reside en ubicar al avance tecnológico como uno de los puntos más sobresalientes de la agenda política e institucional y crear un equipo de empleados públicos multidisciplinar enfocado a ello. Este equipo interno debería trabajar con unas fronteras difusas y contar con la colaboración de agentes externos (consultores o profesionales especializados en la materia y equipos universitarios que impulsan investigaciones sobre este ámbito). Definir una agenda de actuación más concreta es complejo y para ello hay que observar a las administraciones públicas especialmente innovadoras. Ahora, por ejemplo, todas las miradas se dirigen en el ámbito de la gestión inteligente de las ciudades a Singapur, Londres, Helsinki, Nueva York, Amsterdam, Medellín, Tel Aviv, o Barcelona. A nivel de administraciones de países, hay un ejemplo que destaca claramente sobre el resto: Estonia. Este país es pionero en el uso de las identidades digitales protegidas para sus ciudadanos, lo que les permite firmar y encriptar los documentos y acceder sin problemas a los servicios gubernamentales. Las bases de datos públicas y privadas de Estonia se comparten a través de la red de pares (X-Road: una arquitectura descentralizada para las comunicaciones informática que evita que se realicen robos masivos de datos) en una especie de federación de la información. Los usuarios dan su consentimiento digital usando su carné de identidad y su PIN, para que una base de datos extraiga información de otra (por ejemplo, si un hospital necesita contactar con un seguro médico para saber el estado de la cobertura de un paciente). Este país está facilitando la utilización de los datos para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, pero dando el control necesario a los mismos ciudadanos para que decidan quién puede tener acceso o no a sus datos. También asegura que su sistema digital sea seguro. En 2017 Estonia abrió la primera “embajada de datos” del mundo en Luxemburgo, un almacén para guardar una copia de seguridad de todos los datos de Estonia, que gozará de los mismos derechos soberanos de una embajada. Esto permitiría “reiniciar” el país a distancia en el caso de un ataque masivo de piratería informática (Rodríguez, 2018: 277, 278 y 280). Además, El gobierno de Estonia cuenta con una declaración electrónica de los bienes de los funcionarios para reducir el riesgo de corrupción y aumentar la transparencia. Algunos de los logros más destacados de Estonia como líder en innovación digital son: es el país con mayor cantidad de starUps per cápita del Mundo, tiene la banda ancha más rápida del mundo, es la única con i-voting que permite sufragar desde un teléfono celular (en unas lejanas elecciones de 2011 ya lograron que el 25 por ciento de los votantes optaran por este canal), primera nación en declarar la conexión a internet como un “derecho humano básico”, todas sus escuelas están online desde hace muchos años, se enseña a programar a los niños a partir  del preescolar (jardines de infancia), cuenta con identificación digital obligatoria y universal,  está a la cabeza de Europa en penetración de Internet y telefonía móvil, primera residencia virtual del mundo, país europeo número uno en ciberseguridad, país con mayor libertad en Internet, permite inscribir una empresa en 18 minutos, casi la totalidad de los trámites se pueden hacer por internet (Balbí, 2017). La clave del éxito de Estonia con las TIC estriba en el espíritu de cooperación y la continuidad, porque desde el decenio de 1990 los gobiernos sucesivos impulsaron el desarrollo de esas tecnologías con apoyo del sector privado (han desarrollado un modelo de PPP (alianzas público privadas) muy maduro y sin muchas de las desconfianzas), el mundo universitario y la ciudadanía. También en el espíritu de reciprocidad gracias a la transparencia, a la seguridad y la lucha contra la corrupción, porque el Estado se ganó la confianza de sus ciudadanos y éstos, a su vez, le autorizaron a acceder a sus datos personales. Finalmente, Estonia también aposto por la participación: participó activamente en la creación de un sistema de gobernanza abierta y democracia digital. Para coordinar las contribuciones de la ciudadanía al debate se crearon tres sitios web con fondos públicos. Estonia es el único país del mundo dotado con un sistema tan transparente para observar la elaboración de proyectos de ley y la coordinación entre los diferentes ministerios (Roonemaa, 2017).

Estonia es un país diminuto (1, 3 millones de habitantes) pero es un magnífico laboratorio de pruebas para que otros gobiernos se inspiren en los factores de su triunfo. El éxito no es tanto tecnológico sino político e institucional y sus ingredientes fundamentales son: la cooperación, los partenariados público privados, el empoderamiento de los ciudadanos, la transparencia y la participación. También forman parte de su éxito factores como la creatividad para romper barreras y tópicos administrativos y su capacidad para innovar la normativa.

El caso de Estonia es un buen ejemplo de como un pequeño país puede alcanzar un espléndido desarrollo en una determinada materia. Pero a nadie se le escapa que su éxito también se debe a un tema de escala ya que se beneficia de una población escasa y cohesionada. No posee el mismo grado de dificultad un país como Estonia que Francia, Alemania o España. Estonia, por tanto, es un magnífico ejemplo a seguir para los grandes ayuntamientos o las comunidades autónomas, pero quizás no tanto para un país de grandes proporciones.

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