Ciervos voladores

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Ciervos voladoresAdvierto, para que nadie se sienta engañado, que este comentario no va de esos coleópteros de grandes mandíbulas que, de niños, nos impresionaban cuando los veíamos en el parque, cerca, normalmente, de un roble o una encina. Muy al contrario, esta breve reflexión se refiere al prosaico asunto de las señales de tráfico.

Hace algunos años un conocido, excelente fotógrafo aficionado, me enseñó una curiosa colección de instantáneas cuyo denominador común eran indicadores verticales de circulación. Recuerdo algunas fotos enormemente cargadas de bucolismo, tales como la que, en la travesía de una aldea abandonada, alertaba de la presencia de escolares. Pero también las había menos provocadoras de melancolía, dignas de la antología del absurdo, como la señalización de una fuente, seguida de letreros de “está seca”, “no potable” o, incluso, del anuncio de un conocido refresco encima del pilón. O la prohibición de acampar seguida de centenares de tiendas. De tiendas de lona y de las de compraventa. O, en fin, la advertencia de un coto de pesca sobre un cauce seco por un desvío hidráulico.

El muestrario captado y ordenado por el artista al que me refiero, provocaba perplejidad, tristeza o hilaridad. Pero, en general, se trataba de imágenes que revelaban inocuidad y no la típica iniquidad que nos suele exhibir la Dirección General de Tráfico cuando nos pasa vídeos, a veces tomados desde las alturas, de camiones adelantando a toda pastilla, en curva y con raya continua. Y cosas peores que, por desgracia, existen y se reiteran en demasía.

Lo malo es que, la mayoría de los conductores, no entendemos muchas veces el porqué de una concreta señalización –muy permisiva, muy restrictiva o simplemente absurda- ni sabemos dónde consultar la motivación con la que la Administración ha ejercitado tal potestad discrecional. Casos hay a miles y no son indiferentes para nuestra seguridad o para nuestro bolsillo. Hace unos años escribí un artículo en un periódico de mi región, alertando de que, en una concurrida carretera nacional, se habían ido yuxtaponiendo en apenas un hectómetro hasta tres señales manifiestamente contradictorias: dos circulares, una de las cuales, azul, obligaba a una velocidad mínima que la otra, de orla roja, entendía prohibitiva y una tercera, cuadrangular y celeste, que recomendaba una cifra mucho más elevada. Para cumplir con las tres habría que destrozar el coche a acelerones y frenazos en cien metros. Y menos mal que la Guardia Civil, sensatamente, no patrullaba demasiado por allí. Al día siguiente de publicar mis críticas, pese a la humildad de mi pluma y del diario que la acogía, no hubo perro ni gato que no me parara por la calle para expresar su conocimiento del asunto y su estupor por tan esperpéntica situación. O sea que todo el mundo había reparado en aquella genialidad; todo el mundo menos los responsables de la señalización de la vía. Al cabo de un tiempo, aprovechando unas nuevas obras, se retiró aquel repertorio de incongruencias viales. Pero no por la denuncia de nadie, me supongo.

También recuerdo, en otro punto de la red principal, una célebre limitación, en una recta, a 40 Km/h, que  fue causa, por lo desmedida, de miles de infracciones en este caso debidamente reprendidas para mejor salud del erario. Después de muchos años se descubrió que tan desproporcionada restricción había tenido su origen en una causa coyuntural que, cuando cesó, no conllevó la eliminación de aquella señal tan favorecedora de recaudación por multas. Vamos, que el principio rebus sic stantibus se lo había pasado la Administración por no digo dónde. Y nadie se ruborizó ni se molestó en desmentir las pesquisas que en tan mal lugar dejaban a los poderes públicos.

A quienes han llegado hasta este punto, les desvelo la razón que me ha llevado a titular de tal guisa el comentario. España es, afortunadamente, un país que conserva una notable riqueza cinegética. Como en otros países de Europa, algunas especies, como los jabalíes, por su fácil adaptación alimenticia a lo que tercie, ya deambulan por el extrarradio de nuestras ciudades y causan, solos o en manada, numerosos accidentes de tráfico, con una conocida problemática jurídica sobre responsabilidad. Serían merecedores, por tanto, de señalización específica, como lo son los cérvidos y, recientemente, en un municipio asturiano, los osos.

De peligro por astados hay un buen número de señales triangulares en nuestro país. Alguna, bien curiosa. Por ejemplo, si circunvalan León por la A-66, en el preciso kilómetro 150, se encontrarán una de ellas junto a la concreción de los metros en los que los cérvidos pueden irrumpir en la calzada. Lo curioso es que, todo ese tramo, está integrado por altos viaductos o por taludes verticales que sostienen la caja de la carretera. Dicho de otro modo: esos ciervos tienen que ser voladores. Pero como seguro que la Administración señalizadora tiene razón, posiblemente haya un punto concreto y angosto por el que los animales pasan en fila india, como en una película de Walt Disney.

No serán cámaras de cine, pero los radares también nos registran y nos hacen pasar por taquilla. Me refería al inicio de estas reflexiones a la imagen sugerente de una señal fosilizada, con niños, en mitad de un pueblo muerto. Lo malo es cuando, en medio de ese núcleo despoblado, permanece una anacrónica limitación de velocidad a la que, para que no se sienta sola, han acompañado de un detector que informa a unos amables funcionarios uniformados, estacionados en un arcén a la salida del lugar, de que nos hemos hecho merecedores de la iniciación de un procedimiento administrativo.

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Leopoldo Tolivar Alas es Catedrático de Derecho Administrativo en la Universidad de Oviedo y, antes, en las de Murcia y León. Autor de numerosos estudios jurídicos, es Presidente de la Real Academia Asturiana de Jurisprudencia y miembro de número del Real Instituto de Estudios Asturianos.

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