Permítanme que les escriba un cuento. Ha llegado al pueblo una familia de inmigrantes, Ahmed y Soumia, son un matrimonio magrebí con tres hijos, estamos en 2011. Proceden de un pueblecito de la cordillera del Atlas en el que no hay ni agua, ni luz ni escuela. Fue él quien llegó a la península primero. Se embarcó en una patera hasta Lanzarote y tras poco tiempo fue trasladado a la península. Las pasó canutas, pero tras el tiempo transcurrido y trampear como ha podido, obtiene el permiso de residencia y trabajo. En cuanto ha podido ha tramitado la reagrupación familiar. Tras diversos trabajos en negro, él ha empezado a trabajar en una envasadora de fruta del pueblo de al lado por el salario mínimo. Un vecino les ha alquilado una casa. Al día siguiente han venido al Ayuntamiento a empadronarse y a continuación, el mismo día, ella acompañada de su marido, que chapurrea torpemente el español, acuden a la Trabajadora Social que depende de la Comarca y que viene al pueblo sólo un día a la semana, con la suerte de que el momento coincide. Mal que bien, les atiende sin mayores problemas, salvo los derivados de las dificultades en entenderse. Amelia, la Trabajadora Social, les orienta sobre todo tipo de servicios, sobre todo escuela y sanidad. Los niños, de seis, ocho y diez años, al día siguiente se incorporarán a las clases en el colegio. No hablan castellano. La madre y los niños acaban de llegar a España. Se les tramita asimismo enseguida la tarjeta sanitaria y de inmediato quedan incorporados al sistema de salud autonómico.
El pueblo no es muy grande, no llega a dos mil habitantes. La noticia de la llegada de los norteafricanos corre como la pólvora y espontáneamente la Asociación de Mujeres y la Asociación de Madres y Padres de alumnos, la AMPA (hace unos años aún se empleaba bien el genérico y era sólo la APA), se organizan, y a base de comentarios de boca a oreja, se movilizan. Muchos vecinos acuden a casa de Soumia llevándoles ropa de cama, mantas, toallas, manteles, ropa de invierno, cacharros, alimentos básicos, e incluso juguetes: muñecas, cochecitos, tragabolas e incluso una bicicleta. Todos se sienten felices.
Pasan tres años, todo es normal, la madre lleva velo, como cuando llegó, y sigue sin hablar prácticamente una palabra de español. Normal, si se tiene en cuenta que no sale apenas de la casa. Cuando lo hace, con su marido por supuesto, lo hace con el hiyab. Se desconoce si no sale de casa porque no quiere o porque Ahmed le conmina a que no lo haga. Los niños hablan ya un perfecto castellano, tienen amigos y participan en las actividades del colegio y en las que prepara el Ayuntamiento. Recientemente se ha instaurado el comedor escolar y a los chavales les ofrecen dieta halal. Ahmed compró un coche de tercera mano y los viernes acuden a la mezquita, en un pueblo más grande que dista unos quince kilómetros.
De repente la niña deja de ir al instituto, y se le deja de ver. Nadie sabe nada de Amina. Cuando se les pregunta a Karim y a Omar, sus hermanos, contestan que está en casa, pero no dan más explicaciones. Al cabo, Amelia se entera y acude a casa de Ahmed y Soumia, Ahmed no está, está trabajando. Pregunta a Soumia, con la que se entiende muy mal porque sigue sin hablar apenas español, que dónde está Amina. Ésta la oye desde otra habitación y sale al patio. Amelia le pregunta directamente qué tal está y la niña, mirando de reojo a su madre y bajando los ojos, contesta que bien. Amelia pregunta que por qué no va a clase, dice que han llamado del instituto y que hace días que no aparece. Amina no contesta. Amelia le dice que le traduzca a su madre. Ésta, en cuanto entiende la pregunta, dice a la niña que le diga a la Trabajadora Social que, según sus costumbres, cuando la niña se hace mujer debe colocarse el hiyab y debe tratar de apenas relacionarse con nadie que no sea la familia. Amelia llega a la conclusión de que como ahora la niña leva hiyab se encuentra un poco avergonzada de ir al instituto así, pero no puede dejar de ponérselo por la presión de sus padres. Amelia se extraña mucho, pero reacciona y le dice a Amina que le traduzca a su madre con exactitud que, en España, es obligatoria la enseñanza hasta los dieciséis años y que además los padres tienen obligación de que los niños estén escolarizados al menos hasta los dieciséis años. Soumia dice que sí, que sí, que irá, y sonríe buscando comprensión y complicidad. Añade Amelia a Amina que le diga a su madre que es imprescindible que aprenda español: lleva más de tres años en España y es absolutamente necesario. Le dice que vaya esta misma tarde al Aula de Educación Permanente de Adultos que ofrece clases gratuitas de español y de alfabetización. De otro modo, dejará de atenderla. Que sí, que sí, asiente Soumia. Amelia no sabe muy bien si la ha entendido o simplemente está pasando de ella.
Pasan los días, pero la situación sigue igual. La niña ha vuelto al instituto, Amelia cuando ha podido ha informado a la Alcaldesa de la situación para que tenga cabal conocimiento. Reúnen a los padres y la Alcaldesa, con tono serio, les dice que en el pueblo y en España es necesario seguir las normas sociales como todo el mundo. Y añade que se alegra de que se haya solucionado la cuestión, al tiempo que informa que en el caso de que no cumplan las normas sobre atención a los menores, el Ayuntamiento tendría que dar cuenta a los servicios sociales del Gobierno de la Comunidad y cabría la posibilidad de que se vieran privados de la niña, que pasaría a ser tutelada por los Servicios Sociales. La situación acaba reconduciéndose a trancas y barrancas.
Y la vida mientras tanto sigue y, al cabo de diez años, el pueblo, en goteo, ha ido acogiendo ya a más de ochenta familias de inmigrantes, la mayoría de ellos de origen norteafricano y sudamericano. En algunas casas se hacinan tres familias o más, quizás quince personas. O malviven también en granjas en desuso por no encontrar alojamiento. Se han multiplicado las ayudas, el ingreso mínimo vital para quienes cumplen los requisitos o las ayudas de urgente necesidad para los que aún son irregulares, porque no todos disponen de permiso de residencia y trabajo, no todos disponen de una situación normalizada y no todos tienen trabajo. Obviamente los que llegan ahora al pueblo ya no son recibidos con regalos y parabienes como lo fueron los primeros, ahora son recibidos con cierto recelo. La Trabajadora Social se ve en bastantes ocasiones desbordada. Se han empezado a formar guetos, los niños comienzan a relacionarse sólo entre ellos y la escuela se ha vaciado en gran medida de chavales del pueblo. Las maestras y maestros se desmotivan, porque de continuo tienen que estar empezando a enseñar español a los niños que permanentemente se unen a las clases. Algunas familias del pueblo han optado por llevar a sus hijos a colegios concertados de ciudades cercanas porque no les gusta que sus hijos vayan a unas clases en las que más de la mitad son extranjeros. Todo ello pese al esfuerzo en transporte que eso supone; los hijos son lo primero, piensan. Es un pueblo, en el que electoralmente gana siempre la izquierda, quizás por el carisma de la Alcaldía o también porque la gente tiene una visión idealizada de la redistribución de la renta en un estado mágico y proveedor de recursos siempre inagotables. De las ochenta familias, trabajan y cotizan quizás quince o veinte personas. Otras veinte o treinta trabajan en ‘B’ y el resto no trabajan. El saldo, obviamente es claramente negativo, hay mucha más gente que dispone de ayudas y hace uso de los servicios públicos que gente que cotiza. Hasta dónde puede llegar y sostenerse un estado de cosas así es una cuestión a calcular y debatir sinceramente.
Y como los cuentos suelen tener su moraleja, ahí va. Probablemente se deberían estudiar las consecuencias de todo esto:
- ¿Realmente es posible que todo extranjero que entre en España se quede y «no se pueda hacer nada»? ¿Se cumple la normativa de extranjería o hemos aceptado que es de imposible cumplimiento?
- ¿No hay una seria discordancia entre la normativa reguladora y los medios de que disponen las administraciones? O lo que es lo mismo, quienes aprueban normas ¿no saben lo que hacen o hacen simple demagogia barata? (cualquiera de las dos opciones sería nefastas)
- ¿El sistema burocrático hipergarantista que tenemos y del que nos vanagloriamos es el más adecuado para resolver los miles de expedientes iniciados por permisos de residencia y trabajo, por protección internacional o por protección de menores?
- ¿Realmente nuestro sistema puede soportar el incremento sin medida en servicios tan básicos como sanidad y educación? (la deuda pública infinita lo soporta todo parece ser, ya pagarán los tataranietos)
- ¿Realmente los servicios sociales, competencia de ayuntamientos y comunidades autónomas, tienen medios humanos y económicos para hacerse cargo de las situaciones que se producen?
- ¿Qué medios se deben emplear para cumplir una de las primeras obligaciones del estado que es proteger las fronteras?






