Bandos de vida y muerteHace un par de meses, un modesto Bando del Alcalde de Sarpourenx, en el Departamento francés de los Pirineos Atlánticos, llegaba a los confines de la tierra y, posiblemente, a las puertas del cielo. Como todos sabemos, el regidor prohibía morirse a sus convecinos que carecieran de tumba, bajo advertencia de severas correcciones. Astutamente, en una jugada de marketing insuperable, con fusión de lo absurdo y lo macabro, se logró llamar la atención de las Administraciones superiores para remover las mil trabas que venían poniendo a la ampliación del cementerio. Dicho y hecho: éxito total y exitus destipificado.

Pero siendo la reserva del suelo para necrópolis un asunto serio y complicado, al que he dedicado muchas horas de estudio, aún es más grave la carencia de nacimientos que asuela a las pequeñas poblaciones del mundo rural. Y es que, el progresivo abandono de ese hábitat, nos muestra aldeas despobladas donde, paradójicamente, el único elemento vivo parece ser un cementerio al que retornan, en el último viaje, algunos de los antiguos moradores y donde, en noviembre, vuelven los ornamentos florales traídos desde lejos. Hay, pues, lugares sin vivos, pero lo que no hay es poblado sin muertos.

Invertir esta tendencia parece tarea complicada por más que, idílicamente, se hable del retorno a la naturaleza, como en las bucólicas páginas de Virgilio sobre la Arcadia feliz o por más que se ensayen repoblaciones turísticas o experiencias voluntaristas con resabio de comuna. Los incentivos a la inmigración, como en el Ejército profesional, están siendo otro paliativo recurrente. Sobre todo, porque se confía en que los venidos de otras latitudes sigan siendo más prolíficos… y no se vayan, a la menor, a la ciudad. Si eso esconde, en la era de internet, una creencia en la vuelta al arado y al rebaño, apañados vamos. Felizmente, entre nosotros, las penosidades del niño yuntero forman parte de la historia literaria y debemos redimir a los que todavía las padezcan y no incrementar, anacrónicamente, con una legión extranjera, la nómina de los que aún han de soportarlas.

La mejora de las comunicaciones –y del transporte- con los núcleos donde se oferta trabajo es, junto al atractivo del menor precio del suelo, una de las escasas razones para no abandonar los pueblos. Las poblaciones dormitorio y las segundas residencias, que se vuelven primeras tras las jubilaciones, son otra vía sobradamente explorada. Pero pernoctar (ya no hablo de dormir eternamente), vacacionar o descansar en la senectud no fabrican savia suficiente para que un pueblo reverdezca. Hace falta vida nueva; sin niños no hay continuidad vital, ni escuelas, ni maestros, ni juegos… Las calles parecen decorados de cartón piedra. Y esa es la gran preocupación de los responsables de los municipios cuyo padrón se va desangrando poco a poco, de forma inexorable.

Y aquí reaparecen de nuevo los Bandos y otras medidas locales, ofreciendo a los nativos medidas de fomento económico por mejorar la natalidad. Un Bando de Bande, en Ourense, donde la iglesia visigótica de Santa Comba, ofrece mil euros por nacimiento. Trescientos más que en Algar de Palancia (Valencia), si bien aquí el Ayuntamiento añade ajuar y cochecito o cuna. Más, en todo caso, que en Garay (Vizcaya), donde, en un bienio, si la fertilidad ayuda, pueden sumarse dos pagos de trescientos euros. Y así sucesivamente. Pero, como nadie ignora, estas medidas son una adaptación de algo ya inventado y practicado en medio mundo –también en el Estado español y sus Comunidades Autónomas-, bien para favorecer a la familia, bien para incentivar a las parejas jóvenes a tener descendencia. A esas mismas personas que, sensatamente, preferirían primero disponer de trabajo y de vivienda antes de embarcarse en un embarazo.

Ojalá que ese techo y ese empleo pudieran conseguirse en las pequeñas poblaciones, donde no suele haber grandes empresas, prolijas administraciones, epicentros financieros o, simplemente, hipermercados. Pero pensar, sin más, que con una paga adicional por nacimiento se va a consolidar la población y a impedir el éxodo, es pura ingenuidad. Peor que poner puertas al campo; dicho que, por cierto, suena a gran superficie.

2 Comentarios

  1. Poner solución a la despoblación es imposible, es un fenómeno imparable que asola las comunidades del interior. La única oportunidad que tenemos es ser capaces de asentar a población inmigrante que busque trabajo en la agricultura, pero es muy difícil conseguirlo

  2. Con la increíbe ordenación territorial que tenemos en este país (léase como a cada uno le parezca), lo mejor es dejar sólo 20 ó 30 capitales donde vayamos todos a vivir: tienen el dinero y los servicios. Y el resto, lo convertiomos en un inmenso coto de caza o un gran parqeu natural.
    Que se lo digan a los de Aragón; lo tradicional, Zaragoza versus Aragón. Todo para Zaragoza. Nada para el resto. Que cualqueira eche cuientas con la Expo…
    Me apunto al coto de caza.

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