Criticas

0

Sobre un fenómeno singular conviene reflexionar porque, propio de planteamientos de psicología, puede ser hasta inconsciente; y su conocimiento a todos nos permitirá mejorar o entender mejor nuestras propias actitudes.

Me refiero al fenómeno de argumentar o criticar en función, no de la idea en sí, sino de la persona misma o autora de la idea en cuestión. Es algo que afecta la vida social en general, pero en especial el mundo de las organizaciones, de las oficinas, de las Administraciones por dentro, de la vida política (buscando el poder) o la propia crítica doctrinal.

Es un fenómeno que se relaciona con el llamado “argumento ad hominem”. Y es distinto de la crítica infundada o del exceso de crítica (tener espíritu crítico es positivo pero un exceso crítico puede ser negativo). 

Este otro fenómeno de crítica selectiva en función de la persona, según algunos enfoques de psicología, puede reflejar un afán de conquistar posiciones. En la vida política local, por ejemplo, se critica solo porque la idea procede del oponente político. Es la forma de subir posiciones de cara al electorado, un modo que se entiende dentro de lógicas de poder.

Pero la cuestión es incluso más general, al afectar a todos los comportamientos humanos y sociales. Es interesante relacionar estas ideas con la filosofía de Hume cuando llega a afirmar que el fundamento de la moral no está en la razón, sino en los sentimientos. Más bien, según este conocido filósofo escocés juzgamos generalmente no tanto por criterios y juicios fundados racionalmente sino motivados por las sensaciones que nos producen las personas de las que proceden los argumentos mismos. El caso es que terminamos argumentando de una forma, pudiendo llegar a pensar que es el juicio que merece el argumento, cuando en verdad es la sensación previa lo que nos motiva el argumento mismo. Esta tesis, que creo esconde una realidad, puede relacionarse con el escepticismo mismo que es propio de este autor. También llegaría a relacionarse con el empirismo.

Por mi parte, es una filosofía que comparto al haberla aplicado a la “justicia”, en mi libro «Juicio a un abogado incrédulo. Consuelos para los que un día perdieron un juicio; la aleatoriedad de la justicia como aleatoriedad de la vida misma» (editorial Civitas Madrid 2017), así como en otros ámbitos no jurídicos (El sensacionismo, con editorial Trifaldi 2016, convirtiéndose, en el “sensacionismo”, lo literario en un puro fenómeno experimental al servicio de la creación y descripción de sensaciones; y otros libros posteriores: “Cantos a la belleza” con Juerga y Fierro, “Sentir superior” con ediciones Rilke, “La sensación de sinsabor y el placer estético” con la editorial Abada, “Sonidos de sensaciones”, con la Editorial Vitruvio, etc.).

En definitiva, todo esto puede afectar a nuestros comportamientos cotidianos, incluso en un plano científico. Por todo ello, conviene tenerlo en cuenta para hacerlo más consciente y actuar de la mejor manera posible. El hecho de que las sensaciones puedan dominar las decisiones y comportamientos, puede ser también un modo de racionalizar y vencer mejor ciertos instintos.

En la propia crítica realizada en un plano intelectual o doctrinal o científico, pese a poder llegar a ser la idea “la misma”, el crítico en cuestión en un caso critica negativamente (dicha idea) cuando dicho crítico considera a su autor un oponente asequible o le sirve (dicha crítica, a tal autor, elegido “a su medida”) para subir posiciones, mientras que en otro caso (siendo la idea la misma, pero el autor diferente) obvia sin embargo toda crítica o, incluso, trata el argumento de forma contraria. Así que, en general, en función del autor, la idea puede ser ésta buena, o puede ser mala o, cuando menos, indiferente. 

Las falacias ad hominem se relacionan con otras falacias como la argumentum ad verecundia o apelación a la autoridad, la falacia ad populum (apelación a la opinión popular) y la falacia bandwagon, que apela a los argumentos de moda o atractivos por su popularidad.

El caso es que, aplicando las ideas precedentes, de ser falaz un debate (y, por lo expuesto, es falaz cuando funciona de tal forma) es incluso preferible que no haya debate.

No hay comentarios

Dejar respuesta