Bin Laden: nace un mito, muere una revolución.

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Osama Bin LadenNace un mito, muere una revolución. Osama bin Laden ha muerto, su mito acaba de emerger. Como ya ocurriera con el Che Guevara, el saudí se convertirá en un icono estético mientras su proyecto político se derrumba con estrépito. El mundo musulmán no quiere regresar a las tinieblas de la sharia que Al Qaeda representaba, desea aires nuevos, sueña un futuro adaptado a los tiempos y condimentado desde su propia evolución. Lo comprobamos en las sucesivas revueltas de los pueblos islámicos aplastados por las dictaduras de los militares y clérigos. EEUU ha matado a Bin Laden, pero fueron los ciudadanos musulmanes los que ya condenaron con anterioridad a su delirante proyecto político. Quizá alguno aún lo aclamara, pero la mayoría rechazaba abiertamente sus postulados. Como foto, sí; como líder y gobernante, ni por asomo. Bin Laden tuvo que huir de las montañas. No se fiaba de las tribus avariciosas y mudables capaz de venderlo por un plato de lentejas o por una rivalidad vecinal. Refugiado en una residencia urbana, no podía sino esperar que, tarde o temprano, los americanos lo atacaran. Pensaba morir matando. En ningún caso se dejaría atrapar. Como en los toros, sólo los que mueren en el ruedo tienen puerta abierta a la posteridad. Y Bin Laden sabía que tras su revolución imposible, sólo quedaba la impronta de su imagen.

Ya es mártir. Era su destino inevitable desde el día que se retiró a las montañas a cultivar el terror. Muy pocas personas alcanzan la trascendencia. Sin duda alguna, Osama bin Laden – asesino para la mayoría, santo para sus fieles – será uno de ellos. Su foto será una imagen más perdurable que su revolución fracasada. Los jóvenes llevarán su efigie en las camisetas como pose de rebeldía, sin conocer muy bien el mensaje que el saudí predicaba. Lo reúne todo para ello. Profeta, osado, con baraka y, por si fuera poco, de una fotogenia primorosa. Observo sus fotografías en blanco y negro y me ocurre igual que ante las del Che Guevara o Manolete. Son sublimes. Muchos otros revolucionarios murieron en el mundo entero a causa de sus delirios o de sus ideales, pero pocos dejaron una imagen hermosa para la posteridad. Para el futuro, bin Laden será un retrato que generaciones más jóvenes asociarán al orgullo árabe o al odio al occidental, pero poco más. El Che Guevara, otra foto sublime, apenas es otra cosa que un símbolo estético de una rebeldía antiyanqui o de una utopía liberadora. Los mercaderes hacen su agosto vendiendo su imagen como souvenir para revolucionarios de salón. Los claroscuros del rostro de Manolete le mantienen como símbolo indudable de la tauromaquia. Quizás Joselito fue más grande, también murió en la plaza, pero le falta foto y leyenda. Manolete la tiene, Osama bin Laden aún más.

Toda la destrucción que sembró no ha servido para otra cosa que dejar una imagen y un icono para la posteridad. Quiso hacer un nuevo califato, y nadie de los suyos le siguió. Sólo le quedaba el valor testimonial del héroe sacrificado. Quizá muerto levante entre los suyos más afecto que mientras estuvo vivo. Fracasó como líder de un proyecto, triunfó como icono eterno de la resistencia de los valores islámicos. Su foto nos acompañará por los tiempos de los tiempos, amén.

3 Comentarios

  1. Nadie cabal en Occidente deseaba otra cosa que eliminar a Bin Laden, ciertamente, un salvaje –con perdón para los salvajes- donde los hubiese. La operación ha sido de película típica de James Cameron o John McTiernan: llega el comando superaguerrido, elimina todo lo que encuentra y todo lo que se mueve y sale pitando. Como película, muy entretenida, un thriller de acción. Hoy ya se decía que iban a llevar al cine la historia. Partiendo del acuerdo general de que Occidente se libra de un tipo así, supongo que los días sucesivos surgirán preguntas inevitables como ¿por qué deshacerse del cadáver a esa velocidad tirándolo al mar, por qué se han evitado imágenes?
    Se admite abiertamente que los americanos iban a matarle. O sea, razón de Estado, no se ha explicado si hubo alguna posibilidad de detenerle y juzgarle. Y sorprende que nuestro Presidente envíe una felicitación de inmediato por el éxito de la misión a los americanos, a su amigo Obama por su acción. Aunque todo el mundo se alegre, no parece de recibo que aceptemos que se pueda llegar a un país con el que no hay guerra –Pakistán- donde se refugia un asesino, matarle y volver. Es como si se envía a la Guardia Civil a Burdeos, se elimina a unos terroristas y se vuelve. ¿Qué pensaríamos todos? Yo creía además que España no estaba en guerra y menos con Pakistán , única situación que justificaría la acción. Así que parece que la razón de estado hace saltar por los aires toda opción legal, todo vale y nuestro Presidente, tan crítico y tan sensible por nuestras intervenciones exteriores cuando no son propias (léase Irak) pasa olímpicamente del estado de derecho nacional o internacional cuando le da por ahí, supongo que por caer bien a su amigo. Al menos podía haberse callado o haber hecho declaraciones algo más neutras.

  2. La historia de los Estados Unidos se forjó con el poder de las armas. Ha sido un proceso continuo de invasiones, de imponer su voluntad. Desde el viejo oeste hasta Pakistán, ha sido la misma historia de apropiación, y han terminado apropiándose del concepto de «americano»… como si América les perteneciera, y los chilenos, cubanos, guatemaltecos, o mexicanos no fueramos «americanos». .. ¡Qué pobres somos al despojarnos de la «americanidad»!

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